Jose Mari Gastón y la habitación 215

José Mari Gastón
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Rafa Irizar Ortega

Actualizado el 26/02/2026 a las 08:02

El pasado viernes, 20 de febrero, falleció el entrañable Josemari Gastón. Su pérdida ha privado a muchísimos pamploneses -miles, diría yo- de la profesionalidad, simpatía y amistad de un tipo que convirtió su trabajo en el arte de hacer felices a los que nos acercábamos a cualquiera de los establecimientos que regentó. Profesionales como él ya no es fácil encontrarlos en la hostelería local.

Un día antes, jueves, a las nueve y cuarto de la mañana, cuando sus familiares y amigos creíamos que ya estaba bajo los efectos de la sedación, recibí una llamada desde su móvil. Sorprendentemente, al otro lado escuché su voz, susurrante, pero aún vigorosa, decirme: “Amigo, me tienes que hacer un escrito sobre la habitación 215”. Y en ello estoy.

Lo vivido (emociones y dolor al mismo tiempo) durante cuatro semanas en el pabellón correspondiente a su fatídica enfermedad es como para dejar constancia por escrito: el cariño y simpatía de las chicas de limpieza, celadores, auxiliares, enfermeras y cuadro médico de esa planta del Hospital de Navarra ha sido de agradecer de por vida, porque además de su profesionalidad y cariño con el paciente, han tenido unas enormes dosis de paciencia con las decenas de visitas diarias de familiares, amigas y amigos que iban a despedirse de Josemari.

Y mención especial merece lo ocurrido la noche del miércoles, antes de ponerle la primera sedación, que creímos definitiva. En el pasillo y salita contigua había más de veinte personas y fuimos entrando en la habitación para despedirnos uno a uno. Cuando llegó mi turno, Josemari nos dijo a dos sobrinos y a mí: “Voy a hacer dos cosas”. Se levantó sin ayuda de la cama, se metió en el aseo, salió, abrió la puerta de su habitación 215 (en zapatillas y camisón hospitalario), y arreando con sus goteros, sin ayuda, se asomó al pasillo y, ante los numerosos y sorprendidos visitantes, propuso: “¿Vamos a cantar... todos... algo?”. Al fondo del pasillo se oyó la voz de la enfermera: “¡¡Josemari... por favor!! ¿Qué haces ahí?”. Mutismo de los presentes, sonrisas y alguna lágrima de los cercanos... Pero nadie le siguió, por respeto al entorno silencioso de un pasillo de planta hospitalaria y por la hora que era. Y entonces, el sinigual Josemari arrancó con sus bailables, a modo de samba... estando como estaba, y terminó con un “¡Gracias a todos! ¡Os quiero!”. Y volvió a la habitación, su 215.

Nunca había visto algo así en mi larga vida. El Gastón fue único e irrepetible... sorprendente en grado sumo. Siempre le gustó decir y repetir que tenía “tres familias”: una, la formada por la señora Rosa y sus dos perfectas y responsables hijas, Patri y María; otra, la formada por Laura con sus dos “niñas” adultas y admiradas, Amayita y Juliki. La tercera familia es el clan de sus hermanos, los Gastón Cabral, hosteleros la mayoría y que funcionan todos a una..., ayudándose unos a otros toda la vida.

Pero también contaba con una gran cantidad de personas que le querían, y mucho. Era un “tormento” bajar con él por Carlos III charlando sobre cualquier tema, pues nos costaba casi la hora de reloj por la multitud de ciudadanos y amigos que le paraban para saludarle.

De la extensa y prolífica vida profesional como hostelero se ha escrito mucho estos días, pero la generalidad desconoce que desde sus inicios Josemari se hizo famoso, hasta fuera de Navarra, porque en su pequeño y coqueto pub Erton, en Paulino Caballero, tenía los mejores hielos cuadrados y sólidos de toda la capital para las bebidas y combinados. Nadie supo cómo los lograba, y él estaba orgulloso de ello. En aquella época ganó un concurso de coctelería con un combinado al que bautizó con el nombre de su hija Patricia.

Luego pasó, siempre con éxito, por varios establecimientos: regentó casi veinte años la sala de fiestas Haddock en el Hotel Maisonnave, responsabilizándose también de la cafetería y restaurante; después estuvo nueve años en el bar restaurante El 7 del 7, en el Hotel Palacio de Guendulain; y otros dos años en el Club Taurino de la Medialuna. Su última actividad empresarial en Pamplona fue la gestión del bar y restaurante del Nuevo Casino Principal de la Plaza del Castillo. Llegó a tener más de 60 profesionales contratados en Sanfermines. Cuando lo dejó, se gastó todos sus ahorros en las indemnizaciones de las ocho personas que tenía en plantilla. Después de la pandemia ayudó y trabajó (con amigos próximos) en el montaje del New Niger, paradisíaco bar y restaurante en Comarruga, Tarragona. Precisamente, el fatal diagnóstico le pilló cuando coronaba con éxito su último empeño hostelero. Muchos pamploneses y pamplonesas que acudimos al lugar fuimos testigos de la buena marcha de su último emprendimiento profesional.

Y para finalizar, mencionar que además de sus aficiones declaradas (la cerveza y el Atlético, entre otras), era un ferviente “sanferminero” como pamplonés de pro que era y ejerció. Y los dos acudíamos, con asiduidad... pero no la deseada en el último año, a visitar al Santo a la Capilla, donde me preguntaba: “¿Has traído suficientes euros sueltos para las velas de San Fermin, sinvergüenza? ¡Que tenemos que rezar y pedir por nosotros dos..., y además por muchos de nuestra gente!”.

Así era nuestro irrepetible Josemari Gastón Cabral, que no tuvo clientes, tuvo amigos, y que me dijo hace pocos días en su habitación 215 que nos “esperará en Cielo”, donde está con toda seguridad...

*Rafa Irizar Ortega es amigo de más de cuarenta años.

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