Historias familiares
Madres y padres que toman café
Poco se habla de familias con niños pequeños que hacen la adaptación escolar y les esperan en la cafetería


Publicado el 11/09/2023 a las 06:00
Hoy también voy de la vuelta al cole. Pero no de mis recuerdos de infancia y adolescencia, como la semana pasada. Sino de mi visión actual. Como madre. Como ser humano que respira aliviado todos los años cuando termina la primera semana de septiembre y mis retoños (cada vez más mayores) retornan a las aulas. A las benditas clases, patios y polideportivos que tanto les gustan. A ellos y a mí. De acuerdo. Más a mí. Porque el verano, reconozcámoslo, es largo. Eterno. Ideal para estar en la playa, la montaña o recorriendo el mundo de vacaciones. Pero no para trabajar, organizar los campamentos urbanos o rurales, ir a la piscina o controlar los horarios de idas y venidas a las fiestas de los pueblos. Así que estos días los padres y madres, abuelos y abuelas, tíos y tíos estamos de celebración. Las criaturas, aprendiendo todo lo aprendible para la vida y nosotros, trabajando más tranquilos durante unas horas. Lo sé. Habrá quien diga que no. Que pobrecitos niños. Que les da mucha pena que vuelvan a madrugar y al colegio. Y que mucho mejor estaban hasta las tantas a la fresca en el pueblo. Lo siento. No lo compro.
Me decía el otro día una compañera, madre de tres hijos pequeños, mientras yo maquetaba mi reportaje de la vuelta al colegio que mucho se habla de los niños pero ¿y de los padres? “Poco se comenta sobre las familias que tienen que hacer la adaptación escolar y que pasan más tiempo en la cafetería de enfrente del colegio en septiembre que en su casa”. Pues sí, amiga. Tienes razón. Poco se ha escrito sobre esta realidad. Así que voy a solventarlo. Porque es así. Las cafeterías y bares frente a los colegios deben de ser un negocio redondo. Padres, madres, abuelos, cuidadores... que entran a tomar un café (con bollo) cuando dejan a los pequeños en las aulas. Sobre todo cuando tienen criaturas de 3 años que deben superar (sí, sí, superar) el periodo de adaptación escolar que, en algunos colegios, se prolonga durante todo el mes de septiembre. Un día de 10 a 11.30. Otro, de 12 a 13. Finalmente, de 10 a 12. Y si van prosperando y tienes suerte, puede que finalmente se quedan al comedor. Pero, ¿mientras tanto? Muchos son los progenitores que no tienen más remedio a guardarse una o más semanas de vacaciones para “hacer” la adaptación. Como si fueran ellos mismos quienes tuvieran que adaptarse.
Aunque, bueno, a veces es así. Muchos niños se quedan llorando. Pero, ahora añado yo, poco se habla de los padres (y sobre todo las madres) que se tragan las lágrimas o directamente las dejan resbalar por las mejillas al salir del colegio o la escuela infantil y dejar allí, desconsolados, a sus churumbeles. Es entonces cuando van a la cafetería y entre sorbos al café con leche y mordiscos al cruasán conocen a otras madres que están en las mismas. Y entonces se hacen amigas. Reinas del patio que te acompañarán toda la vida aunque tus hijos ya estén en el umbral de la universidad.
Pero tampoco hay que ponerse tan dramáticos. Junto a estas madres que lloran porque han soltado por primera vez a sus pequeños de 3 años, en la mesa de al lado otro grupo de mujeres (u hombres) brindan con las tazas de café o lo que se tercie. “¿Quedamos una tarde para tomar unas cañas o un vino? Ahora que ya ha empezado el colegio. Buscamos canguro”, se emplazan para la semana siguiente. Querámoslo o no a todos nos gusta la rutina. A padres e hijos. Porque nos proporciona paz saber qué se va a hacer cada día, cada hora, en cada momento. Y lo escribimos así y con colores en el horario de todos los miembros de la familia, ese folio que colgamos en el frigorífico con imanes. Así que, compañera, ya he hablado de padres y madres que toman café. Lejos, por supuesto, de la leche derramada del desayuno.