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Montaña

Línea P: dos rutas entre los búnkeres del Pirineo

Las montañas de la frontera entre Navarra y Francia ocultan un secreto en los cientos de búnkeres que juegan a esconderse entre sus lomas peladas y sus bosques atlánticos de hayas y robles. Ignoradas por los mapas y abandonadas antes incluso de su finalización, estas defensas se erigieron a lo largo de toda la cordillera pirenaica para detener una hipotética invasión de los aliados tras su victoria en la II Guerra Mundial. Hoy día, estos nidos de hormigón observan al caminante a través de sus troneras, fundidos en la tierra, silenciosos e impasibles, como fantasmas de un pasado cercano en el tiempo y lejano en la memoria

Vídeo Línea P
Vídeo Línea P
Dos rutas para conocer los búnkeres del Pirineo navarro.
  • Conocer Navarra
Actualizada 23/10/2020 a las 21:03

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 40 con fecha septiembre de 2015. Texto y fotografías de MIGUEL CIRIZA).

 

Los amantes del senderismo que hayan recorrido las pistas, caminos y cimas de los alrededores de Bera, Quinto Real, Otsondo e Ibañeta se habrán topado con alguno de los numerosos búnkeres que pueblan el lado sur de la muga entre la Comunidad foral de Navarra y Francia. A pesar de que el público puede acceder a ellos, ya que no hay puertas blindadas ni alambradas que impidan el paso, estos bastiones defensivos están rodeados de un halo de misterio; no existe cartografía que los registre, aparecen inconexos entre sí y su temprano abandono apenas ha dejado una huella palpable en la historia de los montes y valles que los albergan. Su perfil, camuflado en el paisaje, y la orientación hacia el norte de sus troneras apuntan de manera inequívoca a que su finalidad era la de defender la frontera pirenaica de un ataque exterior.

A partir de aquí, el resto de la información que maneja el senderista es muy escasa. Esta proviene sobretodo de fuentes populares que dicen que estos enclaves militares fueron edificados durante el Franquismo, con el objetivo de frenar una invasión aliada tras la II Guerra Mundial, y de paso contener las infiltraciones de los maquis. El conocimiento popular no se equivoca, pero deja sin cerrar muchos interrogantes; se intuye que los búnkeres sitos en la frontera navarra formaron parte de una línea defensiva que recorría todos los Pirineos, pero no alcanza a decir cómo se llamó, en qué años fue construida, cuántas posiciones defensivas tuvo o si entró en servicio alguna vez.

 

P DE ‘PIRINEOS’

En realidad los búnkeres desperdigados por la frontera navarra son parte de uno de las planes militares más ambiciosos de la historia moderna de España. Observados a ras de suelo, no pasan de ser construcciones de cemento de hormigón, parapetos y trincheras diseminadas por los montes cercanos a la frontera. Sin embargo, cada uno de ellos forma parte del último y más vasto intento de fortificar esa muralla natural que es el Pirineo.

Este proyecto surgió al acabar la Guerra Civil, en 1939, cuando Franco y su Estado Mayor idearon un eje defensivo transpirenaico que defendiese a España de un ejército invasor, algo muy probable en aquel contexto histórico en el que el belicismo de la Alemania nazi estaba a punto de desencadenar la II Guerra Mundial. Este ambicioso proyecto recibió el nombre de Línea P. La ‘P’ procede de ‘Pirineos’, aunque en clave militar también se la denominó en su zona occidental como Línea Pérez.

La Línea P recorre los 500 kilómetros de la cadena pirenaica y acumula alrededor de 4.500 estaciones defensivas entre las provincias de Guipúzcoa, Navarra, Aragón y Cataluña (de las 10.000 que estaban previstas de inicio). La mano de obra utilizada para su construcción fue de 12.000 hombres, denominados batallones de trabajo, y oficialmente el tiempo empleado en levantarla transcurrió entre 1944 y 1957, como señala José Manuel Clúa, autor de ‘Cuando Franco fortificó los Pirineos: la Línea P en Aragón’. Según los testimonios de personas que vivían por aquel entonces en sus cercanías y la opinión de algunos historiadores como Joseba Ingeba, Pablo Orduna y Javier San Vicente, las obras de construcción de las defensas en Navarra habrían comenzado con la Línea Vallespín, construida entre Gipúzcoa y el extremo noroccidental de Navarra, y después se habrían solapado con las de la Línea P, lo que hizo que muchas de ellas se edificaran entre 1940 y 1943.

A pesar de ser uno de los proyectos militares de mayor envergadura de la era moderna en España, la Línea P ha pasado de puntillas por la historia, convirtiéndose en un secreto que yace, como sus búnkeres, semienterrado en los montes y valles del Pirineo. Pero este enigma alrededor de la Línea P no es fruto de la casualidad. La información recogida apunta a que existen diferentes causas que han hecho que el último intento de fortificación de los Pirineos apenas haya dejado una pequeña traza en la memoria colectiva de Navarra. Una de las primeros motivos responde al secretismo con el que las autoridades militares desarrollaron este cinturón defensivo. La naturaleza de la Línea exigía esconder los enclaves protectores para evitar que un posible invasor conociese sus posiciones. La documentación sobre ella fue clasificada como ‘confidencial’ y así permanece en el Archivo Militar Histórico de Ávila.

El segundo factor determinante de este misterio sobre la Línea P fue su completa carencia de éxito, ya que no solo no entró en acción, sino que su obra no llegó a finalizarse y sus defensas jamás albergaron guarnición alguna. Pese a que su construcción se alargó hasta 1957, la cremallera de hormigón y parapetos dejó de tener un sentido militar tan pronto como la dictadura de Franco dejó de ser un incordio para el nuevo orden internacional surgido tras la II Guerra Mundial, algo que sucedió con relativa rapidez. En 1950, la ONU aprobó el establecimiento de relaciones diplomáticas con el régimen franquista y solo cinco años después, en 1955, España se convirtió en un integrante más del órgano internacional.

Despojada de valor militar y a pesar a su coste en dinero y recursos humanos, la Línea P fue abandonada a su suerte antes de ser una realidad. Los materiales más preciados, como las puertas blindadas y el hierro para las alambradas, fueron llevados a los almacenes militares de Pamplona, Jaca y Figueres. Sus búnkeres y trincheras quedaron entonces a merced de los elementos, lo que se refleja en el avanzado estado de deterioro que sufren actualmente.

 

UNA MUGA SURCADA POR BÚNKERES

Recorrer la muga navarra con Francia otorga a quien lo hace la oportunidad de observar el contraste del paisaje rocoso y alpino de la zona de Larra y Belagua con la verdosa y más ondulada morfología de las montañas que continúan al oeste, desde la Selva de Irati al océano Atlántico. Este itinerario también permite a quien lo rea­liza adentrarse en el periodo histórico de la posguerra civil a través de la Línea P y sus nidos defensivos de hormigón, reflejo de la dureza de esta época y de la tensión entre la España de Franco y el resto de la comunidad internacional.

Si bien es posible encontrar búnkeres en todo el Pirineo navarro, las zonas con mayor número de estas construcciones son aquellas cercanas a pasos de montaña fronterizos unidos por buenas comunicaciones y el entorno de Bera. El carácter todavía confidencial de la documentación impide saber el número total y el emplazamiento de las defensas existentes en Navarra. El Estado Mayor ideó para el País Vasco y Navarra un total de 56 ‘núcleos de resistencia’, nombre que recibieron el conjunto de fortificaciones y búnkeres establecidos en un área geográfica cercana. Cada una de ellas debía contar con entre 400 y 500 soldados, lo que hubiera supuesto tener un ejército de 10.000 hombres solo en la Comunidad foral una vez se hubiera finalizado la obra.

El criterio principal del Ejército a la hora de elaborar los ejes defensivos de la Línea fue el de impermeabilizar los pasos de montaña para impedir la entrada de un ejército atacante y sus elementos pesados. Esta estrategia hizo que las montañas cercanas a altos como el de Artesiaga (Adi, Enekorri, Argintzu), Ibañeta (Ortzanzurieta, Lepoeder, Astobizkar, Guirizu), el alto de Otsondo (Alkurruntz, Baratxuri, Lizartzu) o el alto de Izpegui tengan una mayor concentración de nidos defensivos que otras zonas y sea más fácil localizarlos. Asimismo, existen multitud de nidos en el resto del Pirineo navarro y muchos recorridos por los montes de Aezkoa (sierra de Abodi, Orbaitzeta, Mendilaz...) o Roncal permiten encontrarse con muchas de estas construcciones militares.

El caso de la Línea P en los alrededores de Bera es especialmente particular, porque es la zona que más densidad de búnkeres tiene por metro cuadrado en todo el Pirineo. Localizada en el extremo occidental, se la consideró como uno de los sitios mas expuestos a incursiones por el bajo relieve de sus montañas y su fácil accesibilidad desde Francia. El trabajo de campo del colectivo Bidasoa Ikerketa Zentroa y particulares como Asier Gogortza ha descubierto los enclaves de 160 búnkeres dispersos en multitud de lugares cercanos a Bera como Ibardin, Usategieta o el monte Manttale. Las fortificaciones en la zona de Bera, no obstante, comenzaron varios años antes que la propia Línea P, cuando se acometieron las defensas de la Línea Vallespín. Este cinturón defensivo fue incorporado al eje de la Línea P en 1944.

 

HUELLA EN EL PAISAJE HUMANO

Los valles pirenaicos navarros no vivieron de primera mano la Guerra Civil, por lo que la llegada de contingentes militares integrados por cientos de personas fue recibido como una novedad, pero según las fuentes consultadas el trato con ellos se redujo a lo esencial. La llegada de las tropas y los trabajos de construcción de los nidos, nombre con el que se conocen popularmente los búnkeres en Navarra, apenas contribuyeron al bienestar de los habitantes de la zona, que vieron cómo todos los trabajos eran desarrollados de manera penosa por prisioneros de guerra o soldados haciendo la mili, y tuvieron que seguir viviendo de lo que les daba la tierra, como castañas, alubias y maíz.

Julio Irungaray, de 84 años, y Carmen­txu López, de 85, son un matrimonio de Erratzu que vivió esta afluencia masiva de gente de fuera que no hablaba euskera, su lengua materna. Recuerdan cómo el pueblo se llenó de soldados entre 1940 y 1941 y cómo los prisioneros de guerra que ejecutaban los trabajos “daban pena, estaban delgaditos, mal comidos y hacían un trabajo muy duro”. “Tenían que sacar la tierra con pico y pala”, comenta Julio, que recuerda cómo los llevaban en tres filas con soldados que los vigilaban: “Había más soldado que prisioneros, y también tenían mulos, mejor cuidados que los soldados incluso” . Su mujer explica que “a los sargentos y a los tenientes les teníamos que dar alojamiento, pero era a cambio de dinero, y esto nos daba unas pesetas que nos ayudaban un poco”.

A Juan Alemán, de 81 años y nacido en la borda de Enekoenea, a escasos kilómetros de Dantxarinea, la construcción de los búnkeres le pilló siendo un niño. Tiene el recuerdo grabado de cómo los soldados hacían una hilera de 80 a 100 hombres, pasándose los sacos de material para salvar los 150 m de desnivel entre el collado de Mailarreta y la cima del monte Lizartzu, donde hay tres agujeros muy visibles de un refugio subterráneo en la cima de la cara sur. “Estaban siempre de hambre. Veníamos a por las vacas y nos las encontrábamos ya ordeñadas”, explica. Juan cuenta que la mano de obra de su zona eran soldados y no prisioneros; era ya 1943 y puede que los integrantes de los prisioneros y represaliados incluidos en los ‘Batallones disciplinarios de soldados trabajadores (BDST)’ hubieran sido sustituidos por batallones compuestos por soldados de reemplazo en diciembre de 1942, como indican Fernando Mendiola y Edurne Beaumont en su libro ‘Esclavos del franquismo en el Pirineo’. Juan Alemán recuerda cómo en una ocasión vino el mismísimo Franco para probar la resistencia de un nido sobre el que se disparó una bomba: “llegó en una comitiva de 20 coches y era imposible saber en cuál de ellos iba. Yo iba con mi padre a llevar unas vacas al mercado y un ternero se nos escapó. Corrió tanto que se quedó muy débil y luego tuvimos que sacrificarlo”.

 

UNA FUENTE HISTÓRICA Y PATRIMONIAL

La opinión de los habitantes de los valles y montañas en los que se alojó la Línea P es muy crítica con este proyecto militar. Para ellos no dejó de ser una colonización de sus tierras, con elementos extraños a sus paisajes y sin apenas beneficios económicos o sociales a cambio. Solamente repercutió en la construcción de caminos y pistas que luego han sido utilizados para actividades agropecuarias. Juan Alemán asevera que la construcción de los nidos “fue un gasto terrible que aquí no ha servido para nada”. La opinión de los habitantes de la muga es más que comprensible, pero observada desde un punto de vista cultural y arquitectónico la Línea P no deja de ser “parte del patrimonio dejado por un periodo histórico reciente y particular como lo fue el Franquismo”, según explican Orduna y San Vicente. Además, su puesta en valor podría recuperar una parte de la historia reciente de la zona pirenaica navarra e incluso estimular el turismo, iniciativas que ya se están llevando a cabo con cierto éxito en el Parc dels Búnkeres de Martinet (Montellà i Martinet) en Cataluña.

 

Itinerario 1. Las defensas de Otsondo y sus alrededores

 

 

 

Esta ruta permite acceder a numerosos búnkeres y posiciones defensivas emplazadas en las montañas cercanas al alto de Otsondo. En un día claro la cima de las montañas que atraviesa el recorrido ofrecen vistas privilegiadas del valle de Baztan y parte del País Vasco francés.

1. Puerto de Otsondo. Punto de salida. Cogemos la carretera bien asfaltada, NA-2655, que va hacia el alto de Gorramendi en dirección este. Varios centenares de metros más adelante, en la falda sur del Goizamendi, nos encontramos con los primeros vestigios de la Línea P de esta jornada: 3 agujeros excavados en la montaña que dan acceso a una galería interior para proteger soldados y municiones.

2. Seguimos por la carretera hasta que hace un afilado corte en la tierra (2,7 km) En ese punto aparece una pista a nuestra izquierda en dirección norte, la cogemos y después de unos metros nos desviamos a la derecha por un camino bien marcado hasta el escondido paraje de Ontxuleta, (2,9 km), donde encontramos otros dos agujeros unidos por un túnel interior. Las gentes de la zona hablan de este lugar con respeto y cierta aprensión por haber sido en el pasado refugio de ladrones y malhechores.

3. Volvemos a la pista que nos conduce hacia el norte y enseguida la dejamos otra vez para aventurarnos en el cordal de Kaskolarratu/Meatzeko Bizkarra (3,75 km), donde nos encontraremos varios megalitos. Cuando descendemos en dirección noreste nos encontraremos con el primer nido defensivo de este itinerario (3,9 km). Sus troneras apuntan en la misma dirección que nuestra marcha por lo que deberemos estar atentos para no pasarlo sin darnos cuenta.

4. Seguimos descendiendo y llegamos a Antsetegiko Lepoa (4 km).

5. Continuamos en dirección noreste hacia las peñas, fácilmente visibles encima nuestra. Son la antecima del monte Antsestegi (798 m). Un búnker (4,3 km) nos recibe a media ladera y, justo debajo de las peñas, encontramos otro refugio subterráneo excavado en la roca al que se entra por tres bocas casi cubiertas por la vegetación (4,5 km).

6. La ladera se empina y haciendo uso de brazos y piernas pasamos las peñas, y de ahí a la cima del Antsestegi (798 m).

7. Descendemos hacia la pista por la que hemos andado anteriormente, situada al oeste, pero antes de llegar a ella continuamos andando por Burdiako Lepoa y desde la loma de esta colina seguimos hacia al norte para llegar a un corral y una cabaña de pastores junto a la pista.

8. Cruzamos la pista y subimos por la loma de Mailarreta; cuando llegamos a su divisoria nos encontramos a nuestra izquierda con un búnker que tiene una gran entrada. Su interior es espacioso pero la entrada bastante penosa debido al barro y las heces de los animales. Inmediatamente al este se encuentra otro amplio búnker de entrada cuadrangular, y más al este todavía, justo antes de llegar al collado con el monte Lizartzu, otro nido de ametralladora.

9. Cruzamos el collado y subimos por la fuerte pendiente de Lizartzu, hacia los tres agujeros visibles justo debajo de su cima en la cara sur. Al llegar a ellos de nuevo nos encontramos con un refugio/almacén subterráneo de la Línea P. Unos metros más arriba está la cima de 793 m (6,9 km). Las vistas desde este punto son extraordinarias. El monte Mondarrain y el País Vasco Francés; desde Biarritz a la Baja Navarra, la cadena entre Irubelaskoa y Gorramendi al este, Alkurruntz y los montes por los que acabamos de transitar al sur, y al oeste las Peñas de Aia, Peña Plata y Larhun.

10. Descendemos hacia el noroeste hasta volver a reunirnos con el PR-NA 6 (7,5 km) que no abandonaremos hasta regresar a Burdiako Lepoa (en el camino podemos observar el 4º nido de Mailarreta, camuflado en su parte oeste). Aquí dejamos el PR-NA 6 (8,66 km) y cogemos una pista bien marcada que nos lleva serpenteando, montaña abajo, entre prados cercados y campos de helechos.

11. Llegamos justo encima de Enekoneko Beheko Borda (10 km). Cruzamos un prado que nos deja a sus pies y cogemos la pista que cruza junto a este caserío que bordeando la montaña y sus espectaculares arroyos, nos ha de llevar de vuelta a Otsondo.

12. En el collado de Otamurdi nos queda la última subida seria del recorrido, el monte Basandegi (620 m.). Un camino poco marcado nos guía entre los helechos hasta otro refugio con dos bocas (12,10 km), una a cada lado de la montaña. Justo encima de ellas puede verse con claridad chimenea/extractor de aire. 100 metros mas arriba nos encontramos con su cima, y un poquito más al sur, con los restos de una trinchera que parece un balcón hacia el País Vasco-Francés.

13. Regresamos a la pista (12,95 km) por el mismo camino por el que hemos subido a Basandegi y, desde aquí, nos dirigimos al flanco este de Goizamendi, lo cruzamos y volvemos a la carretera NA-2655 entre Otson­do y Gorramendi (13,90 km). En unos minutos estamos de vuelta en el alto (15 km).

14. Desde aquí solo nos quedan unos centenares de metros para acercarnos a las posiciones defensivas del monte Baratxuri. Cogemos la pista que sale desde el alto hacia el oeste y tras andar varios minutos divisaremos tres búnkeres junto a la pista y uno de mayores dimensiones más encaramado en la montaña. Este es un puesto de mando, lugar privilegiado desde el que los soldados hubieran sido capaces de atisbar la entrada del enemigo desde sus numerosas troneras. Su acceso es fácil y su interior limpio y espacioso. Merece la pena entrar.

15. Subimos a Baratxuri (621 m) y desde aquí nos tiramos colina abajo hacia el puerto de Otsondo para reencontrarnos con nuestro punto de partida (15,9 km).

 

 

Itinerario 2. La Línea P al oeste de Quinto Real/alto de Urkiaga

 

 

Los parajes de Quinto Real esconden una gran cantidad de búnkeres entre sus frondosos hayedos y las cimas herbosas de sus cumbres. Este paseo nos invita primero a visitar el complejo defensivo del alto de Urkiaga y después descubrir el cordal de montañas de su zona oeste, donde se encuentran diseminados numerosos búnkeres entre las cumbres del Enekorri, Artsal y Argintzu.

1. Comenzamos la excursión en el alto de Urkiaga en la NA-174. Cogemos el camino al Adi para visitar la red de búnkeres que se encuentran junto al puerto (0,1 km). Se trata de uno de los puntos de la Línea P en la frontera navarra más fortificado. Hay un total de 7 posiciones defensivas en un radio de apenas 300 metros. Aunque están bastante deterioradas nos darán la oportunidad de observar uno de las estaciones militares más interesantes de la línea en la región. Todavía se pueden observan las trincheras destinadas a unir alguno de estos nidos y un par de amplios refugios para el refugio de tropas y municiones.

2. Volvemos al alto de Urkiaga y cogemos la pista directamente al oeste por la que sube la GR11. Después de 100 metros nos encontramos con otros tres nidos escalonados en la pendiente con menos de 50 m de distancia entre ellos.

3. Seguimos por la GR11 y sus marcas blancas y rojas a través de las hayas, arces y coníferas propias de este flanco de Quinto Real hasta alcanzar la Cabaña de Zaguako Otxola (2 km).

4. Continuamos subiendo hasta llegar al claro que nos abre la puerta a las lomas peladas del cordal de montañas de la zona, también conocido como collado de Zagua. Atravesamos el monte Artsal por el flanco sureste (2,8 km). Un búnker se nos muestra claramente en el perfil noreste de esta montaña. Nos acercamos hasta él y desde el interior de sus troneras podemos ver la sinuosa carretera de Urkiaga entre el arbolado (3,1 km).

5. Continuamos paralelos a una alambrada en dirección norte y tras sobrepasar el collado de Oialegi, donde se encuentra la intersección entre la GR11 y la GR12 (3,5 km), nos topamos de frente con un bunker que nos vigila desde su oscura tronera como un cíclope.

6. Nos dirigimos ahora hacia la puntiaguda y rocosa cima del Argintzu. Otro búnker nos recibe en su loma sur (4,1km). Este es un excelente lugar para observar la inmensidad de Quinto Real y el Adi al sureste, que aparece como un gigante frente a nosotros

7. Comenzamos la ascensión al Argintzu en la que deberemos prestar atención debido a los enormes bloques sueltos de piedra. En ocasiones será útil hacer uso de nuestras manos para progresar. La cumbre está a 1.208 m de altitud (4,5 km).

8. Ahora toca bajar el Argintzu en dirección noreste y sortear otra vez la zona de piedras sueltas. Siguiendo la alambrada en la misma dirección llegamos a Argintzuko Harria donde se encuentra un búnker desde donde se divisa con gran claridad el valle de Alduides y montañas como Ortzanzurieta o el Orhy (4,85 km).

9. Desandamos el camino y dejando el Argintzo a nuestra izquierda y su búnker al sur nos dirigimos al oeste en busca de la cima de Iparraldeko Kaskoa (6 km). Una herbosa colina, balcón hacia el Saioa, el Baztan y otras montañas más lejanas como el Auza o Larhun.

10. Tomamos dirección sur y volvemos a la intersección entre GR11 y GR12, pero teniendo en cuenta que la alambrada debe quedar a nuestra izquierda. De este manera nos encontramos con la boca de otro búnker en la ladera norte de Artsal (6,5 km).

11. Siempre en dirección sur y cogiendo altura llegamos a la cima de Artsal 1.233 m, punto culminante de la jornada (7,1 km).

12. Seguimos la cadena de cimas redondeadas que siguen al monte Artsal hacia el sur y nos topamos con otro búnker varios centenares de metros más allá (7,5 km).

13. Una ligera bajada nos deja en los pastos de Zagua desde los que alcanzamos con facilidad la cima y el búnker de Enekorri a 1.188 m (8,2 km).

14. El cordal se estrecha hacia el sur y nos encontramos con un búnker sobre el que se ha colocado una palomera justo encima (8,5 km).

15. Seguimos dirección sur y llegamos a la subcima de Enekorri Harria 1.175m, que igual que su hermana mayor también aloja un búnker junto a la cumbre (8,95 km).

16. Nos pegamos a la alambrada y damos un giro de 180 grados, dirección norte, hasta llegar a una puerta entre un pinar que da acceso a la pista que bordeando el Enekorri de oeste a este nos llevará al alto de Urkiaga (9,3 km).

17. A unos 700 m nos encontramos con Usotogiko Lepoa (10 km), pero en este punto la pista inequívocamente nos ha de llevar a nuestro destino, a menos que queramos subir el boscoso monte Zuraun. El magnífico hayedo de Quinto Real nos acompañará hasta el final del camino.

18. Cuando queda menos de un kilómetro para llegar al alto de Urkiaga veremos tres refugios subterráneos con tres bocas cada uno. No es posible penetrar en ellos ya que están tapiados (11,2 y 11,4 km).

19. Tras un fácil y rápido descenso por la pista llegamos al Alto de Urkiaga. Es posible alcorzar en varias ocasiones a través de ella y así evitar parte de su cemento (11,6 km).

 

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