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Alazne Sasieta Laskurain|

Actualizado el 16/10/2018 a las 14:33

Hace unos meses que voy al gimnasio que está al lado de mi casa. Allí acostumbro a hacer ejercicio aeróbico sobre todo, aunque a veces suelo pisar la sala de máquinas para ver si termino de tomármelo en serio. Por allí rondaba un monitor, entrenador, o lo que sea que fuere, que más que ayudar a los clientes del establecimiento lo que hacía era mirarlos con mala cara. Un día de esos en los que me sentía motivada para entrenar se fijó en mi, me sentía incómoda, y él se dio cuenta, y lejos de mostrar un poco de compasión humana por una pobre novata que no sabía muy bien lo que hacía se puso a gritar a pleno pulmón: “venga venga dale ahí” mientras se reía. No supe qué hacer y mis piernas se movieron solas ante tal bochorno, corrí a casa, y en aquél momento me juré que no volvería a pisar aquél establecimiento.

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