Gastrohistorias

El puchero nacional de don Rufino

Un maestro murciano ideó hace un siglo cocinas colectivas en las que se guisaría de forma racional y eficiente

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El puchero nacional de don Rufino

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Ana Vega Pérez de Arlucea

Actualizado el 29/01/2021 a las 20:08

Rufino Carpena Montesinos (Yecla, 1860-Barcelona, 1939) fue un adelantado a su tiempo. Probablemente su nombre no les sonará a ustedes de nada, pero este señor murciano fue un profesor apasionado de su oficio, un innovador pedagogo y uno de los pocos utopistas que han existido en España. Utopista con utopía propia, claro. Don Rufino fue un hombre a un plan pegado, un plan revolucionario que posibilitaría el nacimiento de una futura sociedad idílica, lógica, ecuánime y en la que se comería cocido todos los santos días del año.

Maestro nacional desde los 22 años y curtido en escuelas públicas de Lleida, Tarragona, Barcelona, Mallorca e incluso Argentina, Carpena fue un firme defensor de la pedagogía moderna y de la enseñanza activa. También fue adalid de la educación pública, la justicia gratuita, el salario mínimo, la protección de las familias numerosas y de otras muchas causas justas y honorables que formaron parte de su proyecto utópico, al igual que el puchero diario y sustancioso.

Este humilde profesor rumió durante largos años la idea de un mundo mejor basado en el racionalismo arquitectónico, un nuevo sistema urbanístico que mejoraría las condiciones de vida de sus pobladores y les permitiría dedicar más tiempo a su familia y aficiones. Lo que ahora llamamos conciliar, vaya, y que en 1926 don Rufino denominó «resolver satisfactoriamente los pavorosos problemas de la vivienda y subsistencia humanas».

Según él, este objetivo se conseguiría mediante la construcción de urbanizaciones u «hoteles familiares» en los que las tareas domésticas estarían sometidas a la lógica industrial y al servicio de la comunidad. Todas estas ideas las plasmó en 1926 en un libro titulado 'Vida hermosa en poblados modernos sistema Carpena', una fantasía de 200 páginas en las que explicaba cómo estos conjuntos residenciales mejorarían el bienestar de las familias al ofrecer servicios y equipamientos colectivos. Jardines, escuela, biblioteca, lavandería, comedor y cocina serían de uso comunal.

TEDIOSAS TAREAS

Don Rufino Carpena también habló largo y tendido de cómo mejorar las tediosas tareas de comprar, cocinar y servir la pitanza. Pensó que optimizar la alimentación era tan importante que un año antes de la publicación de su 'Vida hermosa' decidió autoeditar un folleto consagrado a cantar las alabanzas de las «cocinas-mercado», que es como él llamó a las unidades de trabajo culinario.

'El puchero nacional' o «folleto que orienta y señala una de las positivas soluciones que tiene el pavoroso problema de las subsistencias» apareció en contadas librerías en mayo de 1925. No tuvo mucho recorrido comercial y existen muy pocos ejemplares, pero gracias a la labor de digitalización de la Biblioteca Nacional de España hoy podemos cotillear su contenido, sus dibujos y su rimbombante dedicatoria dirigida al general Primo de Rivera: «… esta obra podría producir inmensos beneficios a familias forzosamente alejadas de opíparos manjares. El suculento cocido o puchero nacional facilitado por de pronto una vez al día a precio sumamente económico (posibilidad evidente haciéndose en gran escala) para las clases trabajadores, y aún para la clase media, contribuiría a solucionar el terrible problema de la carestía de las subsistencias».

El plan consistía en construir con apoyo público cocinas-mercados en las que se guisarían y servirían comidas para unos clientes abonados mediante suscripción. Como si de un apartado de correos se tratara, cada familia tendría en las instalaciones una taquilla en la que recoger cada día y a una hora determinada los alimentos ya preparados. El menú estaría compuesto por un plato único, sospechoso habitual y base alimenticia de casi todos los españoles: el cocido.

Según Carpena, esta receta netamente española (de ahí lo de «puchero nacional») cubriría con sus tres vuelcos las necesidades nutritivas de las clases populares. Cocinarlo en cantidades industriales abarataría el coste de los ingredientes y el combustible necesarios, mientras que su elaboración racional a manos de «técnicos culinarios» aseguraría una adecuada y uniforme calidad.

Las cocinas colectivas tendrían tantos fogones como fueran precisos para cocinar el típico cocido según el número de familias suscritas al servicio, así como despensas, fresqueras, luz y ventilación óptimas. El edificio -de titularidad pública- se ubicaría en algún lugar céntrico de la población, «especialmente al lado de las plazas de abastos, siendo obligatorios en determinadas ciudades o pueblos donde la clase obrera sea muy numerosa».

El Estado o los municipios arrendarían las instalaciones a una empresa y se encargarían de garantizar a través de un cuerpo de inspectores la higiene, cantidad y calidad de las raciones. ¿No les parece a ustedes una idea magnífica? Pues a Primo de Rivera no le interesó lo más mínimo, ocupado como estaba dirigiendo una dictadura. Han pasado 95 años desde entonces, los necesarios para saber que don Rufino fue un pionero de algo tan moderno como la economía colaborativa y que merecer ser recordado.

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