Turismo y cine
Así han cambiado en 40 años las localizaciones navarras en las que se rodó la película 'Tasio'
Cuando se cumplen cuatro décadas del estreno de la aclamada ópera prima de Montxo Arméndariz, revisitamos los lugares que sirvieron de escenario para recrear en la ficción la vida de Anastasio Ochoa Ruiz


Publicado el 07/06/2024 a las 20:00
El nombre de Anastasio Ochoa Ruiz está ligado a un curioso honor: ningún otro navarro, ni Miguel Induráin ni ningún artista, político o los reyes del pasado, ha inspirado una película biográfica de tanta calidad como la que a él se le dedicó en 1984 de la mano de Montxo Armendáriz. Solo el gran Julián Gayarre, encarnado en el cine por Alfredo Kraus y José Carreras, le hace sombra.
¿Y cómo han envejecido aquellos lugares en los que se rodó la película ‘Tasio’? Responder a esta cuestión es una delicia y una gran oportunidad para conocer rincones de Navarra. En el siguiente gráfico interactivo puedes pasear por algunas de esas localizaciones.
Tras los pasos de Tasio (la película)
Anastasio, un hombre humilde, oriundo de un valle perdido en un rinconcito de Navarra, y un espíritu libre, sobre todo libre, captó la atención de Montxo Armendáriz. Y es al cineasta de Olleta a quien le debemos tanto el guión (junto a Marisa Ibarra) como la dirección de ‘Tasio’, la película. Para él fue su ópera prima, aunque nadie lo diría al verla hoy - a las puertas de su 40 aniversario- por la hondura de la propuesta, la ausencia total de concesiones en el relato y la calidad cinematográfica del resultado.
Precisamente, las salas de cine actuales parecen tener alergia a estos tres pilares de los que hace gala ‘Tasio’. Ya no hay sitio para las historias humanas, pequeñas pero universales; ya no caben los dramas de la vida mostrados sin alaracas pero contados como son, inevitables; y, tristemente, ese cine en el que la fotografía, la música y el tempo narrativo aspiran a ser poesía ha quedado desterrado. Hoy, mucho me temo, ‘Tasio’ no llegaría ni a estrenarse.
Tampoco el mensaje de la película habría de ayudar. Reivindicar la libertad por encima de todo, la independencia de pensamiento y conciencia, hasta por encima de la razón y del sentido común, no parece que vaya con estos tiempos en los que vivimos, donde salirse del redil es una quimera y una locura. ¿Qué es lo que ha ocurrido?, ¿ha envejecido mal la película o lo ha hecho la sociedad, el país, el mundo? Estas preguntas me hice… y mientras buscaba las respuestas me brotó otra, más pedestre: ¿cómo habrán envejecido aquellos lugares en los que se rodó la película ‘Tasio’?
Responder a esta última cuestión se acomodaba a mis expectativas de hombre moderno. Menos darle vueltas al tarro con disquisiciones metafísicas y más estirar las piernas, salir de la ciudad y la rutina, quizá darme un homenaje con un almuerzo o una comida… Y conocer Navarra, claro. Además, como bien saben los lectores de ‘Blake y Mortimer’, un inocente paseo por el campo puede desembocar en una gran aventura, así que convencí a Jesús Caso, que a pesar de su aspecto de guiri infiltrado no trabaja para el MI5 (creo) pero es un gran fotógrafo y mejor amigo, y comenzamos por el principio: viendo la película.
Ver ‘Tasio’ buscando escenarios distinguidos es una delicia. Se suceden uno detrás de otro, como una colección de postales. Seleccionamos una decena: las carboneras, el frontón, la iglesia, la calle donde juegan a la rayuela, el lavadero, una peña que parece la proa de un barco, la plaza del baile, el callejón del mendigo… ahora solo quedaba encontrarlas.
Contábamos con ayuda. Un libro publicado en el 25 aniversario de la película recogía en un estadillo un tanto árido dónde se había rodado cada escena. Eso sí, solo mencionaba la localidad en cuestión. Tocaba ir y buscar.
VILORIA: EL ORIGEN
Nuestro primera elección fue Viloria, el pueblo de Anastasio; aunque, curiosamente, no era allí donde más escenas se habían rodado, sentíamos que debía ser nuestra primera parada. El valle de Lana está más de 60 kilómetros de Pamplona y a unos 50 de Vitoria. Y el acceso por carretera es espectacular. Yo lo conocía, debido a mi conexión familiar con Acedo -pueblo en el que se deja la carretera nacional y se toma la comarcal hacia el valle-, pero no me maravilló menos por eso: la temida cuesta del Callejón, el puente sobre el Ega, la chopera con sus eternos colores ocres, el abigarrado mar de encinas que envuelve todo el horizonte y un desfiladero que, como todas las puertas angostas, augura la entrada en un paraje singular; aquel al que llaman “Rusia”.
Viloria queda a la entrada del valle, pegado a Galbarra. De hecho, todos los pueblos del valle están tan cerca unos de otros que quedan a la vista, aprisionados por la sierra de Lóquiz. Son diminutos, apenas grupitos de casas alrededor de una iglesia, y encantadores.
La iglesia y el precioso frontón dominan la ladera sobre la que se asienta Viloria. El partido de pelota es una de las secuencias más recordadas de la película y también nuestra primera parada. El cielo está encapotado esa mañana, ha llovido y la pared del frontón, recortada sobre un fondo de tonalidades verdes, parece más gris que en la película. Le falta vida. Los pelotaris, el público, el pueblo. Me pregunto cuánto tiempo hará del último partido jugado allí. El suelo, trufado de charcos y desconchado, me responde.
Bajamos al pueblo en busca de las famosas carboneras. Tras el éxito de la película se creó un museo al aire libre en el que poder verlas en funcionamiento. No tenemos suerte, porque no es temporada alta de turismo. La leña, mucha leña, está preparada, pero de las carboneras solo vemos tres grandes círculos negros en una explanada. Me sorprende no ver ningún cartel o panel indicador ni referencias a Anastasio Ochoa… No obstante, desde allí miro hacia el pueblo y me percato de la belleza de la iglesia y del frontón. “Haz un foto, Jesús”, le pido al experto. Chispea y no se ve a nadie; solo gatos y perros, que no parecen dar la bienvenida a su congénere Lula, el testarudo y ruidoso tercer integrante de la expedición.
“Pues hemos terminado en el valle de Lana”, me informa Jesús. Repaso la lista, sorprendido, y compruebo que es cierto. Que la vida de Anastasio Ochoa no se rodó en su valle, sino en los de Yerri, Allín y la Amescoa Baja, cercanos y lejanos a la vez. Misterios del cine.
ERAUL Y EL VALLE DE ALLÍN
Volvemos hacia Estella, pero justo antes de entrar en la ciudad nos desviamos hacia el norte: las estribaciones de la sierra de Urbasa nos esperan. Muy pronto llegamos a Eraul (valle de Yerri) tras salvar un desnivel que aviva nuestro espíritu cicloturista. “Hay que venir con la bici por aquí”, decimos. Precisamente, un cartel que promociona el Gran Premio Miguel Induráin nos recibe, pero hoy no hemos venido a esto.
Nuestro objetivo en Eraul es fotografiar la iglesia de San Miguel Arcángel. No tiene pérdida; está en lo más alto de un pueblo que ya de por sí parece colgado de una ladera. Vemos varias casas rurales y signos inequívocos de que el pueblo tiene gancho para el turismo. No es para menos, dadas las vistas que ofrece.
La iglesia parece sacada de la película. Solo falta Miguel Rellán agarrando al niño Tasio por las orejas. Incluso la característica escalinata está ahí y por un momento creemos ver a Tasio y a su amigo Luis bajarla a saltos para ir a robar la gallina. Lo que no encontramos es ninguna información relativa al rodaje de Tasio. Nos entretenemos allí un buen rato, disfrutando de lo que sentimos como un triunfo: estamos en un escenario de cine que 40 años después conserva toda su magia. El viaje ha merecido la pena, pero queremos más.
De regreso al coche, una vecina nos ve sufrir con la pendiente. “Imaginaos cuando hay una boda y las mujeres tienen que bajar con tacones”, nos dice. Mis rodillas se sienten heridas en su orgullo, pero ya es mejor no intentar disimular.
Dejamos Eraul y el valle de Yerri, volviendo sobre nuestros pasos, y retomamos la carretera que nos lleva a Allí y la Améscoa Baja. Muy pronto tenemos que tomar un nuevo desvío, esta vez hacia el oeste, para detenernos en Galdeano. Otra comarcal estrecha, una ascensión y, de repente, nos sorprende un gran edificio que no esperábamos encontrar allí. Es un hotel que sobresale por encima de las casitas bajas del pueblo. Pero no nos detenemos a verlo, porque antes, justo a la entrada, nos recibe un lavadero; precisamente lo que buscábamos. Hacemos memoria repasando las secuencias de la película y nos cuesta ajustar lo que tenemos delante con lo visto en ‘Tasio’. El lugar está muy remozado. De todas maneras, Jesús le hace unas cuantas fotos.
Al darnos la vuelta, ante nosotros surge imponente una peña con forma de proa de barco. A los dos nos suena. Sí, la hemos visto en la película. Jesús busca el encuadre más adecuado y la retrata. Respiro aliviado: no es el botín que deseábamos, pero al menos nos llevamos algo.
LA AMÉSCOA BAJA
Todavía nos queda lo mejor, ya que el grueso del rodaje de ‘Tasio’ se llevó a cabo en la Améscoa Baja. Nos recibe primero Baquedano, entre señales que anuncian el camino hacia el Nacedero del Urederra. Un aparcamiento de autobuses, otro parking de pago y carteles de prohibido aparcar casi en cada rincón nos avisan de que estamos en un pueblo que es un imán para el turismo. A pesar del fresco y la pertinaz lluvia, no nos cuesta encontrar a un lugareño, un joven. Le preguntamos por la plaza del baile de la película y se le ilumina el rostro; quizá somos los primeros en mucho tiempo que le hacen esa pregunta. “Al lado del frontón, subiendo por esta calle. Una pena que la casa de la Paulina la tiraron hace unos años...”, nos informa.
El lugar está igual que en la película, salvo por una valla que corta la explanada por la mitad: el nogal bajo el que tocaba el acordeonista, la casa blanca del fondo, las montañas que enmarcan el plano. Solo faltan las dos primas para sacarlas a bailar, pero Jesús y yo estamos solos allí, como si hubiéramos llegado la mañana después de una noche de jolgorio. Mientras nos retiramos, hecho en falta allí también un cartel informativo, un guiño a Tasio y a Paulina, y a esa escena inolvidable para mí en la que él le miente, asegurándole que es “de la capital”, ella le dice que es de Acedo, pero quizá Baquedano no necesita más turistas después de todo.
Nos queda la última estación, Zudaire, donde esperamos encontrar varias escenas. Al llegar, paramos a comer e intentamos informarnos. El mesero no es del pueblo y no reconoce las escenas que le mostramos en el móvil. “Uno de los Tasios (tres actores encarnaron al personaje) suele venir por aquí, pero hoy no ha aparecido”, lamenta. Despertamos la curiosidad de un grupo de veteranos turistas catalanes. Les explicamos que somos periodistas y que venimos tras los pasos de Tasio. A ellos parece sonarles el personaje, pero lo que realmente les interesa es la cámara de Jesús y desvían la conversaciones hacia leicas, enfoques, umbrales y otros tecnicismos que me obligan a pedirme un café.
La parte alta de Zudaire, alrededor de la iglesia, es la Viloria de la película. Aquí y allá nos parece reconocer callejones, casas e incluso árboles que aparecen en el film. Suelto un grito de júbilo cuando encuentro el rincón en el que la hija de Tasio y la del guarda jugaban a la rayuela. También allí habíamos visto al Tasio niño ayudar a su hermano con los mulos y otras escenas. Salvo la puerta de madera del granero, no falta nada. Dejo a Jesús con la tarea de retratar el lugar, porque un perro atado me impide acercarme con Lula. Otro día volveré, me digo.
Un par de calles más arriba, no creo lo que ven mis ojos. Estoy ante la placita en la que el mendigo bailaba y cantaba, ¡pero el espacio me parece mucho más pequeño! Por suerte, un pasillo elevado entre dos casas es tan distintivo que no cabe lugar a la duda. Lo tengo delante de mí. Llamo a Jesús y viene corriendo, refunfuñando al ver que hay dos coches en aquel pequeño espacio. “Hemos venido a fotografiar exactamente lo que hay”, le digo. Se ahorra la respuesta, aunque no me hace falta escucharla.
Sigo con mi paseo y me topo con un lavadero. Me suena, pero no lo reconozco. Luego, de vuelta en casa, lo lamentaré, porque es el de la película, ¡claro que sí! Una vez más, ningún cartel ni referencia ha venido a rescatarme. Mi obsesión, además, es encontrar el último premio: la casa del banquete de boda de Tasio. Voy arriba y abajo, me interno por los caminos de los alrededores, disfrutando de las impresionantes vistas e incluso de una cascada que le pone música al paseo, pero no soy capaz de hallar el escenario que busco. La chuleta no ayuda; la única referencia es “Zudaire”. Jesús, mientras, inmortaliza los callejones, las sendas e incluso un árbol que guarda parecido con aquel en el que el Tasio niño robaba el nido. Es todo lo que conseguimos antes de rendirnos.
Damos por concluida la excursión con la certeza de que las huellas de la película ‘Tasio’ siguen ahí, 40 años después, aunque también con la impresión de su rastro es débil y está desapareciendo. Quizá el tirón turístico que esta obra magna del cine antaño pudo arrastrar ya se ha apagado, y ahora solo poniéndole mucho interés es posible rastrear y disfrutar de aquellos decorados tan singulares y evocadores. Tristemente, estos parecen al borde de extinguirse y desaparecer, siguiendo el camino de la peculiar e indómita filosofía de vida que Montxo Armendariz imaginó en la figura de un humilde carbonero y cazador furtivo de Viloria, la “Rusia” de Tierra Estella, llamado Anastasio Ochoa, Tasio.