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Recetas

María Cristina me quiere cocinar

Madre de Isabel II, la reina gobernadora fue también amante de la buena mesa y hasta propietaria de un recetario

Retrato de la reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1830) y portada de su recetario. r. c.
Retrato de la reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1830) y portada de su recetario. r. c.
  • Ana Vega Pérez de Arlucea
Actualizada 10/11/2020 a las 11:06

Y yo le sigo, le sigo la corriente, porque no quiero que diga la gente que María Cristina me quiere gobernar». Cuando el músico cubano Ñico Saquito popularizó esta canción hace 80 años lo que hizo en realidad fue adaptar -y convertir en bailable al ritmo caribeño- una tonadilla ya existente, llevada desde España hasta América casi un siglo antes. La María Cristina de la que hablaba la letra original no era una mandona cualquiera, sino una real mandona: María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878) fue reina consorte de España, reina gobernadora durante la minoría de edad de su hija, reina de corruptelas, maquinaciones, dramas y mujer de rompe y rasga en general.


Dechado de virtudes para unos y mala pécora para otros, de los muchos cantares que le sacaron en su época seguramente el de «me quiere gobernar» fue el más justo con ella. Porque, efectivamente, le gustó mandar. Quizás porque empezó su vida adulta como un simple peón, un mero animal de cría cuyo pedigrí prometía dar herederos a un hombre que se había casado tres veces pero no tenía aún ningún vástago.


Su madre había dado a luz doce veces, así que parecía probable que María Cristina pudiera también dar varios hijos al muy necesitado de ellos rey Fernando VII (1784-1833).


El caso es que María Cristina, nacida en Palermo en 1806, se casó con 23 años con su feo tío español y ya sabrán ustedes más o menos cómo acabó aquello. No tuvieron ningún descendiente varón y a la muerte de su esposo en 1833, María Cristina se convirtió en reina gobernadora en nombre de su hija Isabel II, una niña de tres años.


La negativa del infante Carlos María Isidro a aceptar a Isabel como legítima heredera del trono desencadenó la Primera Guerra Carlista (1833-1840), conflicto al que hubo que sumar el perenne enfrentamiento interno del bando isabelino entre progresistas y moderados y unas cuantas sublevaciones. Como consecuencia de una de ellas María Cristina tuvo que ceder la regencia -más la custodia de sus dos hijas- al general Espartero y exiliarse en Francia.
En el ínterin aquella tímida princesa italiana que vino a casarse por obligación se había convertido en una mujer independiente, capaz de casarse en secreto con un sencillo guardia de corps (Agustín Fernando Muñoz y Sánchez) y de tener con él ocho hijos mientras de manera oficial seguía comportándose como reina viuda.


Nuestra protagonista volvería a instalarse en España entre 1844 y 1854 para dedicarse a negocios tan lucrativos como ilícitos, a intentar meter baza en política y a intrigar para colocar a su hijo Agustín Muñoz Borbón como rey de Ecuador.
Lamentablemente aquí no tenemos espacio para contar toda la vida de María Cristina, de modo que me tengo que limitar a recomendarles que averigüen más sobre su figura y, de mientras, destacar que fue una devota gastrónoma.


Con su cocinero napolitano
Amante de la buena mesa y en especial de la cocina de su tierra natal, durante sus primeros años en Madrid mandó abrir una vaquería en la Casa de Campo que proveía de leche, quesos, natas y mantequillas de estilo italiano a la despensa de palacio. En 1839 un artículo publicado en la revista trimestral inglesa 'The quarterly review' recordaba cómo mientras que Fernando VII comía habitualmente a la española, su cuarta esposa disfrutaba de macarrones preparados especialmente para ella por un cocinero napolitano: "Regularmente se producía entre ellos una agradable disputa conyugal, en la que cada uno intentaba en vano que el otro aceptara sus gustos culinarios".


María Cristina nos quiso gobernar y también cocinar. Testigo de ello fue por ejemplo Loreto Capella Olasagasti, antiguo jefe de cocinas del Palacio Real que tal y como contó en el libro 'Historia de un cocinero' (Melquíades Brizuela, 1917) vio cómo la reina "rodeada de sus cocineros elaboraba por sus propias e incomparables manos los más clásicos manjares napolitanos tales como raviolis, polenta, ñoquis, timbal de macarrones, strangolapreti, pizza, zeppoli y otros muchos que sabía ejecutar a la perfección".


El 11 de noviembre de 1845, cuando la reina vivía aún en Madrid, el periódico 'El Clamor Público' comentaba "que doña María Cristina tiene una habilidad extraordinaria para las cosas de cocina y cuando va de campo gusta de que los que la acompañan luzcan en este ramo su poca o mucha habilidad".


En una ocasión hizo que los ministros de Guerra, Justicia y Estado le guisaran lo que buenamente supieran y quién sabe si el gazpacho del granadino general Narváez acabaría apuntado en su cuaderno personal de recetas. Ese recetario existió y estuvo a la venta en 2017 en la librería anticuaria García Prieto, de Madrid, junto a otros papeles relacionados con la cocina palaciega. Anguila a la inglesa, lamprea en salsa verde, ancas fritas, macarrones a la napolitana, cocada, pastelitos a la española o volovanes de bacalao son algunas de las fórmulas que -escritas en castellano e italiano- aparecen en este aún inédito documento que, por lo que yo sé, fue adquirido por una institución pública y aguarda el momento de ver la luz.
Será el primer recetario de una reina española y el único de la que nos quiso gobernar. Ojalá poder ponerle las manos encima.

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