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Hasta el moño de la felicidad en redes sociales: ¡viva la naturalidad!

¿Sabías que las parejas más felices son las que menos se exponen en la Red?

Diana González, experta en educación y tecnología.
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Diana González, experta en educación y tecnología.
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Diana González

Actualizado el 01/09/2017 a las 10:12

Nos gusta mostrarnos felices y exitosos en las redes sociales: contenido positivo, nuestra mejor cara, las perfectas vacaciones… pero se siente una pequeña revolución que aboga por la naturalidad e incluso la desconexión. ¿Sabías que las parejas más felices son las que menos se exponen en la Red? Pensemos en nuestras publicaciones y en el legado que les dejamos a niñas, niños y adolescentes que nos ven y se contagian en las redes.

La felicidad se contagia. De hecho, ya en 2012 investigadores de la Universidad de California analizaron el tsunami de publicaciones felices que sucedían cuando otro usuario publicaba contenido positivo. Solo hay un pequeño inconveniente… ¿es una felicidad real o mero postureo? ¿Se puede medir la felicidad en una foto o sucesión de ellas? ¿Qué ocurre entre una y otra? ¿Es verdad que todo es perfecto, armonioso y precioso? Si alguien ha contestado que sí, por favor, que nos cuente el secreto y que revise las colas que realizan miles de turistas para sacar la foto más molona para Instagram, como cuenta Pepo Jiménez en Memesis.

Igual soy un espécimen en peligro de extinción, pero soy incapaz de estar perfecta todo el tiempo. Ni ganas que tengo. Y ya lo sufrí. En uno de los momentos tristes que he vivido todo el mundo se centró en mi sonrisa. Todo era happy en Facebook con Diana sonriendo y fotos de los demás sonriendo con Diana… y “mira qué bien estamos”. Pues no, no estaba bien, sonreír no significa la ausencia de problemas, sino simplemente sonreír. ¡Qué pereza ver siempre lo positivo de la vida! Y qué presión, para qué nos vamos a engañar. Hubo un tiempo en que las personas luchadoras, las más positivas, quienes subían citas célebres optimistas eran gurús a quiénes admirar. Y yo lo he hecho, y probablemente lo vuelva a hacer, pero con conciencia y con la mirada puesta en que la vida no siempre es bonita o que la realidad no hay por qué bañarla en algodón de azúcar rosa. Y, además, sabiendo que tampoco siempre hay que contarla. Solo con un poquito de respeto y empatía podemos entender a las personas que están al otro lado del teclado.

Quizá en el punto medio está la virtud, como casi todo en la vida, porque es cierto que la alegría se contagia y que las redes sociales virtuales hacen mucho bien a muchas personas. ¿Sabías que por cada amigo feliz que tenemos en nuestras cuentas en redes sociales aumenta nuestras probabilidades de estar alegres un 9%? Así lo afirma el estudio de 2016 The Power of the Like in Adolescence de la citada universidad californiana recogido en un artículo de Javier Galilea para EFE Futuro. Asimismo, no se trata tampoco de pasar al otro extremo narrando solo la tristeza de la vida. Probablemente, publicar lo que cada cual desee desde su naturalidad sea lo más beneficioso tanto para receptores como para emisores. Y es que, no debemos perder de vista que convivimos en un mundo virtual compartido con niñas, niños y adolescentes que ven todo lo que hacemos y para quienes podemos llegar a ser ejemplo de conducta. A veces les exigimos a ellos cosas que nosotros no tenemos trabajadas.

Sin embargo, en este mundo edulcorado, desconocemos las intenciones que hay detrás de cada contenido tanto durante su elaboración como en el acto de hacerlo público. Eso sería lo más interesante para analizar, pero al no poder verse, lo perdemos en Internet y nos quedamos con lo evidente. Hace dos o tres años charlaba de esto con un grupito de chicas y chicos de unos 20 años. Les preguntaba qué querían decir y para quién con cada foto que colgaban en Instagram junto a una frase célebre o un proverbio. Voilà. Detrás de un primer “yo lo cuelgo porque quiero” pudimos llegar al corazón del “yo lo cuelgo para que lo vea Fulanito o Menganita porque me hizo esto”. ¡Eh! No tan rápido. Párate a pensar sobre ti también. Esto no es cosa de jóvenes ¡lo hemos hecho todas y todos! Sirva este texto para reflexionar y, al menos, hacerlo consciente.

Ahora que estamos en verano, además, se une la envidia vacacional, la primera causa de envidia en Facebook según el estudio Envidia en Facebook: una amenaza escondida para los usuarios. Y mientras, otro estudio de 2014 realizado por Haverford College, Northwestern University, Universidad de Toronto y Universidad de Wisconsin nos informa de que las parejas más felices son las que menos comparten. Quizá el sentimiento de pertenencia, la necesidad de reafirmación o la autoexigencia de perfección hace que mostremos una vida amorosa perfecta aunque no lo sea tanto. Y es que existe una pequeña revolución que aboga por eliminar el positivismo porque sí e incluso por la desconexión para reencontrarse con uno mismo y vivir las experiencias más allá de contarlas. De hecho, el estudio The Facebook Experiment elaborado por The Happiness Research Institute en 2015 destacó que el 88% de las personas participantes que no usaron Facebook durante 7 días se sentía feliz frente a un 81% de los que siguieron compartiendo publicaciones en la red social. Además, también aumentó su satisfacción respecto a la vida social.

Todos estos comportamientos se transmiten en los espacios sociales de Internet y se multiplican. Espacios copados por adolescentes que comienzan a desarrollarse hacia la adultez y sobre quienes tenemos una responsabilidad. No porque deban ser como nosotros, sino porque ellos pueden sentirnos como ejemplo para actuar en su vida.

Vivamos. Vivamos con naturalidad. Compartamos con naturalidad. También con nuestras contradicciones, que yo tengo muchas y seguro que encontráis algunas de ellas en mis redes sociales. Para ahorraros tiempo os dejo mi perfil de Facebook, de Twitter o de Instagram. Eso sí, con conciencia :).

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