40 años de Schengen: Europa ante el reto migratorio


Publicado el 19/10/2025 a las 11:25
¿Te imaginas tener que llevar el pasaporte para ir a Bayona a ver los farolillos? Este 2025 se han cumplido 40 años de la firma del Acuerdo de Schengen y 30 de su entrada en vigor. Desde entonces, gracias a aquellos cinco primeros países —Francia, Alemania, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos— que propusieron ir liberando sus fronteras, muchos europeos hemos gozado de libertad para circular entre países, siendo uno de los mayores símbolos de integración del continente. Actualmente, son 29 países los que disfrutan de este privilegio, de los cuales cuatro no pertenecen a la Unión Europea. Ahora, con tan solo un documento de identidad puedes viajar de Pamplona a Copenhague como quien va de Pamplona a Bilbao. Este símbolo de mutua confianza permite que 3,5 millones de personas se muevan a diario sin la necesidad de un control de pasaportes. Sin embargo, este acuerdo entre estados se ha visto agrietado por diversos problemas a lo largo de los años. ¿Sigue teniendo sentido hablar de una Europa sin fronteras cuando los muros vuelven a levantarse?
La firma de Schengen no solo suprimió los controles fronterizos internos entre países, sino que también creó la necesidad común de gestionar las fronteras exteriores de la Unión Europea. Es precisamente en esas fronteras donde se libra uno de los mayores desafíos: la crisis migratoria. Esta crisis ha puesto en entredicho la libertad de circulación en el espacio europeo. Así, las rutas a través del Mediterráneo o de la zona de los Balcanes han puesto a prueba la capacidad de algunos estados europeos de mantener el equilibrio entre la seguridad interna y la solidaridad.
Las continuas llegadas de personas que huyen de conflictos, pobreza y del cambio climático han hecho que varios países reclamen una revisión del espíritu de Schengen. Algunos gobiernos consideran que la libre circulación puede convertirse en una puerta abierta a la inmigración irregular si no se refuerzan los controles exteriores y, de este modo, han abogado recientemente por un control más riguroso de las fronteras. Muestra de ello es Francia donde se aplicaron medidas vinculadas a la gestión del espacio Schengen con el fin de limitar al máximo las posibilidades de obtención de visados argelinos con el fin de restringir su circulación dentro del territorio europeo. Por otro lado, países como Alemania o Polonia han llegado a restablecer sus controles internos de manera temporal para frenar el paso de migrantes sin documentación.
Esto ha llevado a diversos países a un profundo debate en materia de libertad de movimiento. Sin embargo, en 1985 el Acuerdo de Schengen era algo más que un acuerdo de movilidad, era una prueba tangible de que la confianza podía sustituir los muros por cooperación. Hoy la crisis migratoria desafía esa confianza, pero también ofrece la oportunidad de demostrar que Europa no solo es un espacio geográfico, sino una comunidad de valores.
La solidaridad no debe entenderse como una “obligación”, sino como los cimientos de la Europa que se construyó con la promesa de cooperación tras las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Ser solidarios frente a la inmigración implica compartir responsabilidades entre los Estados miembro, invertir en integración, reforzar los mecanismos de acogida y abordar las causas profundas de la migración más allá de nuestras fronteras. Por ello, cerrar las fronteras no solo es una respuesta fácil y un nuevo trámite burocrático, sino que simboliza una grieta en el edificio europeo y en la propia esencia de Schengen: la confianza, la apertura y la humanidad.
La nueva reforma del Pacto Europeo de Migración y Asilo de 2024 intenta fomentar una mayor solidaridad europea en la repartición de responsabilidades de acogida entre los Estados miembros. Aunque varios países han defendido las cuotas de acogida como una forma de proteger su soberanía, la Unión Europea siempre se ha caracterizado por su unidad. De este modo, Europa debe responder de manera conjunta a los desafíos migratorios, frente a las opiniones cada vez más polarizadas de los últimos años.
Aun así, a pesar de estas eventuales grietas, la esencia del proyecto europeo sigue viva cada vez que un estudiante viaja con una beca Erasmus o un joven hace un voluntariado del Cuerpo Europeo de Solidaridad. También cuando cruzamos a Bayona para ver el festival de las luces sin tener que mostrar el pasaporte. Schengen fue y sigue siendo una apuesta por la unión frente al aislamiento. Para que ese sueño se siga cumpliendo, Europa deberá construir una solidaridad activa y justa ante la inmigración que sea capaz de proteger sus valores y seguir siendo un espacio de libertad, cooperación y esperanza compartida.