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Duelo

Mamá no es una estrella en el cielo

Marta Tapia, psicóloga de la Asociación Goizargi, impartió recientemente en Civican una charla sobre el duelo en la infancia en la que ofreció pautas para acompañar a los niños en este proceso, tan necesario para ellos como para los adultos

Cuando los niños todavía no saben poner palabras a sus emociones, sus creaciones artísticas dan muchas pistas sobre el momento que atraviesan.
Cuando los niños todavía no saben poner palabras a sus emociones, sus creaciones artísticas dan muchas pistas sobre el momento que atraviesan.
Actualizada 19/03/2021 a las 11:23

El niño estaba aterrado. Se negaba a subir al avión y no dejaba de chillar por todo el aeropuerto: ¡Vamos a matar al abuelo! El señor había muerto recientemente y la familia se lo había explicado al pequeño con el clásico "ahora está en el cielo". El niño, como hacen todos hasta cierta edad, se había agarrado a la literalidad y había atado cabos. En su cabeza, era evidente que el avión iba a arrollar al abuelo. La familia se quedó sin viajar ante el pánico del niño.


Puede parecer un episodio anecdótico, pero no lo es. Es el fiel reflejo de cómo el explicar la muerte a los niños y niñas, al menos de cómo explicársela bien, y de acompañarlos de la mejor manera posible son tareas pendientes. "Apartamos la muerte, la silenciamos. Sobreprotegemos a los niños, que son los grandes olvidados. No les dejamos ir al tanatorio o al funeral, cuando ellos necesitan formar parte del proceso. Además, utilizamos un lenguaje abstracto: lo hemos perdido, se ha ido, ya no está. Pero los niños lo cogen todo por lo literal". Así lo explicó Marta Tapia, psicóloga de la Asociación Goizargi.


El primer mito que quiso romper es aquel que sostiene que los más pequeños no pasan un duelo como tal. Que no se ponen tristes, porque fíjate, se ha muerto su papá y ellos siguen jugando a los lego y a los playmobil. Que quizá sea mejor así, que sigan entretenidos mientras el adulto se esconde en el baño para llorar en silencio. "No sé cuántos niños me habrán comentado que se enteraron de la muerte de un ser querido en Port Aventura, en Sendaviva o en Disneyland", explicó la psicóloga. Frente a esto, la realidad es que "los niños también hacen su duelo, que es una respuesta humana adaptativa ante una pérdida, no sólo ante la muerte", contextualizó. "Ellos lo necesitan igual que los adultos. Cada uno, el suyo, distinto al de los demás, por eso es importante conocer bien al niño".


A los niños "hay que contarles" lo que ha ocurrido "con honestidad". Y hay que hacerlo "cuanto antes, mejor". "Cuando un niño pregunta algo, es porque es capaz de sostener esa respuesta". Habitualmente, hay tres o cuatro emociones que son las que más les angustian. Una es la culpa: "¿Habrá sido por mi culpa, lo he provocado yo?. Otra es el miedo. "Si mamá se ha muerto, papá también se puede morir". También es básica la preocupación por sus propias necesidades: "¿Quién me va a llevar ahora al colegio, quién me va a hacer los macarrones que me hacía papá?".

LAS CUATRO 'PATITAS'

Tapia explicó que hay cuatro pilares a la hora de "integrar la muerte", lo que ella denominó "las cuatro patitas".


La primera es dejar claro que "todos nos vamos a morir". "Los niños tienen que integrarlo sin que les genera angustia y para eso, hay que adaptar el mensaje desde el cariño". Pueden ser útiles mensajes como: "Normalmente nos morimos cuando somos muy muy mayores, o cuando estamos muy muy enfermos", o recurrir a la estadística para afirmar: "No es normal que me vaya a morir pronto porque soy joven y estoy sano". En contraposición, lo que desaconsejó es el manido: "Mamá va a estar siempre contigo, te voy a cuidar siempre". "¿Cómo creemos que se va a sentir el niño si después eso no se cumple?".


El segundo cimiento es que no quede ninguna duda sobre que la muerte es algo irreversible, un estado "del que no se vuelve". "Esto es muy importante porque ellos tienden a engancharse al pensamiento mágico". En este punto es clave cuidar las palabras que se eligen, que no sean ambiguas.


La tercera clave es explicar que cuando una persona fallece, el cuerpo deja de funcionar. "Un muerto no te observa desde el cielo, no te cuida desde ningún sitio". Aquí las creencias espirituales o religiosas de cada persona pueden tener su peso. "Pero primero están los hechos, y luego las creencias. Quizá se les puede decir que a nosotros nos ayuda pensar que está en un sitio que se llama cielo al que van las personas que mueren, pero que no sabemos si es verdad o no porque nunca nadie ha podido volver para contárnoslo", desgranó la psicóloga.


Por último, hay que hablar de la causalidad. "Siempre hay una causa de la muerte, y es física".


VIVENCIAS POR EDADES


Hasta los tres años, los más pequeños sienten la muerte "desde las tripas solo". "Experimentan la ausencia como un abandono y lo expresan a través de enfados y de mucha irritabilidad". Para calmarles, el mejor recursos son las rutinas.


A partir de los tres, empiezan a "comprender algo, pero no todo". "Se agarran al pensamiento mágico y a la literalidad. Hacen muchas preguntas y hay que responderlas. Tienen a compartirlo, a contárselo a todo el mundo. Necesitan dar un espacio para integrar su pérdida y también que los demás vean su herida. Animo a tener mucha paciencia".


A los 6 años, empiezan a tener una noción más clara de qué es la muerte. "Eso abre la puerta al miedo, al susto, a la vulnerabilidad. Aumenta mucho la curiosidad, hacen preguntas muy concretas y comienzan a ser conscientes de los riesgos que implica la vida. Empiezan a preocuparse por la muerte".


Desde los 10 años, "las cuatro patas de la muerte ya están integradas". "Nace el susto por la muerte propia y tienden a anticiparse. Empieza el interés por la espiritualidad, las creencias". En la preadolescencia, "hay una necesidad de información muy concreta, con datos y detalles, sin idealizar la muerte".


SOSTENER EL DUELO DEL OTRO


Hay que confiar en la capacidad del niño para desarrollar su duelo. "Pueden, dejemos eso del pobrecito". Eso sí, no les traslademos nuestro propio duelo ni le frenemos en sus expresiones de tristeza. "Anda, no llores que me pongo más triste". Debemos ser honestos, expresar nuestras emociones, estar con ellos y hacerles sentir atendidos, sostenerles en sus dudas y sus miedos e insistir en la idea de que nadie tiene la culpa.


¿Y qué no les ayuda? Evitar la palabra muerte, apartarles del proceso, obligarles a asumir un rol que no les toca, intentar que se den prisa en su duelo, o no dar permiso al dolor o a los recuerdos. "Queremos ahorrarles el dolor, pero la vida se encarga de recordarnos de que eso es imposible", zanjó la psicóloga.


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