De iglesias nacionales
Publicado el 19/10/2018 a las 22:15
En la obra "Luces de Bohemia" de Ramón María del Valle-Inclán (1920) puede leerse la intervención del personaje de Don Gay, quien afirma en la librería de Zaratustra que ningún estado ha llegado a ser “grande” sin una iglesia nacional que le aporte “valores superiores a las leyes de los hombres”. Aunque en pleno siglo XXI, no deja de sorprender que existan aún potencias que piensen en clave del esperpento de Valle-Inclán, y que basen parte de su grandeza en los valores de religiones que pretenden hacer suyas. Es el caso de las diversas denominaciones cristianas, como la ortodoxa, que sufre en Ucrania el intento de separación en su iglesia local, vinculada desde el siglo XVII a Moscú, para desligarse de su patriarcado y evitar así una supuesta ingerencia rusa. Es asunto es alarmante, porque deja entrever la mano del poder (en este caso de Putin) manipulando a la religión como elemento aglutinador de masas, a la vez que a una iglesia que se deja alienar por éste. A tal suceso, que se ha hecho público a principios de mes, hay que sumarle el éxito el primera vuelta del ultraderechista Bolsonaro en Brasil, apoyado según la prensa hispana por las congregaciones protestantes, quienes también tuvieron mucho que decir en el éxito incontestable de Trump. Y en España, tampoco debe despreciarse la frase de inicio del mitin de Vox en Vistalegre, “España sigue viva gracias a Dios”. Factores todos ellos que dejan en relieve ingerencias de líderes políticos (en tantos casos con fondos suficientes para el soborno) haciendo del “opio del pueblo” su mejor arma de captación de votos, cual si de un medio masivo se tratase. Y unas iglesias que quizá sin control absoluto de sus congregaciones permiten ser fagocitas esperando que alguien las saque a flote de una generalizada falta de fe en un mundo globalizado y consumista.Es importante volver a la superación del concepto de iglesia nacional, que resulta, y más en tiempos de globalización, un esperpento. Es cierto que todo país, nación o región puede sentirse vinculado a una religión particular, como a una lengua o cultura concretas, pero no puede hacérsela propia ignorando así su talante, casi siempre, universal. Es así que por ejemplo en Navarra la práctica religiosa entiende más de catolicismo que de cualquier otra confesión por razones obvias, pero nadie puede negar que entre nosotros hay ciudadanos de pleno derecho que son musulmanes, protestantes o budistas sin que nadie pueda excluir esta tierra de su círculo de influencias. Es evidente pues que la asociación de un estado con su religión no es determinante para la durabilidad del mismo, ni tampoco a la inversa. Corresponde pues a las iglesias concienciarse de esta realidad y mantener su independencia y autonomía supranacionales, avanzando hacia un gesto de hermandad universal que nos ayude a los seres humanos a comprendernos y amarnos, que no es otra cosa que su principal cometido.