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MILLÁS Y EL MUNDO | JUAN JOSÉ MILLÁS

Zapato plano

Actualizada Lunes, 9 de noviembre de 2009 - 04:00 h.

C ON frecuencia somos incapaces de percibir la importancia de algunos de nuestros contemporáneos. Usted y yo, por ejemplo, no teníamos ni idea de que Sabino Fernández Campos era, además de un militar que supo estar en cada momento de su vida en el lugar idóneo, un gran filósofo, un hombre de estado, un teórico de la moral, y quizá un narrador sin parangón (qué rayos querrá decir parangón).

Ha tenido que fallecer para que nos enteráramos, gracias a las decenas de artículos que se han escrito sobre él, de su excepcionalidad en todos estos terrenos. De momento, he llamado a mi librería pidiendo que me reserven sus obras completas, pues no sería raro que se agotaran estos días.

Lo que usted y yo sabíamos de Sabino Fernández Campos, aparte de lo obvio, era que en todas las entrevistas aseguraba que jamás publicaría sus memorias, pese a que le habían ofrecido cantidades increíbles de dinero por ellas. Dijo tantas veces que jamás las haría públicas que uno llegó a pensar que se las había entregado ya al editor. De hecho, su negativa parecía una amenaza. La mayoría de los artículos escritos con ocasión de su fallecimiento han destacado, además de su estatura moral, intelectual, militar, etc., su fidelidad al Rey. Pero esta fidelidad tenía aspectos oscuros, pues la impresión que ha dejado en las personas ingenuas como usted y como yo es que sabía de don Juan Carlos cosas terribles. Por eso mismo no publicaba sus memorias, porque resultarían perjudiciales para la monarquía y, en consecuencia, desestabilizadoras para el país. Curioso modo de fidelidad éste de sugerir que tu jefe tiene secretos inconfesables, cuya publicidad acabaría con él.

Pues bien, con su cuerpo todavía caliente, llega la viuda del general insigne, del moralista ilustre, del eximio intelectual cuyas obras completas estoy deseando echarme al coleto, e insiste en que su marido no dejó papeles ni memorias ni nada que pueda inquietar a la monarquía. Si yo fuera el monarca (Dios no lo permita), me inquietaría muchísimo pues las afirmaciones más importantes de la historia han surgido de un número desmedido de negaciones (y viceversa). Quiere decirse que uno no entiende nada. Pero nada de nada.

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