Un pañuelo para el monumento de Hemingway

José Ignacio Palacios Zuasti|

Publicado el 05/07/2018 a las 09:20

Las fiestas de San Fermín de hoy poco tiene que ver con las de hace 50 años, cuando ni el chupinazo ni los encierros se televisaban a todo el mundo y eran unos actos que no congregaban a las multitudes de ahora. La primera vez que pisé el salón de la planta noble del Ayuntamiento de Pamplona fue el 6 de julio de 1968, cuando al chupinazo acudía muy poca gente y no estaba nada masificado, ni en la Casa Consistorial ni en la plaza, y los miembros de la corporación vestían de traje y corbata y el único distintivo de las fiestas era el pañuelo rojo que se anudaban al cuello. Entonces, los únicos pañuelos con escudo que había en la ciudad eran los del Ayuntamiento y, además, inmediatamente después de “el cohete”, se entregaban los “Pañuelos de Honor” de San Fermín a las personas que, por sus merecimientos, se habían hecho acreedores a tan alta distinción. En esa ocasión, “atendiendo a la petición de las Peñas de Mozos de Pamplona y a propuesta de la Comisión de Fomento se concedió al Cuerpo Médico del Hospital Militar por la abnegada labor que voluntaria y gratuitamente realiza todos los años con ocasión del encierro de los toros”.

Inmediatamente después de la entrega de ese galardón, ese año, todos los allí presentes nos desplazamos andando por la calle de la Estafeta hasta las inmediaciones de la Plaza de Toros y allá, en el que desde el 12 de septiembre de 1967 se había bautizado como paseo de Hemingway (el espacio comprendido entre la plaza de toros y la barandilla que corona el muro de contención de la bajada de Labrit y entre el arranque de las calles Amaya y Aralar), en presencia de la viuda del Premio Nobel de Literatura, Pamplona agradecida al genial novelista estadounidense que dio a las fiestas de San Fermín dimensión universal inauguró el monumento de bronce y granito que desde entonces allá está situado -que es obra del escultor Luis Sanguino y en el que se le ve en actitud de presenciar una corrida de toros apoyado en la barrera del callejón-. En su base se leía la siguiente inscripción: “Ernest Hemingway Premio Nobel de Literatura, amigo de este pueblo y admirador de sus fiestas, que supo describir y propagar la ciudad de Pamplona. San Fermín, 1968”. El acto fue íntimo y sencillo. La Banda Municipal de Música interpretó los himnos nacionales de España y de Estados Unidos, la de chistularis y gaiteros entonó el Agur Jaunak y el alcalde, Ángel Goicoechea, descorrió el lienzo que lo tapaba. La viuda de Hemingway, agradecida, declaró:”Estoy segura que mi esposo se vería orgulloso del tributo que se le brinda. Él fue siempre eterna juventud y cantó estas fiestas porque consideró que son las fiestas de la juventud”.

Ahora, cuando se cumplen las bodas de oro de ese monumento, no estaría de más que nuestro Ayuntamiento hiciera una mención especial al autor de ‘Fiesta’ y anudara en el cuello de esa escultura de bronce un gran pañuelo rojo en agradecimiento al que fue, como dijo el alcalde Goicoechea “un entusiasta propagandista de nuestras fiestas por todo el mundo”. Porque Hemingway ha sido uno de los que más han contribuido a que se hiciera realidad eso que todos los años, desde 1977, se le canta a nuestro patrono en la mañana del 7 de julio en la plaza del Consejo, en esa preciosa jota que compuso Joaquín Madurga: “San Fermín en tu pañuelo se anudan gentes del mundo entero…”.


José Ignacio Palacios Zuasti fue concejal del Ayuntamiento de Pamplona (1983-1991).

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