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Baztan

Aritzakun y Urritzate, dos valles de tesoros y secretos

Aritzakun y Urritzate son una sorpresa. Valles poco visitados, desconocidos en las guías turísticas, dispuestos a impresionar aunque no hagan nada para que se adentren en él quienes buscan la paz y el silencio solo roto por el roce del viento que cimbrea las ramas de los árboles, el susurro de las regatas que se deslizan entre piedras mientras su corriente acaricia los lomos de las truchas en ellas escondidas, y el bostezo de los cencerros de los pocos animales que, entre relinchos, rebuznos, mugidos y balidos, mastican y rumian aburridos.

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Aritzakun y Urritzate, dos valles de tesoros y secretos
  • Conocer Navarra
Actualizado el 24/08/2020 a las 11:39
(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº45 con fecha diciembre de 2016. Textos de GABRIEL IMBULUZQUETA y fotografías de IÑAKI ZALDUA)
Sueño de buscadores de oro, punto de mira de observadores ornitológicos, desafío de montañeros, paraíso de caminantes, Aritzakun y Urritzate se estiran a lo largo de dos regatas que llevan sus nombres respectivos y que, engordadas por arroyos menores, se juntan en Urbakura, allá donde ambos valles se encuentran y comparten frontera con Francia, hacia donde se dirigen las dos regatas, fundidas en una única denominada “Baztan”, que desagua en la Nive poco más abajo de la localidad bajonavarra de Bidarrai camino del Cantábrico a donde llega tras haberse encontrado con el Adour en el centro comercial de Bayona
Ambos valles, barrios de Arizkun situados en el noroeste de Baztan, formando una zona perdida en los mapas, y a los que se accede por una carretera que arranca en el alto del puerto de Otsondo, a la derecha, en la N-121-B de Pamplona a Francia por Dantxarinea, son ricos en historia que se mezcla, se mimetiza, con la leyenda hasta generar un “totum revolutum” difícil de digerir por eruditos y estudiosos de tratados académicos. Pero nadie negará que aquí hubo presencia humana ya en la prehistoria. Los varios crómlech (algunos son conocidos como “sepultura de los moros”), además de algunos túmulos o dólmenes y menhires, así lo aseguran. También se da por hecha la estancia de los romanos, de los que se hablará líneas más abajo. La voz popular menciona asimismo, al referirse a una pista que va por el extremo izquierdo de Aritzakun, al “Camino de Napoleón” (también conocido como vía romana de Pamplona a Bayona), utilizado -lo asegura a pies juntillas la tradición- por las tropas francesas cuando huían de España asediadas por los guerrilleros navarros. Algo habrá de cierto cuando en el monumento parisino a Bonaparte figura en la lista esculpido el nombre de Baztan.
A la historia más reciente -de hace cuatro días como si dijéramos- pertenece la existencia en los años cincuenta y sesenta del siglo XX de la “base aérea americana”, que afectó directamente a la vida de estos valles. En 1954, el Ejército estadounidense, previa la expropiación de 56 hectáreas de terreno en el monte, comenzó las obras de construcción de una carretera de once kilómetros desde el alto del puerto de Otsondo hasta las cimas de Gorramakil, y Gorramendi, donde estableció una “base de alerta y control”. De esta forma abrió una vía -si bien restringida por su carácter militar- que rompía el aislamiento a que estaba sometido Aritzakun por falta de carretera. El Ejército americano permaneció en la base diez años. En 1964 pasó esta a pertenecer al Ejército español, quien la abandonó en 1974. Desmantelada y vendida en subasta la “chatarra” de las pantallas de radar, los edificios del acuartelamiento fueron dinamitados en 1978. Allí quedaron desparramados, en unos 5.000 metros cuadrados, veinte años de historia militar reducida a escombros.
UNA QUINCENA DE HABITANTES
Décadas atrás, entre Aritzakun y Urritzate sumaban unas sesenta casas habitadas con una media aproximada de diez personas en cada una. En 2016 la realidad es muy distinta. Apenas residen en ellos, en total, una quincena de habitantes ocupando media docena de caseríos. La emigración (en buena medida a Francia) abrió horizontes de una vida mejor a quienes llevaban toda su vida -la suya, sí, y las de generaciones anteriores- trabajando muy duramente en una economía de subsistencia basada en la agricultura y en una ganadería para el consumo propio, sin conocer otro medio de desplazamiento que las caballerías y los carros de tracción animal. (La carretera abierta por los americanos llegaba hasta el collado de Itzulegi, desde donde, para desviarse hacia los valles no había, hasta los años ochenta del siglo XX, sino un camino de herradura).
Hoy, además de la carretera (digna, aunque no sea precisamente una autopista), los caseríos cuentan con luz y teléfono (si bien con una cobertura que no es la más deseable).
Y lo que pudiera considerarse como el “centro urbano”, el entorno de la antigua escuela, se convierte una vez al año, allá por el primer sábado de septiembre, en lugar de reencuentro y fiesta de buena parte de los supervivientes que, a partir de mitades del siglo XX, cerraron sus caseríos para migrar. Hace ya una veintena de años que se celebra la fiesta anual “Aritzakundarren Biltzarra” y en ella se reúnen en torno a 120 personas, nacidas en los caseríos ahora abandonados y sus descendientes. Una fiesta al estilo de “las de toda la vida”, con misa, partidos de pelota, comida de fraternidad, bertsolaris y baile.
La antigua escuela, levantada en terreno comunal para atender a los niños de los dos valles, es hoy una sociedad formada por una treintena de miembros. Junto a ella, una plaza verde muy bien cuidada con accesos para las personas limitando el paso de animales de forma tan sencilla como singular y respetuosa con el entorno; un frontón abierto en buenas condiciones para la práctica del deporte, con solo frontis (sin pared izquierda) construido, al parecer (la pintura está tan deteriorada que cuesta asegurarlo), en 1895; un “kisulabe” (horno para fabricar la cal) reconstruido (monumento etnográfico que contrasta con piezas de agricultura, ganadería o producción industrial abandonadas a su suerte en lugares cercanos) y sin actividad; y un edificio en desamparo, la antigua posada, en un estado de ruina que no deja ver que en sus tiempos de esplendor llegaba a reunir a medio centenar de personas los fines de semana y que, en las fiestas patronales de San Juan organizaba bailes con un acordeonista. “Eran unas fiestas mucho mejores que las de Arizkun, las de Erratzu y las de Amaiuir”, recuerda todavía un aritzakundarra.
NATURALEZA ESPECTACULAR
Estos valles sorprenden por su naturaleza desbordante, explosiva. No en vano cuentan con las Reservas Naturales de Itxusi e Irubetakaskoa, el Área de Protección de la Fauna Silvestre de Iparla y la declaración de Zona de Especial Protección de las Aves, lo que les convierte en privilegiados en el campo ecológico de Navarra.
Dada su cercanía al mar, dispone de un clima cantábrico indiscutible, benigno en cuanto a temperaturas y húmedo a más no poder por la frecuencia de las lluvias (el verano y parte del otoño pueden ser la excepción) y la entrada de nieblas. Es precisamente el agua la que aporta, bien a través de sus regatas, bien enraizada en el suelo, el valor y la singularidad a estos valles.
Sobre un terreno en el que predominan el matorral y los pastizales, las especies arbóreas -quizá con mayor densidad global en Urritzate- dominantes son el haya y, sobre todo, el roble (carballo, pubescente y albar, además del introducido americano) del que se conservan algunos viejos ejemplares de porte espectacular y gran valor ecológico. Abundan asimismo las alisedas, sobre las que se ha trabajado recientemente en su restauración, y que se encuentran entre las mejor conservadas de la Comunidad Foral.
Otra especie arbórea que llama la atención, especialmente, cuando la benignidad climática del otoño invita al paseo, es el castaño. De porte magnífico, sobre todo si se compara con los de otras zonas, el castaño de Aritzakun-Urritzate, cuyos frutos fueron básicos en la alimentación de la población, se salvó en parte de la enfermedad de la “tinta” que, a finales del siglo XIX, arrasó la mayor parte de los castañares de la vertiente cantábrica española.
Y aunque en los últimos tiempos algunos rincones de la zona han sido colonizados por el pino, mantienen bien alta su cabeza especies de árboles y plantas como manzano, abedul, fresno, sauce, cerezo, álamo temblón, avellano, acebo, endrino, aliaga u “otea”, entre otras. Al ser la tierra muy húmeda, musgos y líquenes se abrazan por doquier, enamorados, a rocas y troncos de árboles.
Y, sobre todas ellas, el helecho, mucho más visible que décadas atrás debido a que ya no se corta para su uso, de acuerdo con los cánones seculares de la tradición, como cama-colchón para el ganado estabulado en las cuadras. Curiosamente, el helecho no solo crece en el suelo sino que es relativamente fácil encontrarlo, como si de una enredadera o un párasito se tratase, creciendo sobre robles. El helecho aporta también al catálogo de la flora varias especies de gran valor, incluidas algunas amenazadas de extinción.
A modo de conclusión, la proliferación de helechos, matorrales, zarzas y hojarasca denotan la renuncia a la explotación agrícola, ganadera y forestal y la extensión paulatina de superficie cerrada al paso libre de las personas.
EL BUITRE, SEÑOR DE ITXUSI
La fauna en Aritzakun y Urritzate (al margen de la comprendida en el concepto de ganadería) presenta también características singulares. A destacar, por encima de cualquier otra consideración, la colonia de buitres leonados que señorean con vuelo majestuoso el paisaje de las peñas de Itxusi, reserva natural que acoge una de las mayores concentraciones de esta rapaz en Navarra. No es la única, porque en la misma zona pueden verse, aunque no con la misma frecuencia, los desplazamientos de águilas reales, quebrantahuesos, halcones peregrinos y otros como, aguiluchos, gavilanes, milanos reales, búhos, etc.
La fauna se enriquece asimismo con otras clases de aves, al margen de las que habitualmente se hace encuadrar en el genérico “pájaros”, como las palomas silvestres, becadas (joya de la corona para los cazadores), cuervos y picarazas o urracas. Con peces como las truchas que pueblan, tímidas hasta ser difícilmente visibles, las regatas de Aritzakun y Urritzate, delicias de los pescadores pacientes y experimentados y, por otra parte, motivo de preocupación para los agentes del orden encargados de velar por el cumplimiento de las normativas de pesca. La nómina faunística, por supuesto, es claramente más amplia, y no solo en aves y peces. Hay que dejar constancia, siquiera y sin caer en la tentación de aportar una lista tan exhaustiva como interminable, de la presencia, relativamente abundante, de jabalíes y conejos; en menor medida, pueden encontrarse algún zorro, tejón (o tajudo, en vocabulario navarro), gineta, gato montés europeo, desmán ibérico… O, si la referencia es a los anfibios, tritones, ranas bermejas y sapos parteros.
URREPUTZU, EL POZO DEL ORO
¿Hay oro en Aritzakun? Sobre este valle siempre han sobrevolado, a la vez, la certeza a machamartillo y la negativa indulgente acompañada de una sonrisa socarrona. Lo cierto es que ni el paso del tiempo ni los fracasos más sonados han borrado el nombre de “Urreputzu” (pozo del oro) que se da a un punto situado en un prado, a unos dos centenares de metros de la borda “Maribeltzeko borda”, más conocida como “Arraxka”, cauce abajo de la regata Aritzakun, en el que surge agua que, dicen, llega a arrastrar pepitas de oro.
Muy cerca se encuentran unos grandes “vertederos” de piedras de las que se afirma que fueron minas explotadas por los romanos (¿de oro? ¿de otros minerales?). La zona en la que se encuentran estas escombreras de deshechos (se calcula que contienen millones de toneladas) se denomina -y así está señalizada- “Minetako zokoa” (rincón de las minas). Al parecer, es una muestra del sistema romano de explotación de las minas conocido como “ruina montium” (destrucción de los montes), que en España tiene como exponente máximo “Las Médulas”, en la comarca de El Bierzo, en León.
En apoyo de la tesis romana, se cita con frecuencia a Plinio el Viejo (siglo I) pero las minas de las que escribe, sin estar clara su localización, eran de plata. Otros testimonios de interés son un documento de 1518, de Carlos I, autorizando la explotación del pozo del que los vecinos de la zona (la referencia parece muy clara a Aritzakun) sacaban arena que llevaba oro. También Pascual Madoz (s. XIX) da credibilidad a dicha existencia de oro, al igual que el ingeniero francés Georges Vié, quien publicó en 1942 un estudio en el que, tras analizar trozos de cuarzo o cuarcita extraídos de los escombros de las minas baztanesas, asegura que “dan por término medio de 0.5 a 1 gramos de oro por tonelada”, incluida alguna muestra que da hasta 1,5 graos por tonelada. Por último, un portal de subastas adjudicó en 2009 una “rarísima pepita de oro bruto” encontrada en Aritzakun hacia 1940.
LA CUEVA DE LA SANTA
No ha de extrañar que en un ámbito agreste, a veces incontaminado, como el de estos valles surjan leyendas. Es como si regatas y bosques milenarios, por efecto de no sé qué tipo de magia, hubieran mantenido vivos para transmitirnos en el siglo XXI tesoros y secretos musitados en voz queda.
Lo de menos es que se hable de esta tierra como residencia de lamias, personajes míticos, bondadosos y representados por estos lares como sirenas -cuerpo de mujer en la mitad superior y de pez en la inferior- mientras en otras zonas estas figuras femeninas terminan en pies de oca.
Tiene mayor interés, aunque esté situada en Bidarrai, justo al otro lado de la frontera, en las inmediaciones de la foz de Urbakura, donde se juntan las regatas Aritzakun y Urritzate, la “Harpeko Saindue” (“la cueva de la santa”, “la santa de la cueva”, también llamada por algunos “la santa que suda”). Se trata de una pequeña cueva que José Miguel de Barandiarán vinculó con Mari, la diosa o personaje prehistórico de la mitología vasca. Hoy, convertida en una especie de ermita a la que las creencias populares han dotado de poderes taumatúrgicos, la cueva es lugar al que acuden (tomando como referencia de partida el caserío “Arrusia”) personas de ambos lados de la frontera para curarse de enfermedades cutáneas. La “santa que suda” es una estalagmita de aproximadamente un metro de altura, siempre mojada por las gotas de agua con carbonato cálcico en disolución que caen sobre ella. Para “santificar” el recinto y agradecer curaciones, manos piadosas han colocado alguna imagen mariana, rosarios, medallas y oros “exvotos” como monedas encajadas en grietas, algún muñeco o babero (denotan que los curados por la “santa” eran niños), paños utilizados para poner en contacto “el agua de la santa” con la piel enferma, etc. Y sobre cualquier saliente, restos de cera de cirios consumidos, huellas de plegarias y devoción.
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Los interesados en conocer mejor estos valles pueden consultar preferentemente las siguientes obras del capuchino Vidal Pérez de Villarreal:
“Minetako Zokoa. El lugar de las Minas (Baztán, Navarra”. Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra, año nº 13, nº 37 (1981), págs. 165-182.
“Aritzakun y Urritzate”. Caja de Ahorros de Navarra. 1982
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