Absentismo laboral: pérdida del sentido del trabajo

Fábula de la cigarra y la hormiga
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Fábula de la cigarra y la hormiga

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Laura Arribas Berendson

Publicado el 24/08/2026 a las 05:00

Desde siempre, hemos oído expresiones cotidianas y contundentes: “el que no trabaja, que no coma”, “el deber ante todo”, “sacar adelante a la familia”, “un oficio, por favor”, o “el esfuerzo tiene un premio”, etc. El trabajo se consideraba un medio no sólo para conseguir ingresos, sino también, identidad, dignidad y sentido de pertenencia. Trabajar es una forma de habitar el mundo, de estar en el mundo.

Millones de personas se siguen moviendo con estos estímulos y entienden así el trabajo. Pero culturalmente, desde la modernidad, la escala de valores ha cambiado y, de alguna manera, se ha degradado el sentido del trabajo y de la responsabilidad. Se exalta ahora el bienestar, el tiempo libre, cuanto más, mejor; tu propia experiencia es lo que cuenta, y, ¡Realízate! desde ti mismo. ¡Ah! Y concilia. Por supuesto que muchas de estas aspiraciones son legítimas. El problema comienza cuando esa búsqueda del bienestar nos hace rechazar el esfuerzo y no atendemos a la responsabilidad de construirnos mediante el trabajo.

Las señales de alarma respecto al absentismo laboral se disparan, no solo en la empresa privada, sino también en la pública. Según un estudio reciente de Institución Futuro, alrededor de 1.900 empleados del Gobierno de Navarra faltan cada día al trabajo. En la empresa privada estarían entre 10.000 y 12.000 ausencias diarias. Doy por descontado que muchas bajas corresponden a una enfermedad real, pero cada vez más nos encontramos con personas que, estando de baja, podrían perfectamente acudir a trabajar. Esta actitud afecta a la empresa, al empresario, pero sobre todo, a los mismos compañeros de trabajo y a la sociedad entera.

¿Qué está pasando? Hay una crisis cultural del deber. El cristianismo aportó durante siglos en Europa un marco cultural que otorgaba al trabajo un significado moral, más allá del salario. Trabajar bien, cumplir con la palabra dada, servir a los demás, contribuir al bien común. Esta visión está ahora nublada por una cultura ajena a la religión en la que domina el entretenimiento y el tiempo libre. En La Biblia, el Génesis coloca al hombre en el jardín “para que lo cultivara y lo guardara” (Gn 2,15). El trabajo nace como encargo divino, no como una maldición. Encontramos textos bíblicos en los que se protege al pobre, al enfermo, al débil, al extranjero y a quien necesita ayuda. Pero se censura, de manera rotunda, al que no quiere trabajar pudiendo hacerlo, y al que pretenda vivir del esfuerzo ajeno.

En España, lamentablemente, se está fomentando el ocio. Por un lado, el gobierno financia una gran parte de las actividades de los jóvenes; mientras que, por otra, entorpece la puesta en marcha de iniciativas empresariales de estos mismos jóvenes con una serie de medidas fiscales que dificultan esa creación de empresas. Es un contrasentido. Está fomentando, de manera indirecta, el desaliento. Esto se traduce en cantidad de espacios cerrados donde antes había un pequeño negocio.

Leonardo Polo, en su libro “Ayudar a crecer “, habla en términos de que el ser humano, mediante el trabajo, perfecciona el mundo y simultáneamente puede perfeccionarse a sí mismo. Y en este punto se desenmascara el problema de la renuncia al trabajo. Si el trabajo es una de las formas mediante las cuales la persona aporta, crece y desarrolla virtudes, renunciar voluntariamente al esfuerzo no significa únicamente producir menos: puede significar, además, renunciar a una vía de crecimiento personal y de contribución a los demás. Este es el mayor drama.

Laura Arribas Berendson

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