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Turismo

Ruta de los Paisajes de Navarra (2)

Prepara una breve mochila, en la que no deben faltar ni los prismáticos ni la cámara de fotos. Puedes dirigir tus pasos hacia los cuatro puntos cardinales. Este otoño, los más espectaculares paisajes de Navarra te están esperando.

Juego de luces y sombras al atardecer desde el mirador de Larra Belagua, con los Pirineos de fondo.
Juego de luces y sombras al atardecer desde el mirador de Larra Belagua, con los Pirineos de fondo.
  • Conocer Navarra
Actualizada 18/09/2020 a las 12:40

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 31 con fecha junio de 2013. Textos de SARA SÁNCHEZ y fotografías: archivo Grupo La Información. Segunda parte).

 

Saltos de agua, foces, montaña agreste, valles de suaves contornos... Navarra tiene mucho que enseñar y la Ruta de los Paisajes, impulsada este año por el Departamento de Turismo, te abre uno de sus abanicos más impactantes. Treinta y cinco lugares de fácil acceso, con vistas que perdurarán en nuestras retinas mucho tiempo después de finalizar la escapada. Nos detenemos en cinco de ellas. Es sólo un aperitivo, pero el banquete queda abierto a todo el que esté dispuesto a dejarse atrapar por la magia de esta espectacular propuesta.

 

Fotografía circuito de Roscas.

3. MIRADOR DE FITERO: DESDE EL BALNEARIO

Un llanto suave, ¿lo has oído? Es el espíritu de la mora, la que vive en esa cueva. Desde hace siglos, baja hasta el río en busca de agua fresca para su caballero malherido. Un cristiano abatido por flechas moriscas. Un amor prohibido que acabó, como todas las historias recreadas en el romanticismo, en tragedia. La escribió Gustavo Adolfo Bécquer. Sí, aquel de las oscuras golondrinas, y de tu pupila en mi pupila. Aquel que indagó en las leyendas de su época y que, tras pasar por el increíble túnel de su imaginación, nos las hizo llegar en una de sus más célebres novelas.

Aquí, en Fitero, se alojó el escritor durante algunas fechas, al cobijo de las aguas termales que todavía hoy hacen famosa a la localidad. Buscaba una cura para sus males y, lo que encontró, fue la historia de la mora, propia de una villa que, durante siglos, vivió bajo el dominio del pueblo árabe.

A escasa distancia de los baños, al sur, pueden visitarse los vestigios del famoso castillo de Tudején, un relevante puesto defensivo en aquella época y durante los siglos posteriores, mientras Navarra conservó el título de Reyno. Algunos, en el pueblo, dicen que la cueva sería una de sus entradas secretas. Del castillo y sus batallas se cuentan otras tantas historias. Imposible recogerlas todas. Porque aquí, en Fitero, si te dejas atrapar por los fantasmas que la rondan, puedes perder la noción del tiempo y, quizá, hasta la cordura.

Y es a pocos metros de los mencionados baños donde se encuentra este mirador, de reciente creación, que nos permite disfrutar una magnífica vista panorámica del valle del Alhama, salpicado de pinares y viñedos.

Pero si, además de buen observador eres de los que disfruta paseando, tienes la posibilidad de seguir las marcas del sendero local SL-NA-216. El Circuito de Roscas, nombre que recibe el camino, es un cómodo recorrido de algo más de 8 km de longitud, pero sin apenas desnivel. Transita en sus inicios a la vera del río Alhama, para luego acercarse hasta el sorprendente macizo que da nombre al sendero.

Ubicado al sur del collado sobre el que reposan los restos de la fortaleza, bien pudiera pensarse que este paisaje ha podido ser el origen del espíritu soñador que embarga a la villa. Se trata de una curiosa formación de siluetas orgánicas que cambia de color, según la fuerza del sol, de los tonos pardos a increíbles dorados.

Dicen los entendidos, que sus orígenes se remontarían 25 millones de años atrás. Ahí es nada. Los diferentes materiales que forman el conjunto –conglomerados, areniscas y arcillas– y su diferente respuesta a la erosión son las causantes de este trabajo casi escultórico. Como niños jugando con las nubes, es de obligado cumplimiento intentar adivinar formas en las rocas. Daremos algunas pistas. Los más soñadores han visto cabezas de dragón, lagartos y guerreros, en eterna pelea, en lo alto de este macizo.

Así, iremos caminando primero entre huertas de regadío, pasaremos por lugares como el Pozo del Sueño o el Barranco del Lindo, para ir a dar a la entrada de la cueva de la Mora. Observaremos, en una atalaya bien destacada, los restos del castillo de Tudején y, un poco más adelante, un nevero muy bien conservado (de los mejores de Navarra, presumen en Fitero). Y, tras dejar volar la imaginación junto al Macizo de Roscas, el camino baja por el barranco de los Blancares, de nuevo, hacia el río Alhama. Junto al puente que salva el curso del agua, punto de inicio del recorrido. ¿Y después? Los que acaben agotados pueden relajarse en el Balneario. Buena motivación para la caminata. Y aquellos que todavía tengan cuerda, que no se pierdan la visita al Monasterio de Fitero, monumento nacional desde 1931. ¿Quién puede decir ahora que Fitero no obliga a una visita?

 

Fotografía Larra Belagua

4. MIRADOR DE LARRA-BELAGUA: KM 16 DE LA NA-1370 (ISABA-FRANCIA) 

Hay muchas leyendas que narran cómo se formaron los Pirineos. Mitos griegos, íberos o vascones. Historias que buscan un sentido épico a la belleza de esta cordillera. Podríamos pararnos a discutir cuál fue la primera, la original, pero sería un trabajo baldío. Escojamos una. Al fin y al cabo, todas tienen elementos comunes. Y uno esencial, la protagonista, la bella Pirene.

Una de estas leyendas cuenta que el héroe griego Hércules se enamoró de la joven, pero esta rechazó su amor. Pirene se ocultó en la Atlántida, así que Hércules, lleno de furia, cogió un hacha y dividió con ella España de África, inundando con el mar Mediterráneo esta mítica tierra. Pirene, sin embargo, logró huir. Hércules no cejó en su empeño y la persiguió. Cuando el héroe iba a darle alcance, Pirene construyó una gran hoguera con los árboles que tenía a su alrededor, y agotó las lágrimas que le quedaban hasta crear los ibones. Cuando Hércules la encontró, Pirene estaba muerta, con una sonrisa entre los labios, tras haber conseguido burlarle. Y fue entonces cuando este héroe de la mitología griega, apesadumbrado, construyó con enormes piedras una tumba para su amada, creando con ellas los Pirineos.

Así que, cuando alcancemos este asombroso mirador –ubicado a la altura del kilómetro 16 de la carretera que desde Isaba lleva a la vecina Francia– y contemplemos la bella panorámica del valle de Belagua, con los primeros picos de los Pirineos apuntando hacia el cielo, pensemos que, quizá, vemos más que un maravilloso paisaje. Que ese despliegue de naturaleza abrupta y salvaje es, también, un mausoleo a la belleza.

De origen glaciar, el valle de Belagua se extiende ante nosotros, teñido de verde y atravesado por los ríos Belagua (Alto Ezka) y Arrakogoiti. Al fondo vence la roca, con arrogantes cimas que comienzan a arañar los 2.000 metros de altitud. Larrondoa, Lakartxela, Binbalet, Lakora, Lapaquiza de Linzola o Txamantxoia dibujan sus siluetas recortadas contra el cielo.

En el llano, llegamos a distinguir, dispersas, las bordas pastoriles. Inmutables al paso del tiempo. Símbolo de la presencia humana en un escenario tan privilegiado como exigente, que durante siglos supuso una vía de supervivencia para agricultores y ganaderos. De la antigüedad de la querencia del hombre por esta tierra quedan numerosos vestigios. Quizá, el más conocido es el dolmen de Arrako, ubicado junto a la ermita de Nuestra Señora de Arrako. Hasta aquí, todavía hoy, se acercan en romería los habitantes del valle cada 26 de julio, día de Santa Ana. Una procesión perpetuada en el tiempo que tiene como fin último la bendición de los campos.

En este punto, junto al dolmen de Arrako, escarbaron buscadores de respuestas y dieron con algunos utensilios –un zurrón o una piedra de calentar leche– que nos recuerdan que, durante mucho tiempo, los pastores fueron dueños de este entorno. Y que sus prácticas, todavía hoy vigentes, nos fueron legadas desde una sabiduría tejida a lo largo de siglos.

Es de suponer que muchos sentirán la necesidad de perderse dentro de este paisaje. Harán bien. Allí les esperan algunos de los espacios más espectaculares de Navarra. Lugares de altísimo valor ecológico, como la Reserva Natural de Larra o las Reservas Integrales de Ukerdi y Aztaparreta. Si en los pastos abiertos les acompañarán animales “humanizados”, como ovejas, vacas y yeguas, conforme el paraje se envalentona y se vuelve más agreste podrán observar, con un poco de suerte, cómo sobrevuelan sus cabezas aves tan espectaculares como las águilas reales o los recuperados quebrantahuesos. U otras tan curiosas como el urogallo o el pitonegro. Y los sarrios, entre las rocas, y armiños y marmotas, surgiendo de los riachuelos. Un escenario en el que la naturaleza nos envuelve con toda su fuerza.

 

Fotografía Iribas

5. NACEDEROS DE IRIBAS POR EL SL-NA 300 

La asombrosa sierra de Aralar depara multitud de sorpresas a sus visitantes. Para disfrutar de algunas, es necesario ascender hasta su cima. Otras, sin embargo, se esconden en sus faldas. Desde la pequeña localidad de Iribas parte un sendero gracias al cual podemos descubrir uno de estos tesoros, formado por las aguas que se filtran, como una esponja, por la piedra caliza que forma la mencionada sierra. Son los conocidos como Nacederos de Iribas, de los que surgen dos ríos: Larraun y Ertzilla. Durante el recorrido, el agua nos acompaña sin descanso. A veces, parece esconderse; otras, resurge con fuerza inusitada. Un espectáculo para los sentidos.

El sendero resulta sencillo. Un recorrido circular, de cinco kilómetros de longitud, que apenas cuenta con desnivel, a excepción de una última subida. El camino está perfectamente balizado como SL–NA 300, sólo hay que seguir las marcas de la pintura verde y blanca para disfrutar de estas dos fuentes naturales que abastecen de agua al valle de Larraun.

Por el camino, además del borboteo incesante del agua, nos envolverá una naturaleza exuberante, y nuestros pasos irán sumergiéndonos por un sendero cada vez más sugerente, que se va encajonando hasta alcanzar el primero de los nacederos, el del río Ertzilla. El agua salta con fuerza desde la roca, una pared vertical que nos obliga a levantar la cabeza hacia las alturas. Los restos de una antigua construcción y un mirador nos permiten observar el salto desde diferentes puntos de vista.

De regreso a la senda, continuamos por una zona de choperas, donde el agua parece jugar con nosotros, escondiéndose y desapareciendo cada pocos pasos. Llegamos hasta la sima de Lezegalde –un muro de piedra de forma circular nos protege de la caída– por la que los espeleólogos descienden para conocer los secretos ocultos en las entrañas de la tierra. Llegaremos, minutos más tarde, a las campas de Sarbil, y poco después alcanzaremos el nacedero del Larraun, que brota, de forma casi milagrosa, del propio suelo. Tras disfrutar de este espectáculo, sólo nos falta afrontar la última parte del recorrido, ahora sí, con un pequeño repecho, para alcanzar, de nuevo, el panel de inicio del sendero.

 

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