Pablo Inchusta González, creador de silencio

Pablo Inchusta González
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Miguel García San Emeterio

Actualizado el 02/02/2026 a las 10:09

Le gustaba mucho el cine y sus amigos le habremos llamado peliculero más de una vez, que nunca anduvo escaso de imaginación. Si alguien le llega a contar a Pablo Inchusta que los últimos planos de su vida mostrarían unos aviones despegando del aeropuerto de Noáin para salvar vidas con sus órganos, se hubiera sentido feliz, pleno, paladeando que su paso por este mundo tenía un broche al alcance de pocos. 

Al fin y al cabo, y sin dejar las imágenes aeroespaciales, Pablo se ha ido al cielo en cohete, como afirmó el párroco de San Juan Bosco, Chisco Ahechu, al iniciar un funeral en el que los asistentes ‒agolpados hasta las puertas‒ permanecieron absortos en cada detalle de la celebración. El silencio es una puerta privilegiada para la trascendencia y puede nacer de la admiración y del respeto hondo, profundo, por los seres más queridos. Esa misa vespertina de enero tocó cientos de corazones. Chisco nos despidió diciendo que no recordaba un funeral tan lleno de silencio. Había cumplido 50 años el pasado noviembre. 

Hijo del siempre bienhumorado José Javier, fallecido el último febrero, y de Cristina, unida a Pablo hasta el último día, era el mediano de un hogar al que llegó entre Javi y María, padres hoy de sus sobrinos. Vecino de Iturrama, alumno de los Jesuitas hasta 8º de EGB y posteriormente del Instituto Donapea, trabajó buena parte de su vida adulta con su familia en la tienda de manualidades que hoy regenta su hermano. Este futbolero incorregible ha pasado tres décadas repartiendo los fines de semana entre las gradas de Osasuna, donde siempre contó con la delicada compañía de Mikel y de Antonio, y las de Oberena, su ‘piscina’, en la acepción más pamplonesa del término.

Animaba a los manguiverdes, fuera el ‘tercera’ o cualquier equipo de su inagotable cantera. “Incondicional” fue el adjetivo escogido por la sección de fútbol de Oberena para agradecer en sus redes la presencia permanente de un aficionado que practicaba como nadie las virtudes de la lealtad y de la fidelidad. Esas notas tampoco faltaban en su compromiso rojillo, aunque le acusáramos de fundamentalismo o de irracionalidad osasunista, algo que mostraba sin rubor y con absoluta tranquilidad de conciencia. 

Siempre disfrutó ‒serio como era con los compromisos‒ de la sesión de cine de los lunes con Iñaki Zabalza, persona única para Pablo, con quien tuvo la suerte de vivir una amistad pura y sin tacha. Pablo demostró con su vida que se ocupaba de las cosas importantes, más o menos ordinarias o fundamentales: leía Diario de Navarra cada mañana con fruición, disfrutaba de las novelas y de la historia, del cine y del deporte.

Acudía sin dudar a una cita con su cuadrilla ‒donde siempre se sintió su amor de amigo‒, se interesaba por sus hermanos y sobrinos, mimaba a su “mamá bonita” o participaba en la misa del domingo de ocho de la tarde porque le gustaban los cantos y “Chisco explica muy bien el Evangelio”. 

Le encontrabas sin problema en el fijo de casa de sus padres. No tenía teléfono inteligente, ni redes sociales, no se sumió en el ruido y la distracción que nos inunda a los demás. 

Pablo Inchusta González se centró en lo esencial y fue luz para los que compartimos tiempo, ilusiones o afectos durante este medio siglo con él. Muchos estamos todavía deslumbrados con su partida, porque nos ha enseñado de verdad, y con la verdad, que la auténtica medida de la vida no es el dinero, el placer, una carrera profesional impecable, una colección de viajes o una cuenta corriente siempre saneada. El éxito de verdad, al que no llegaremos, es que en tu despedida reine el silencio de los agradecidos que se han quedado mudos admirándote. 

El autor es amigo del fallecido

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