Meditaciones en la villavesa
Publicado el 26/03/2018 a las 09:32
Todo espacio cerrado donde tienen que convivir forzosamente unas cuantas personas, aunque sea durante un corto período de tiempo, es como un túnel de pruebas, una especie de cámara privilegiada de observación donde se pueden detectar las buenas y menos buenas cualidades del personal, difíciles de descubrir en otras circunstancias.
Utilizo con frecuencia la villavesa, que algunas veces se llena de gente con la inevitable incomodidad. No he tenido que presenciar agresiones a chóferes o actuaciones parecidas que, según informa el periódico, empiezan a proliferar con demasiada frecuencia obligando a instalar paneles protectores. Pero sí tengo que sufrir de vez en cuando las pequeñas agresiones de esas buenas gentes que con su blindada ordinariez se instalan en el autobús como si estuvieran en el mismo cuarto de estar de su casa. Son los que celebran cualquier sosería con ruidosas carcajadas, los que hablan en un tono de voz que permite oírles de un extremo a otro del vehículo, los que emplean el móvil y con él ofrecen la posibilidad a medio autobús de enterarse de cosas realmente interesantes, tales como que la informante llamó el martes al fontanero para arreglar un grifo que gotea en el baño, y todavía no ha aparecido, o al técnico de la lavadora, ‘qué lata, chica, y bla bla bla…’ Puede ser también que alguien, siempre muy joven, esté sentado con los zapatos apoyados en la butaca contraria (en cuyo caso siempre le llamo la atención, casi siempre con éxito). O el caso de esa señora satisfecha cuyo vástago, un gordito de unos ocho años, ocupa un asiento mientras va ingiriendo un pozal de palomitas, y a su lado un anciano aguanta como puede en el pasillo ayudado por unas muletas. Pero no seamos pesimistas, que la especie humana es variada y en ella hay de todo. Uno, en su ingenuidad, creía seguir siendo joven, o por lo menos un maduro aceptable, hasta que al fin un fatídico día, precisamente en la villavesa, sucedió lo que tenía que suceder tarde o temprano: ¡que un viajero bondadoso me cedió su asiento! Una oferta delicadamente demoledora que por ahora rechazo con buena cara, aunque día llegará en que tendré que aceptarla con agradecimiento y alivio… Si me la ofrecen, claro. Lo dicho, la villavesa es como un pequeño observatorio humano donde se ven y aprenden muchas cosas.