Luis Antonio Gómara Granada, expresidente de ASPACE y ANFAS


Actualizado el 05/11/2025 a las 11:58
El jueves 30 de octubre falleció Luis Antonio Gómara Granada a los 83 años. La condolencia a su viuda, Finacho Salinas Frauca; sus hijos, María y Luis, Luis y Conchi y Fermín, Lucía falleció recientemente; sus nietos, Lucía, María, Javier, Marta y David; hermanos, hermanos políticos y a los numerosos gómaras.
La muerte de un quinto, con el que has coincidido a lo largo de la vida, marca mucho. Conocí a Luis Antonio en el parvulario del Colegio de la Compañía de Santa Teresa de Jesús de la calle Mayor, en el que se formó parte de la familia Gómara Granada y descendientes, dando a la congregación teresiana varias religiosas. Su condición de hermano menor le proporcionó una madurez propia de la socialización que se produce cuando los hijos mayores tienen papel relevante en la educación de los menores. Entre los discípulos de las religiosas tolosarra María Cruz Gorrochategui y mejicana Virginia destacaba porque sabía muchas cosas, se expresaba muy bien y trataba con mucha cortesía a todos. Era un niño muy amable y educado, cualidades que le acompañaron toda su vida.
En el Colegio de S. Ignacio de Pamplona estudió el Bachillerato y en Barcelona, Arquitectura. Tiempos que nos separaron hasta reencontrarnos como funcionarios dedicados a la ordenación del territorio y el urbanismo, materias en las que fue uno de los promotores en Navarra desde la Diputación Foral. Se abrió una nueva etapa en la relación, pudiendo apreciar la gran personalidad humana y profesional del condiscípulo teresianillo, que había crecido en edad, sabiduría y espíritu de servicio.
Fue el tiempo en que Luis Antonio conoció a la simpática tudelana Finacho, se casaron y crearon la familia. Ella le apoyó y sostuvo en todas las facetas de su vida, particularmente en la de entrega a sus hijos Lucía y Fermín y a cuantos padecieran alguna discapacidad. Durante doce años fue presidente de Aspace Navarra, también de Anfas y miembro activo del Comité de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMIN). Siempre fue el amante esposo, el solícito padre y el cariñoso abuelo.
De su personalidad destaco, además de su bonhomía y profesionalidad, una religiosidad profunda, llena de espiritualidad ignaciana, que buscó a Dios en todo, principalmente en sus prójimos. Su vida fue un proceso iterativo en continuo discernimiento, a veces con dudas agónicas, propias de un contemplativo llamado a la acción y a la decisión, a las que no podía responder con la pasividad ni el silencio administrativo. Le guiaba el principio “en todo amar y servir”, con la convicción de que “como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago, 2, 26). Con un “misticismo de servicio” (P. Guibert, S.J.) compatibilizó lo irreal con lo real, el pensamiento con la acción. Mantuvo una actitud permanente de estudio y análisis, reflexionando sobre cada situación, sus obligaciones y responsabilidades en el servicio al interés general. Diseccionaba como un experto cirujano los hechos, planteaba las tesis y antítesis, pero lo que más le costaba era formular la síntesis. Para alcanzarla se aplicaba en el estudio y la elaboración con honestidad, rectitud de intención, sentido de la justicia y respeto a la legalidad.
Ni la alegría ni el dolor ni el sufrimiento de osasunista le desviaron del cumplimiento estricto de sus deberes familiares, profesionales y sociales, ni siquiera en los momentos más tristes, que asumía estoicamente y transformaba en una catarsis sobre el éxito y el fracaso, el triunfo y la derrota con una visión trascendente. Para él la vida era conforme a la coplilla de la que sus hermanas religiosas llamaban la Santa Madre Teresa de Jesús: “La ciencia más acabada / es que el hombre en gracia acabe, / pues al fin de la jornada / aquel que se salva, sabe, / y el que no, no sabe nada”.
El resumen de la vida de Luis Antonio, que fue un hombre para los demás, está recogido en las palabras de S. Pablo: “He realizado una buena competición; he terminado la carrera; he conservado la fe” (2 Tim., 4, 7). A Finacho, hijos, nietos, hermanos, familiares, amigos y cuantos colaboraron con él en las obras sociales les recuerdo que S. Juan de la Cruz anunció que “en el atardecer de nuestra vida seremos juzgados en el amor”. Así habrá sido para quien tanto dio a la familia y la sociedad y mucho habrá recibido. Descanse en paz.
El autor es amigo del fallecido