Adam y Saleh vuelven a la escuela

Saleh , en su primer día en la escuela en el Líbano.

 

Adam y Saleh, los dos niños sirios de la fotografía superior, son hermanos, tienen 5 y 8 años, y desde que nacieron sólo conocen la guerra. Hasta hace unos meses vivían en un barrio de Damasco (capital de Siria) con su hermana y sus padres. Allí llevaban una vida “normalizada”. Hasta que un día bombardearon su casa y tuvieron que huir al Líbano. Otra hermana murió bajo las bombas. Estaba delante de Saleh. Él se salvó porque un coche le protegió de la metralla. Desde entonces, el mayor de los dos hermanos sólo dibuja coches.

 

 

 

En septiembre, después de dos años sin escuela por la guerra, Adam y Saleh se sentaron en un pupitre. Aún sufren las secuelas de aquel bombardeo. “No saben dónde se encuentran. Siguen traumatizados”, explica Soraya Kaddoura, directora de la escuela Nahariya, en pleno valle de la Bekaa, en la frontera con Siria. Y si la comunidad internacional no lo impide, tal y como ocurrió en su país, los dos hermanos volverán a sentir las dentelladas de la guerra.

La tensión ha aumentado en la zona. La cruzada eterna por la hegemonía regional entre sunitas y chiítas, las dos ramas mayoritarias del Islam representadas a través de Arabia Saudí e Irán, han colocado de nuevo en el punto de mira a Beirut, que teme un conflicto a gran escala. De momento, el régimen wahabita ha pedido a sus ciudadanos que residen allí que lo abandonen lo antes posible. La situación interna estaba al límite antes de esta amenaza bélica. El propio ministro libanés, Saad Hariri, advertía hace meses en una rueda de prensa que su país se encuentra “al borde del colapso”. Aunque su gobierno no lo reconoce públicamente, Líbano es hoy un enorme campo de refugiados: uno de cada cuatro habitantes ha buscado cobijo en este país al que ya se le llama “la pequeña Siria”. En algunos municipios el número representa el 40% de la población, lo que desborda la infraestructura.

 



 

BARCELONA - BEIRUT

 

Beirut, la capital, no queda tan lejos de Pamplona. Para comprobar el miedo en las miradas de los hermanos Adam y Saleh y escuchar sus palabras temblorosas, no hay más que coger un vuelo directo de Barcelona a Beirut, que dura 3 horas y 45 minutos, subir a un microbús hacia el valle de la Bekaa (más o menos 50 km) y bajarse en una localidad llamada Bar Elias.
Bar Elias es el primer municipio con el que se topan los sirios que han huido de la guerra. En este enclave rural, que dista unos 30 km de la frontera, no se escucha el sonido de la artillería ni las explosiones producidas por las bombas de barril. Tampoco se ven cuerpos amputados ni heridas en carne viva.

Aquí sólo se siente el azote del siroco, el viento del sureste procedente de Siria, y el inquietante silencio de unos rostros derrotadas. Latidos exhaustos de tanto luchar. “Vidas sin vida...”, describe una mujer refugiada de 25 años, una de las últimas en dar a luz en uno de los 52 asentamientos diseminados en la zona.

Vidas que se recomponen, sin embargo, al sentir los corazones al galope de los juegos de los más pequeños en las aulas de las escuelas. Entonces, todo cambia. Y brota la resiliencia, la capacidad de adaptación a la adversidad...
 

PRIMER DÍA DE LA ESCUELA

 



 

Este viaje al corazón de un campo de refugiados se realiza un 13 de septiembre, víspera del inicio de curso para miles de niños sirios. Diario de Navarra acompaña a Álvaro González, técnico de la ONGD ALBOAN y al SJR para supervisar algunos de los proyectos que desarrollan en este paraje de temperaturas extremas. Desde hace años los trabajadores temporales sirios han atravesado este punto entre Siria y el Líbano para ganarse la vida trabajando en el campo. Ahora, sin embargo, la población busca cobijo con sus familias, instalándose en los mismos lugares donde en otras ocasiones han llegado en busca de trabajo.

“La situación en la Bekaa es compleja”, reconoce Fady Tahhan, de 34 años, responsable de este programa de educación, formado por tres escuelas infantiles al que acuden cientos de niños sirios, y un centro social donde se enseña un oficio a un grupo escaso de mujeres.

¿Por qué tan pocas mujeres? La pregunta cae como un jarro de agua fría. “Nunca es fácil ser un refugiado en ningún lugar del mundo, pero es peor aún para las mujeres”, indica preocupado. “Hay mujeres que no salen de los campos. Ellas son quienes están soportando el peso de la guerra. Están muy asustadas. No se atreven ni a hablar de su problemas, porque si lo hacen y cuentan todo lo que están viviendo, las pueden echar”, revela. “La situación es muy delicada. Tratamos de ser cautos. De actuar con extrema delicadeza y sensibilidad para ayudarlas.

Somos conscientes de que no las podemos empoderar”, insiste. “Porque si las empoderamos”, añade, “al volver a la tienda pueden sufrir agresiones por parte de sus maridos. La situación es muy mala”, reitera. “Las refugiadas son golpeadas continuamente. Por cualquier cosa que hagan. La mayoría de los hombres sólo quieren que sus mujeres sean como esclavas, dedicadas a la comida y al cuidado de los hijos. Y sin salir de la tienda. Sin poder hacer nada... Incluso tenemos casos de mujeres a las que no se les permite acudir ni al centro social”.

 


 

 

150 DÓLARES POR TIENDA

 

El director de este programa habla claro. “En estos casos tenemos una religiosa jesuita que acude a los campos y habla con los hombres. Intenta hacerles comprender que el centro social es bueno para todos”. Un centro social que atesora incluso un servicio de guardería y de autobús. “Es importante para ellas. En este centro se sienten útiles, valoradas, entretenidas, libres... Normalmente las vamos a buscar a los campos para que no vayan solas por las carreteras. Ha habido abusos por parte de sirios y libaneses”. Fady Tahhan reconoce que las organizaciones internacionales que durante un tiempo han trabajado sobre el terreno aportando una simbólica ayuda económica de 28 euros al mes por familia y tienda, se han evaporado. “Los refugiados en esta parte del Líbano están olvidados. No reciben ningún tipo de ayuda para afrontar el alquiler de la tienda o la electricidad. Y la que recibían de 28 euros creo que está apunto de desaparecer” (esta ayuda desapareció a finales de octubre). Al escuchar sus palabras, antes de acceder al campo, el técnico de Alboan y el periodista de Diario de Navarra reaccionan sobrecogidos. ¿Que los refugiados pagan una renta al mes...?, preguntan. Tahhan asiente. “Entre 100 y 150 dólares por tienda, más 30 dólares por gastos de electricidad, agua, comida...”, detalla.



 

Sólo en esta zona de Bar Elias hay 52 asentamientos ilegales. Cada uno posee un “shawish”, un jefe elegido por el propietario de la tierra. El llamado “lord of the land” (señor de la tierra), que puede llegar a ganar más de 10.000 dólares al mes. Por lo tanto, a los campos de refugiados en Líbano llegan también los tentáculos de un negocio, el de la guerra, que desde marzo de 2011 ha dejado un reguero imparable: 300.000 víctimas mortales (la mitad civiles y 16.000 son niños) y 2 millones de heridos.

Alrededor de 14 millones necesitan ayuda humanitaria; 7 millones se encuentran en situación de inseguridad alimentaria (73.000 están malnutridos), la tierra cultivada se ha reducido un 40%, el 69% de la población vive con menos de 2 euros al día, al menos 10 millones han abandonados sus casas (6,3 millones en desplazamientos internos y 4,8 en países colindantes). Más de un millón ha emprendido viaje a Europa, quedando bloqueados en las fronteras.

El gobierno libanés ha seguido la política de no organizar campos de refugiados oficiales para impedir que se repita la historia de los palestinos, que han permanecido durante décadas en territorio libanés sin que hasta ahora la comunidad internacional haya conseguido que regresen a su tierra. Todo esto ha provocado que los refugiados se hayan visto obligados a instalarse de manera ilegal en terrenos privados. Y según un estudio de ACNUR, su situación ha empeorado, siendo “muy vulnerable”. El informe afirma que las familias han agotado sus recursos y ahora “sobreviven con lo mínimo”.

 

 

EL ZAPATERO DEL REFUGIO



 

La primera vivienda de plásticos y tablas que se visita en este recorrido por la frontera siria es la tienda de una familia natural de Raqqa. Una ratonera de tres habitaciones alfombradas en la que vive un zapatero llamado Omar, junto con su mujer y dos hijos.

Abir es la mayor. Tiene 10 años y recuerda su vida en Raqqa, antes de la entrada del ISIS en la ciudad, como la de una niña “normal”, cuenta. “Tenía mis amigas y estudiaba en la escuela, pero cuando llegaron (el ISIS) detuvieron al profesor y dejamos de estudiar”. Su hermano Hassan le mira, pero no oye ni puede hablar. “Sufre una deficiencia desde que nació. Ni oye ni habla”, dice Omar. Fue la enfermedad de su hijo lo que facilitó su huida de Raqqa. Omar “suplicó” al ISIS por un permiso para poder tratar a su hijo en un centro especializado fuera de su ciudad. Le concedieron diez días. Aprovechando este permiso, escaparon por las montañas. “Tardamos tres días. Íbamos a pie y en coche”, relata. Sus palabras tiemblan al hablar de los yihadistas. “Al darse cuenta de que habíamos huido, el ISIS demolió nuestra casa. Primero vivieron en ella seis meses”. Abir tenía 8 años. “Llegamos al Líbano hace un año y ocho meses y ahora vivimos de lo que gano como zapatero”. ¿Quién se puede arreglar unos zapatos en un lugar así? Omar se encoge de hombros. “No da para mucho. Pagamos 140 dólares al mes por el alquiler del terreno, más luz, agua... Aquí la vida es muy dura. Pero no quiero irme. Sé que voy a regresar pronto a Siria”, sonríe esperanzado. Prevé hacerlo el mes que viene.

 

 

EL VIERNES SÓLO SE REZA

 

Omar, el zapatero, acompaña a sus visitantes al exterior de la tienda. Los abraza y se despide con un apretón de manos. Su mujer se queda dentro. La visita sigue a otro tienda de lona. La de un vecino de Raqqa, Mahmoud, de 67 años. Un antiguo trabajador de una multinacional en Arabia Saudí que se dedicaba a la fabricación de cable y carpintería. Su aspecto parece casando. Le cuesta respirar y no ve del ojo izquierdo. Lo perdió en una caída. “Y sin vista, sin trabajo y sin esperanza... ¿qué puedo hacer?”, susurra. Sus pupilas se llenan de lágrimas. Un reloj de pared, una alfombra, una televisión, una bandeja con tazas de té y la foto de un bebé es el único mobiliario de las dos salas que conforman la guarida.

Varias mujeres siguen la conversación al otro lado. Una de ellas lleva a un bebé de cuatro meses en brazos. “Se llama Limar”, dice su madre, de 25 años. Mientras, Mahmoud continúa hablando y cuenta que perdió el ojo porque un médico del ISIS no quiso tratárselo porque era viernes, día de rezo. “La gente del Estado Islámico gobernaba en la ciudad. Por eso perdí el ojo, no me lo trataron a tiempo. Y por eso no quiero volver...”.

Al terminar la conversación, el pequeño Limar reclama atención con un gemido. Y todos los presentes lo envuelven en carantoñas. Su madre aprovecha el momento para desahogarse.

Aunque lo hace a medias. Sólo cuenta que la vida en un campo de refugiados es tan dura como la guerra. Y se disculpa por no entrar en detalles. “No puedo hablar más. Esto es como morir en vida...”, lamenta. Sus palabras estrangulan el ambiente. Quiere llorar pero no puede. Se le nota... Limar, pendiente de su madre, le dedica un brillo de ojos marrones. Como un lazo de esperanza que le obliga a sonreír. Una sonrisa amarga. Es mediodía. Se escucha el griterío de los más pequeños saliendo ya de la escuela. Tienen hambre. Como la mayoría de los días, tocará arroz y, quizá, alguna patata. Nada más.

 


 

 



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