Alejo Pascual Jiménez, comerciante y empresario de Irurtzun

Alejo Pascual Jiménez
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Alberto Pascual Blanco

Publicado el 02/05/2026 a las 09:14

LOS renglones de la historia de los pequeños pueblos están escritos con el esfuerzo, la nobleza y la empatía de gentes honestas y valientes. Y puedo decir que nuestro padre era así. Los recuerdos son vivos, sin tamices, aunque si fallaran podría echar mano de las voces que, durante todos estos días, en el tanatorio, en el cementerio y en la iglesia nos lo han ratificado.

Alejo Pascual Jiménez, comerciante y empresario de Irurtzun, falleció el pasado 3 de abril. Nació en Valdeprado (Soria), un pueblecito de poco más de cuatrocientos habitantes entonces (25-5-1937) y muy pronto, con apenas 15 años, comenzó a acompañar a su padre Juan a vender por los pueblos, fundamentalmente ropa y quincalla. No les faltaba para comer; tenían gallinas, cerdos, ovejas y corderos, así como una huerta y un molino para hacer el pan, pero el futuro era difícil en un lugar tan pequeño y aislado. Llegaron hasta Irurtzun en sus rutas comerciales y se establecieron en dos cuartos en la posada de Erroz: en uno dormían y en el otro guardaban el género que les llegaba a la estación de Izurdiaga desde Logroño y Zaragoza. Ellos viajaban desde Soria hasta Erroz con dos mulos con cajones a cuestas en los que transportaban el género. Recorrían a pie pueblo a pueblo valles como Goñi, Ulzama, Imoz, Basaburúa, Larraun y por supuesto toda la Barranca, desde Irurtzun hasta Olazagutía. Alejo siempre recordaba que cuando entraba en las posadas abría los pucheros y probaba los estupendos guisos de esta tierra que les dio cobijo. Solo los meses de verano volvían al pueblo para llevar a cabo las tareas de labranza.

Cuando Alejo compró una furgoneta DKV la tarea, sin duda, se hizo más llevadera. En el año 1963, ya casado con Alicia Blanco, se estableció en Irurtzun donde abrió una tienda de ropa en la calle San Martín 15, sin renunciar a la venta ambulante. No obstante, también aquellos años fueron duros para ellos. Alejo y Alicia cenaban encima de una vieja estufa Agni y en la tienda exponían muchas cajas vacías para aparentar la solvencia de su negocio. Las pocas que contenían género llevaban una X. Allí fue donde nacieron sus tres hijos: Carlos, Alberto y José Javier.

La llegada de Inasa (Reynolds) a Irurtzun permitió que el negocio pudiera consolidarse y pronto, en 1978, cambiaron la ubicación de la tienda al local en el que hoy continúa. Fue comerciante generoso para la época, una especie de benefactor, un hombre solidario o quizá demasiado confiado, que financió a muchos vecinos las compras de ropa, sábanas, mantas, así como mobiliario y electrodomésticos. Pagaban cuando podían, sin ningún tipo de interés y no era necesario reclamar a nadie. El día de su funeral un amigo nos recordó cómo llegó a financiar la compra de una casa a una familia de diecisiete miembros. Le devolvieron el dinero poco a poco conforme lo fueron ahorrando. Irurtzun creció mucho en aquellos años y Alejo llegó a avalar a veintidós familias las compras de sus pisos. Siempre se sintió orgulloso de haber ayudado a tantas personas del pueblo y nunca le escuchamos de nadie que no hubiera cumplido. La recompensa le llegó estos últimos años, ya mayor y con achaques, en forma del cariño de muchos vecinos. Acudía a diario al club de jubilados a jugar al dominó y era allí donde se sentía reconocido y reconfortado. Él no había cambiado; invitaba a un café a todo el que estuviera en la barra y a churros a las señoras que juegan al parchís a diario.

Te fuiste dejando a hijos, nietos y a todos los que te conocieron, un legado de ejemplo, esfuerzo y generosidad.

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