La ancianita del hacha

Pamplona no ha faltado a su cita diaria con el Deporte Rural en Sanfermines.
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Pamplona no ha faltado a su cita diaria con el Deporte Rural en Sanfermines.

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Susana Aragón Fernández

Publicado el 05/08/2026 a las 05:00

La tía Miren pasa ya de los 90, aunque los lleva de manera muy airosa a pesar de caminar apoyada en su andador. Los años no le han quitado energía, siempre garbosa y con un genio vivo y un humor plagado de anécdotas. Siempre va acompañada de su perro Elur, perro fiel y lanudo con mechones a blanco y negro. Es lo más parecido a una persona en perro, capaz de “escuchar” los estados de ánimo de su dueña, capaz de esperar y con un conocimiento claro y una aceptación calmada de su labor en este mundo. De par de mañana salen a pasear por la zona de la Nogalera, esa zona natural que es el tesoro de Burlada. A mediodía dan una vuelta por las inmediaciones de su casa. Y otra vuelta por la tarde cuando el sol ya va cayendo. 

Hace años, en uno de esos paseos, en un campo cercano al río Arga la tía Miren se fijó que estaba naciendo un arbolito con cuatro troncos finos. Le hizo gracia y le hizo acordarse de sus cuatro nietos y así en cada paseo llevaba una botella de agua para regarlo. Todos los días ha repetido la misma operación, quitándole las malas hierbas y velando por él. Con los años se ha convertido en un gran árbol, con cuatro troncos fuertes pegados entre sí. En verano se llena de unas guindas que resultan deliciosas para la comunidad de jilgueros, petirrojos, herrerillos… que juguetean por lo alto. Yo también las he probado y son riquísimas.

Durante una temporada una persona durmió bajo sus ramas (había cartones y llegó a haber hasta un colchón…) y un día se encontró unas ramas del árbol quemadas. Seguramente esa persona quiso calentar una noche fría con un fuego que se le fue de las manos. El incendio no fue a más, pero algunas ramas quedaron ennegrecidas y chamuscadas. “Voy a tener que hacer algo con estas ramas quemadas”, se decía.

Así fue que un día metió una pequeña hacha en la cesta de su andador y se dirigió a su árbol, para sanearlo. Nadie dijo nada durante los años en que lo cuidó, mientras ella se agachaba hacia el suelo, removiendo la tierra y echando nueva tierra y abono alrededor del tronco. Nadie dijo nada de cada momento que lo regó, pero, claro, una “ancianita” con un hacha “atacando” a un árbol, puso en alerta a quienes le veían y alertaron a la policía, que se personó rápidamente.

- “Señora, ¿qué está haciendo aquí con esa hacha?

- “Mire, ¿ve esas ramas que están quemadas? Estoy intentando quitarlas.

- “Pero, señora, no puede usted hacer eso”

- “¿Cómo que no puedo?, claro que puedo. Este árbol lo he criado yo y lo cuido todos los días y alguien, queriendo o sin querer le ha quemado unas ramas. Hay que sanearlo, ¿no lo ve usted?”

El policía vio en sus ojos tal determinación, tal cariño hacia el árbol, que notó cómo sus propios argumentos iban perdiendo autoridad y más bien fue ganando la admiración hacia esa mujer que con sus 93 años aún se agachaba hacia la tierra. Comprendió que esa mujer estaba regalándole su esfuerzo, le estaba regalando un árbol a él, a sus hijos, al pueblo en general. Un árbol que ya está dando sombra y frutos y que cuando ella se vaya y ya no se acerque más a cuidarlo, el árbol quedará y será un bien para todos, como ya lo es. Comprendió que esa mujer llevaba años intentando dejar su pueblo, Burlada, más bonito y mejor. Dio media vuelta y volvió a su casa pensando “esta señora sí que es especie en peligro de extinción”.

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