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Gastrohistorias

La verbena, de hierba mágica a guateque veraniego

En 1852 la Real Academia incluyó por primera vez en su diccionario la expresión “verbenas o noches de verbena”

Ilustración de Francisco Sancha para la revista Alegría, junio de 1907.
  • Ana Vega Pérez de Arlucea
Publicado el 22/06/2021 a las 06:00
Igual que a fuerza de repeticiones la monja puede convertirse en jamón, así a veces sucede que los engranajes de nuestro cerebro encajan repentina y perfectamente entre sí, revelándonos una verdad léxica suprema tan evidente como insospechada. A muchos nos pasó cuando la palabra “vacuna” se gastó casi de tanto usarla y descubrimos, así de sopetón, que su etimología era literalmente vacuna, bóvida y terneril ya que el virus de la viruela bovina se usó para la primera vacunación de la historia.

Recuerdo también el día en que el término “desayuno” me dio una patada en la nariz. Buscando rastros de desayunos históricos en la literatura me di cuenta, tonta de mí, de que la palabra se explicaba a sí misma. El prefijo de negación 'des' sumado a ayuno significa literalmente “dejar de ayunar”, fácil.
Pues lo mismito me ha pasado esta semana con otro vocablo que solemos emplear con un significado asociado en vez de con el literal que según el diccionario le corresponde. “Verbena” es en su primera acepción una planta, y luego ya si eso una “fiesta popular con baile que se celebra por la noche, al aire libre y con motivo de alguna festividad”.

La segunda definición es mucho más moderna que la primera, pero cuando oímos “verbena” ni ustedes ni yo pensamos en hierbas sino en Paquito el Chocolatero. En rumbas agarradas, en el tinoninoní de los autos de choque y en fiestas de pueblo con olor a frito. A simple vista podría parecer que la Verbena officinalis no tiene nada que ver con la orquesta Panorama, pero esta inocente planta medicinal fue la que dio nombre a los jolgorios nocturnos veraniegos.

En 1852 la Real Academia incluyó por primera vez en su diccionario la expresión “verbenas o noches de verbena”, explicando que así llamaban “en Madrid a las de las vísperas de San Antonio, San Juan, San Pedro y otras festividades, noches de paseo, baile y regocijo para el pueblo”. Pero, ¿cómo demonios estaba eso relacionado con una hierba? Sin duda sabrán ustedes que la fiesta de San Juan Bautista es la excusa que el santoral cristiano dio a las celebraciones paganas del solsticio de verano y a los ritos que se llevaban a cabo justo en esas fechas.

MADRUGAR Y CAMPEAR
Hogueras, baños y conjuros son algunas de las ceremonias que con más o menos fe se siguen realizando hoy en día por San Juan, mientras que otras han desaparecido con el tiempo. En particular se han olvidado todas las relacionadas con la vegetación, como sacar el ganado a pastar la hierba fresca de la mañana sanjuanera, plantar ese día ciertos cultivos, colgar enramadas (adornos vegetales) en la ventana de los enamorados o recoger plantas aromáticas. Se suponía que estas últimas eran más efectivas si se recolectaban la noche que separa el 23 del 24 de junio, así que fue inveterada costumbre madrugar y salir al campo para hacer acopio de flores de saúco, romero, tomillo o ruda.

Entre todas ellas destacaba la hierbasanta, hierba sagrada, curalotodo o verbena, a la que se le han atribuido propiedades mágicas desde la Antigüedad y que tradicionalmente se ha usado como sedante, emético, estimulante de la lactancia materna, en cataplasmas antiinflamatorias e incluso como remedio contra la resaca. En 1824, cuando la dieta y la cocina tenían mucho que ver con la medicina doméstica, se publicó en Madrid un libro titulado El perfecto licorista o arte de destilar y componer aguardientes y licores.

PERFUMES Y REMEDIOS
En esa obra, además de recetas para elaborar bebidas, helados y otras delicias culinarias aparecían fórmulas para hacer perfumes o remedios caseros como la esencia de hojas de verbena, que puesta en infusión moderaba “inmediatamente los efectos de los vapores del vino”. Los efectos se potenciaban en caso de recolectar la planta durante las primeras noches de verano, de modo que la expresión “coger la verbena” pasó a significar ya desde el siglo XVIII el acto de madrugar mucho para ir a pasear y completar el herbolario.

En El conde-duque de Olivares y el rey Felipe IV (Cádiz, 1846) se cuenta por ejemplo cómo durante el Siglo de Oro los mozos iban en la noche de San Juan “a los campos a coger matas y flores y volvían coronados de verbena y entonando canciones a sus amadas con ramos de laurel, de fresno, de encina; con palmas, cañas verdes y guirnaldas entretejidas de alhelíes, claveles y rosas”.

Si piensan que la verbena no tiene usos gastronómicos están equivocados. En 1912 el cocinero Ignacio Doménech incluyó en El arte del cocktelero europeo un ponche ideal para una verbena veraniega de las que este año sí podremos disfrutar con mesura: para una botella de vino tinto otra de agua de seltz o gaseosa, una cucharada de azúcar, dos copitas de Curaçao, un ramito de verbena, tres rodajas de limón y salpicón de alguna fruta del tiempo. Déjese macerar algunos minutos y sírvase con hielo.
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