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Entrevista
Encuentros en familia

César Bona: "Los niños no son los 'adultos del futuro' sino personas en el presente"

César Bona, nominado al ‘premio nobel de los profesores’, atrae a las masas hablando de ‘lo obvio’. Infancia, escuela o emociones son los ejes de sus charlas. Como la del martes pasado en Cizur

Encuentros en familia | César Bona
Encuentros en familia | César Bona

La periodista Sonsoles Echavarren entrevista a César Bona.

Saioa Rolán
El maestro zaragozano César Bona, de 47 años, el pasado martes en Foro Europeo, donde impartió una conferencia ante 140 personas.

El maestro zaragozano César Bona, de 47 años, el pasado martes en Foro Europeo, donde impartió una conferencia ante 140 personas.

Actualizada 06/02/2019 a las 10:51
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César Bona atrae a las masas hablando de ‘lo obvio’. Y él mismo comienza así sus conferencias. “No voy a contar nada extraordinario”, advierte al público que le aguarda, expectante y motivado. Muchos han leído sus libros. Otros han escuchado hablar de él. Han oído que es el mejor maestro de España y que sus clases de Primaria parecían escenas de la película ‘El club de los poetas muertos’. Que sus alumnos de 10 años, en pie sobre los pupitres, pronunciaban discursos acerca del Alzheimer o el cambio climático. Y la conferencia que impartió el pasado martes en Navarra no fue una excepción. En una tarde de lluvia que amenazaba nieve y con el termómetro rozando los cero grados, aglutinó a más de 140 personas en la sede de Foro Europeo-Escuela de Negocios (Cizur Menor). Apelando continuamente al público, consiguió ‘calentar’ al auditorio con una conferencia titulada ‘La educación en tiempos de hastío. Mira a tu alrededor’. Maestro y uno de los cincuenta candidatos de todo el mundo en 2014 al ‘Global Teacher Prize’, el equivalente al ‘Nobel de los profesores’, este zaragozano de Ainzón y con 47 años recién cumplidos, ahora está en excedencia de las aulas de Primaria. Desde hace tres años, recorre España y América Latina visitando escuelas, universidades, asociaciones y, sobre todo, “escuchando a la gente de la calle”. Parte de esas reflexiones las ha plasmado en sus libros ‘La nueva educación’, ‘Las escuelas que cambian el mundo’ o el último publicado ‘La emoción de aprender’ (todos editados por Plaza & Janés). Bona no tiene hijos pero sí una gata a la que cuida “como a un niño”.

Usted insiste, en sus conferencias y textos, en que la escuela debería ser ese lugar al que a los niños les apetezca ir y sean felices. Pero no siempre es así...

Es interesante pensar en la escuela como ese lugar que ayuda a la familia a educar a sus hijos y al que a los niños quieren volver al día siguiente. Aprender debería ser un placer. La escuela, junto con la familia, son los lugares idóneos para fomentar ese deseo. Pero para decenas de niños ir al colegio es hoy un suplicio.

Entiendo que se refiere al acoso escolar. ¿Por qué se habla ahora tanto del ‘bullying’? ¿Hay más casos que hace unos años?

Siempre ha existido y hay que darle la importancia que tiene. Aunque afectara a un solo niño, habría que erradicarlo. Pero para eso, hay que prevenir.

¿Y cómo?

Enseñando a los niños que todos somos diferentes y que eso nos enriquece. En el mundo, hay ocho mil millones de personas y todos somos distintos. También, debemos hacer a los alumnos protagonistas. Porque el 85% saben que hay ‘bullying’ pero no dicen nada. Además, las víctimas son los dos: el acosado y el acosador. Quizá, este último reproduce esquemas que ve en su casa o esté sufriendo por algo.

También asegura que si los niños no van felices a la escuela no rendirán. Pero hay quien opina que la educación emocional es una moda y que al colegio se va a aprender y no a ser feliz.

Cada uno puede tener su opinión. ¿Tú vas a gusto al trabajo? Si estás amargada, no rendirás por muchas carreras que tengas. Y, aunque al ser humano se le considere un ser racional, muchas de las decisiones más importantes de nuestra vida las tomamos con la emoción (la ira, la alegría, el miedo, la frustración...) Tu relación con los demás y contigo mismo depende de que sepas gestionar tus emociones. Los contenidos son importantísimos pero tener herramientas para saber manejar nuestras emociones, y luego enseñárselas a los niños, es mucho más relevante.

A los adultos nadie nos ha enseñado educación emocional en la escuela o en la universidad. Si la aplicamos ahora con nuestros hijos o alumnos, ¿viviremos un cambio en un futuro?

Los adultos llevamos un ritmo de vida brutalmente intenso. Y, como miramos todo en la vida desde un punto de vista ‘adultocéntrico’, contagiamos esa inercia a los niños. Por tanto, el nivel de estrés al que están sometidos es cada vez mayor. Deberíamos parar y replantearnos las cosas. ¿Qué es lo que de verdad importa? Pero, si no paramos los adultos, ¿cómo van a hacerlo los niños y darse cuenta de lo que sucede?

Por esa costumbre de mirar el mundo desde la perspectiva adulta, muchas veces hablamos de los niños como ‘los adultos del futuro’. Algo que usted no comparte, ¿no?

Es que el futuro todavía no existe. ¿Acaso nosotros somos los ‘ancianos del futuro’? Los niños son personas en el presente y es ahora cuando hay que empezar a educarlos porque los que llamamos ‘líderes del futuro’ no aparecen de repente de un día para otro. Debemos educarles en la relación con uno mismo, con los demás y con el entorno.

UN VIAJE A LA INFANCIA

Así que, cree, debemos retrotraernos a nuestra infancia y adolescencia para comprender mejor a nuestros hijos o alumnos...
Si viajamos hasta esa época, recordaremos cómo éramos y cómo se vive a esa edad. Es curioso que, cuando uno crece, deja de entender muchas cosas que, de niño, eran tan especiales y mágicas... ¡La visión de un niño es algo que nunca deberíamos perder! Porque un niño, de serie, lleva instalada la creatividad, la curiosidad, la ilusión, la imaginación... Para los adultos, sería más que un reto conseguir que esas cualidades se estimulen cada vez más.

En este viaje a la infancia que propone, nos vemos sentados, con 8 o 9 años, en unos pupitres y con un modelo educativo muy diferente al actual. ¿Por qué ese enfrentamiento entre la nueva educación, que usted defiende, y la tradicional, que apoyan otros?

Es que no debe haber una lucha entre la escuela tradicional y la innovación. ¡Innovar no significa arrasar con lo que había! Estamos educando a niños para un mundo en cambio. Debemos cambiar la forma de mirar.

¿A qué se refiere?

Muchas veces me pregunto: “¿En qué momento la escuela se convirtió en ‘jueza’? ¿Y se atreve a decir a cada alumno si vale o no?” En lugar de juzgar, debería ofrecer herramientas para darles oportunidades. Por ejemplo, si a un niño que ‘la lía’ cada dos por tres lo expulsamos, le estamos quitando oportunidades.

Al hablar de la escuela tradicional, critica que los contenidos que aprendimos no nos han servido para el futuro. O sea para el presente, que es hoy.

¡Claro! Todos estudiamos el cuerpo humano (y cada año íbamos añadiendo más músculos y huesos), la pirámide de la alimentación, ¿verdad? Qué lugar ocupa cada alimento, cuántas veces se pueden comer a la  semana... Sin embargo, actualmente hay un 38% de personas con sobrepeso y uno de cada cuatro adultos son obesos. También estudiamos que el perro es un animal mamífero, cuadrúpedo, vertebrado... ¿Y para que nos sirve saber eso si cada año hay 200.000 animales abandonados?

¿Y qué me dice de saber hablar en público?

¡Nadie nos enseñó! Por eso, en mis conferencias, todo el mundo mira hacia otro lado, cuando digo que al que señale con el dedo lo voy a sacar a la tarima a hablar de un tema durante dos minutos (risas). Aquí, siempre pongo el ejemplo del monologuista David Guapo. Él explica que hablar ante la gente le resulta fácil porque lleva entrenándose toda la vida. ¡Ahí está la clave! Si hubiéramos entrenado para hablar en público, no nos pondríamos tan nerviosos. La expresión oral es crucial. Sirve para expresar los sentimientos, algo que usamos todos los días de nuestra vida. ¡Y tenemos que improvisar!

EDUCAR 'EN' LA VIDA


Cuando hablamos de educación, pensamos en el ‘Informe PISA’ (el ranking mundial de resultados académicos), en las estadísticas... Pero usted nunca habla de las notas...

Porque a mí no me gusta hablar de la ‘macroeducación’ sino de la ‘microeducación’: lo que siente cada día un niño cuando va a la escuela. Creo, además, que todo comienza con la educación y la educación empieza en cada uno. Y hay que aclarar que no solo educan la familia o la escuela sino toda la sociedad. ¡La educación nos incumbe a todos! La escuela no puede ser una burbuja. Por eso, siempre digo que no hay que educar para la vida sino ‘en’ la vida y que tenemos que crear redes juntos.

“Era un niño tímido y me gustaba hacer cabañas junto al río”



Cualquier diría ahora al escuchar al César Bona que atrae a las masas en sus ‘conferencias motivadoras’ por todo el mundo y en las que invita al público a participar, que él era un niño que no se atrevía a levantar la mano en clase. Por eso, anima a padres y educadores a fomentar en los menores la capacidad de expresarse delante de los demás. “Algo fundamental para la vida que debemos aprender de pequeños”.

¿Cómo era César Bona de niño?

Era un niño de un pequeño pueblo de Zaragoza, Ainzón (cerca de la frontera con Navarra y con poco más de 1.100 habitantes), al que le gustaba mucho estar con sus amigos por los campos y hacer caballas junto al río. Es un lujo vivir en un pueblo en la infancia porque se tienen muchas experiencias diferentes a las de la ciudad. Aunque era muy tímido, siempre estaba curioseando para ver qué pasaba a mi alrededor.

¿Y en la escuela? ¿Cómo era?

Aunque me sabía siempre las respuestas, no me atrevía a levantar la mano. Lo que ocurre es que me sentaba con mi amigo Juan Carlos, al que le pasaba justo lo contrario que a mí: tenía mucha decisión pero le faltaba el conocimiento (se ríe). Así que yo le chivaba la respuesta, él la decía; y el maestro siempre le felicitaba.

¿Siguió igual de adolescente?

No tanto. Una vez, en el instituto. levanté la mano para hacer una pregunta a la profesora de Literatura, que estaba analizando en alto un poema de Gustavo Adolfo Bécquer. Explicaba que el poeta, con esos versos, había querido decir esto o lo otro. Entonces le pregunté: “¿Y usted cómo sabe lo que quería decir Bécquer?” Entonces me castigó (se vuelve a reír).

¿Cómo recuerda a los maestros de su infancia? ¿Alguno le influyó particularmente o le inculcó la vocación de enseñar?

Muchas veces, he hablado de Don Eusebio, un maestro de escuela a quien yo admiraba y que me inspiró muchas cosas: a comunicarme lo mejor posible, a que me gustara la lectura... También he contado lo que me ocurrió con una profesora de Matemáticas, de la que no quiero decir su nombre. Ella me hizo odiar las ‘mates’. Entonces me di cuenta de que no solo hay que tener conocimientos sino saber conectar bien con quienes tienes más cerca.

Aunque, quizá, odiar las matemáticas le sirvió para amar otras asignaturas...

¡Claro! En el fondo, estoy muy agradecido a esa señora porque, en el instituto, me hizo lanzarme por el Latín y el Griego. Me agarré a esas materias como una tabla. Y gracias a eso, descubrí la etimología, la mitología...

MAESTROS Y BUEN CORAZÓN 

Por lo que vivió como alumno y por su experiencia como docente, ¿cuáles cree que deben de ser las cimientos en los que se tiene que apoyar un buen maestro?

Lo primero, y aunque parezca obvio, es que tenga buen corazón. Después, debemos poseer ese rigor para enseñar mucho, ser comprometidos con la sociedad, con la naturaleza... También es importante ser creativos, personas curiosas... En definitiva, alguien que inspira en la vida.

¿Y dónde queda la vocación? Se suele afirmar que la de maestro, como la de médico, son profesiones para las que hay que tener vocación. Que si no, uno no sirve.

Yo debo decirte que no tenía vocación. Estudié Filología Inglesa en la universidad sin saber qué iba a hacer y, después, cursé Magisterio para tener más salidas. Pero sí que es verdad que hay gente con vocación desde niños. Y otros, que tenían vocación pero que se les ha ido diluyendo con el tiempo y el día a día...

Entonces, ¿qué es lo importante?

La actitud todos los días. Cuando entras por la puerta de un aula, debes ser consciente de que vas a ser un ejemplo para esos niños. Y ya que somos, como se dice ahora, ‘influencers’, esforcémonos por que cada palabra que digamos marque e influya de manera positiva en los demás.

¿Echa de menos las aulas?

Me encanta estar con los niños. Pero no puedo desaprovechar esta oportunidad de viajar por todo el mundo y aprender de los demás. Me conecto con el niño que fui. ¡Es un regalo!

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