María Elena Aranguren Lumbreras, trabajadora social


Publicado el 02/08/2026 a las 08:31
El pasado martes 28 falleció en Pamplona María Elena Aranguren Lumbreras (1941-2026), hija de Manuel y María Jesús, esposa de José María Jimeno Jurío, madre de Roldán y Ainhoa, abuela de Maider, Jakes y Beñat. A todos ellos la condolencia de quienes hemos recorrido con Elena muchos caminos juntos desde las relaciones de nuestras familias que han marcado nuestra infancia, vecindad, profesión y vida. Elena era la hija mayor de un conjunto femenino formado por su madre y sus hermanas Carmen, Conchita y María José. Como tal le correspondió abrir caminos de trabajo y entrega en casa y fuera de ella, siendo la hija y hermana entregada a toda la familia, particularmente a la menor que se convirtió en la aglutinante de todo su entorno. Su padre Manuel, que era un gran trabajador en su taller de zapatería en la calle del mismo nombre, sonreía cuando se le mentaba su “harén” y lo bien cuidado que estaba por todas ellas. Las familias Aranguren-Lumbreras y Turrillas-Roldán, ambas de la calle Teobaldos, tuvimos una gran relación siendo las hijas mayores compañeras de estudios y profesión, y las terceras Angelines y Conchita amigas de cuadrilla. Germán Aranguren, tío de Juan-Cruz, trabajaba en el taller de Manuel donde conoció a Elena.
Un día del pasado siglo ya lejano, el canónigo y director de Cáritas Diocesana, D. Julián Espelosín, informó en la prensa local que se había creado una Escuela de Asistentes Sociales, con el mismo carácter que en los países más modernos de Europa existían los estudios de Trabajo Social. Explicó su formación y función para terminar afirmando que las mujeres dedicadas a ello serían “profesionales del amor”. Aunque la expresión podía tener muchas connotaciones, entendimos que se trataba de profesionalizar la atención social, alejándola del concepto caritativo y vinculándola a valores laicos universales como la dignidad e igualdad de las personas, la justicia y la solidaridad. Al día siguiente Elena y Loli lo comentamos y fuimos a matricularnos para formarnos en el que fue nuestro trabajo. En el caso de Elena hasta su jubilación como funcionaria, practicando su profesión con la serenidad, paciencia y amabilidad que le caracterizaban. En el camino de la vida se encontró un día con José María Jimeno Jurío decidiendo hacerlo juntos, superando con amor las muchas dificultades que surgieron. Ambos tenían en común una vocación que, aunque en facetas muy distintas, estaba centrada en el servicio a las personas, a la sociedad y a la cultura.
Recibieron un gran premio en su hijo Roldán, en el que proyectaron sus cualidades, principios y valores. El resultado fue óptimo y su ‘Roldanico’ fue la gran persona, el excelente profesional y servidor social y cultural que conocemos. Su matrimonio con Ainhoa Nieva aportó a la familia una hija y tres nietos, que han sido la alegría de Elena, convirtiéndola en una “ama”, “amatxi” y matriarca navarra. Elena ha sido para su esposo José Mari y su hijo Roldán el pilar que los sostuvo, en el que apoyaron su sólida trayectoria personal y profesional. Desde el reconocimiento a su inteligencia, dotes y laboriosidad, se ha de constatar que han tenido en ella el apoyo que posibilitó crear y mantener una gran obra investigadora en ámbitos como la historia, la lingüística y el derecho. Conjuntamente han luchado por ellos y el resultado ha sido una obra colectiva.
Al conjunto familiar hemos de aplicar las palabras de Bertolt Brecht: “Hay hombres [y mujeres, añadimos] que luchan un día y son buenos. / Hay otros [y otras] que luchan un año y son mejores. / Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, que son los imprescindibles”. Entre estos están Elena, José Mari y Roldán. La mujer dulce, fuerte y entregada en todas las facetas personales y profesionales que fue Elena, en su aparente debilidad, como la mujer bíblica, “se revestía de fortaleza y de dignidad y sonreía ante el provenir […] con sabiduría abría su boca y en su lengua estaba la ley de la bondad. Vigilaba la marcha de su casa y no comía el pan de balde”. Hoy alzanse sus hijos y nietos y la aclaman bienaventurada: “Muchas hijas han hecho proezas, pero tú a todas sobrepasas” (Prov. 31). Elena ha sido la estrella que ha guiado a su familia y a las muchas personas a las que atendió con su exquisito trato, a cuya trayectoria se puede aplicar el verso de Xabier Lete (1974): “Izarren hautsa egun batean / bilakatu zen bizigai, / hauts hartatikan uste gabean / noizpait ginaden gu ernai. / Eta horrela bizitzen gera / sortuz ta sortuz gure aukera, / atsedenik hartu gabe: / lana eginaz goaz aurrera. / Kate horretan denok batera / gogorki loturik gaude.” (Un día el polvo de estrellas / se convirtió en materia de vida, / de este polvo, por sorpresa, / en algún momento surgimos nosotros. / Y así vivimos / creando nuestra oportunidad, / sin descanso, avanzamos trabajando. / Todos juntos estamos unidos / fuertemente a esa cadena.). Goian bego. Agur Elena, agur betiko agur.
Los autores son amigos de la fallecida.