Fernando García-Mina: la UCD y el ‘Conocerte es amarte, Baby’


Publicado el 20/07/2026 a las 10:04
Fernando García-Mina, el tío Fernando, es el mejor escritor sin obra que conozco. A orillas de un mantel, ante un whisky con hielo y sin agua, hilvanaba los recuerdos en un cóctel de ironía y mordacidad que hipnotizaba. Cada vez caminaba más lento y eso le permitía recrear los ambientes rumbo al restaurante elegido para conspirar. Tanta munición tenía en la palabra que no le hacían falta las manos: disparaba el arranque de sus relatos con ellas entrelazadas a la espalda y arrojaba de cuando en cuando una mirada al cielo, como dando las gracias por estar vivo. Por estar conspirando una vez más.
El tío Fernando siempre quería que su interlocutor tomara una copa durante la hipnosis. Nunca supe qué parte de la fascinación atribuir a Fernando y qué parte a la copa. Ahora que no está, ahora que intento encontrar en los hielos esos ojos tan pequeños que achinaba con cada carcajada, sé que el mérito era todo suyo.
La última vez que lo vi fracasé en el intento de que escribiera unas memorias. O mejor, ese ‘Diario de un esnob’ que firmaba Umbral y que combinaba la política con la noche. Fernando ha sido un esnob hasta las últimas consecuencias: pidió un levísimo chupito de coñac de 38 euros en su último restaurante y murió un 6 de julio.
Exhibía con cierta gracia una frase que ahora pienso podría ser su epitafio profesional: “¡Con lo vago que he sido y todo lo que he tenido que trabajar!”. Licenciado en Derecho, muy pronto ideó un camino que le permitió hacer un trío permanente con sus dos novias: la literatura y la conversación.
Ese sendero fue la publicidad. Ahí vertía Fernando, como en una enorme copa de balón, sus obsesivas lecturas y su arte para embaucar. Con su gorra inglesa, sus americanas de cuadro fino y sus zapatos impecables, se plantó en la Transición y consiguió que la UCD le encargara sus primeras campañas electorales. Las de los días de gloria y el estreno de la Democracia.
Manuel Vicent me dijo que la Transición, en el fondo, se hizo cuando todos los diputados coincidieron en el bar del Congreso. La Transición en Navarra, me contaba el tío Fernando, se firmó en el ‘Conocerte es amarte, Baby’, donde brindaban los que estaban en contra de la violencia e incluso algún violento despistado que quería ligar.
Fernando García-Mina, Carlos Ciganda, José María Sanjuán, Pedro Montero, Pedro Pegenaute… escribían y dibujaban los eslóganes de la UCD hasta la madrugada y luego se iban “al Baby” a hacer realidad lo que prometían: la convivencia divertida y vertiginosa con el diferente.
“Fernando nos enseñó a hablar”, me dice muy cristalinamente Pegenaute, uno de los cerebros de aquella UCD. Fernando les enseñaba el ruido de la calle, la palabra moderna y exacta. Para que no ocurriera como en uno de aquellos primeros mítines de la UCD en la Ribera. Dijeron: “Venimos a dar un mitin”. Y un autóctono contestó alarmado: “¿Os habéis hecho republicanos?”. No era fácil hacer pasar por moderna a la Democracia Cristiana, pero Fernando le insuflaba el necesario componente liberal: en el sarcasmo, en el vestir, en la comunicación. Fernando fue en todas las décadas un liberal entre conservadores, socialistas y nacionalistas. Un liberal único.
Predicaba liberalismo todo el tiempo. Hace no mucho, en un entierro que no era el suyo, a pocos metros del nicho abierto, se empeñó en contarme un análisis sobre Putin hasta que la tía Alicia, su mujer, la única capaz de domarlo, le dijo al oído: “Fernando, o te callas o te callo”.
Era extraño. Yo iba a buscarlo al Yoldi para pedirle que me contara aquella historia de unos terroristas de la OAS que se alojaron en el hotel y él sólo quería conspirar sobre el presente. Le preguntaba por los conciliábulos del ‘Baby’, pero me respondía con más presente.
Fernando era una voracidad enorme de vivir y, si abordaba el pasado, sólo era por el disfrute de contar una historia. De escribir sin escribir. “¿De verdad quieres saber lo que fue la Transición?”, me dijo una vez.
Entonces, me contó: “Un día, me encargaron un plan de circulación para tal ciudad”. Le dije: “¡Pero, Fernando, si no tienes ni puta idea de urbanismo!”. Sonrió hasta que le lancé la pregunta que esperaba: “¿Y qué hiciste?”. “Cambiar la dirección de todas las calles para que se notara que algo había hecho”.
Lo que trataba de explicarme era que la Transición la iban haciendo unos chavales de treinta años que no sabían muy bien lo que hacían, pero que querían hacerlo juntos. Y libres. Para que lo del “Baby” no fuera una noche, sino toda la vida.
Eso sí, por aquel entonces, leo en la hemeroteca de este periódico, la UCD designó a Fernando miembro del Consejo Político, y no del Comité de Disciplina. Menos mal. Si no, habrían perdido todas las elecciones. Y las ganaron contra pronóstico, tanto con Del Burgo como con Alfonso Bañón, al que tanto quise, el de la radio del 23-F.
Cumplida la misión política, Fernando ya no conspiró para fundar partidos, pero siguió empeñado en fundar cosas que sirvieran para salir por ahí, comer y tomar una copa con el diferente: lo mismo daba un Club de Marketing que una Academia de Gastronomía. Así, trabajaba sin darse cuenta. Acabó la Transición, dejó los bares y se refugió en su biblioteca, en su agencia, en sus libros de Historia, su otra pasión.
Tuve la inmensa suerte de ser uno de sus asesorados. Literariamente, y no políticamente. Me consta que a muchos escritores de la ciudad, cuando eran chavales, Fernando les recomendó las lecturas imprescindibles. Siempre me invitó a comer, aunque siempre me cobró con cotilleos porque era incapaz de contenerse.
Mi abuelo, su hermano mayor, me dijo el día de su entierro: “¿Sabes? Era la persona con la que más me gustaba hablar”. Y el amor por conversar con alguien es el amor más verdadero. Ese que nos iba regalando a tantos, muchos de ellos lectores de este periódico, el tío Fernando.
Fernando García-Mina (1941-2026) no ha dejado papeles, no ha escrito su ‘Diario de un esnob’, pero a Alicia, sus hijos, amigos, sobrinos y nietos nos ha emborrachado de historias. Escribió Manuel Machado que, hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son, y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor. La obra no escrita por Fernando tiene categoría de copla.
Lo pensé en el cementerio, cuando la tierra caía sobre su cuerpo. Imaginé palabras. Muchas palabras con carcajadas como alas que salían de allí y se posaban cual gorriones en las mesas de sus restaurantes preferidos.
Allí estarán para siempre las historias de Fernando García-Mina y, conforme nos vayamos yendo a verle a la barra más canalla y divertida del infierno para luego dormir en el cielo, habrá alguien que empiece como él, diciendo: “No te lo vas a creer, pero un día, aquí, exactamente donde estás tú, sucedió algo verdaderamente increíble”.
La vida. Sucedía, sucede y sucederá… la vida.
El autor es sobrino-nieto del fallecido