Arte y salud
Van Gogh no era solo un "genio atormentado": esto es lo que dice hoy la medicina sobre su enfermedad
Existencia abundante documentación directa de su época sobre su salud


Publicado el 28/05/2026 a las 05:00
Durante décadas, la figura de Vincent van Gogh ha quedado atrapada en una imagen simplificada: la del artista maldito, el genio que pintaba entre delirios hasta acabar suicidándose. Sin embargo, esa visión, tan seductora como incompleta, ha ido siendo matizada con el tiempo gracias a algo poco habitual en personajes históricos de su época: la existencia de abundante documentación directa sobre su salud. Cartas personales, informes médicos y testimonios contemporáneos permiten hoy reconstruir con bastante precisión qué le ocurría, aunque no siempre por qué.
En esas fuentes aparece descrito un cuadro complejo y persistente. Van Gogh hablaba de problemas físicos como una mala digestión constante y de síntomas que hoy identificaríamos como neurológicos o psiquiátricos: alucinaciones, pesadillas, estados de ansiedad, insomnio prolongado y episodios de profunda depresión. También se registran crisis en las que sufría confusión, pérdida de coherencia y periodos en los que era incapaz de trabajar o incluso escribir cartas. Estos episodios se volvieron más frecuentes con el tiempo, especialmente en los dos últimos años de su vida, y no son reconstrucciones posteriores: están documentados en sus propios escritos y en registros clínicos de la época.
El punto clave desde el punto de vista médico es que Van Gogh sí recibió un diagnóstico en vida. Tras varios episodios graves, fue ingresado en el hospital de Arlés y posteriormente en el sanatorio de Saint‑Rémy, donde el doctor Théophile Peyron, responsable del centro, consignó que el pintor padecía una forma de epilepsia. Este detalle es fundamental porque se trata del único diagnóstico clínico realizado por un médico que lo trató directamente, y durante mucho tiempo se tomó como la explicación principal de sus crisis.
Sin embargo, la medicina actual obliga a introducir matices. La epilepsia en el siglo XIX no equivale exactamente a la definición moderna. En aquella época, el término se utilizaba con frecuencia para englobar distintos trastornos con síntomas parecidos -crisis, alteraciones de la conciencia, conductas erráticas- que hoy se clasificarían de manera más precisa. De hecho, desde la muerte de Van Gogh, los especialistas han propuesto numerosos diagnósticos alternativos: trastornos del estado de ánimo, como el bipolar, episodios de psicosis o incluso enfermedades neurológicas específicas. Ninguno de ellos ha logrado imponerse de forma definitiva, lo que convierte su caso en uno de los ejemplos más claros de los límites del diagnóstico retrospectivo.
Lo que sí parece contar con más consenso es la naturaleza de algunos de sus síntomas. Investigaciones recientes basadas en el análisis de sus cartas y otros documentos han señalado que el pintor sufrió episodios de psicosis intermitente, caracterizados por alucinaciones y pérdida de contacto con la realidad. Estos episodios encajan con lo descrito por los médicos de su tiempo, aunque no permiten concretar una única enfermedad. Más bien apuntan a un cuadro complejo en el que pudieron combinarse factores neurológicos, psicológicos e incluso ambientales, como el consumo de alcohol o largos periodos sin dormir.
El episodio más conocido de su vida, la mutilación de su propia oreja en diciembre de 1888, no es una exageración biográfica, sino un hecho perfectamente documentado y relacionado con uno de esos momentos de crisis. Fue ingresado inmediatamente después y su estado fue descrito como una “manía aguda con delirio generalizado”, lo que ilustra hasta qué punto su enfermedad podía manifestarse de forma brusca y grave. Este tipo de episodios marcaron el tramo final de su vida, con recaídas cada vez más frecuentes.
La medicina actual también ha ayudado a desmontar una de las ideas más persistentes sobre su figura: la de que su enfermedad fue el origen directo de su genialidad. Aunque muchas de sus obras más célebres se sitúan en los años en los que su salud era más inestable, la documentación indica que durante las crisis más intensas apenas podía pintar. Su producción artística, por tanto, se concentraba en los periodos de relativa estabilidad, lo que sugiere que su capacidad creativa dependía más de su disciplina y de su proceso de trabajo que de sus episodios patológicos.
La muerte de Van Gogh en 1890, como consecuencia de una herida de bala autoinfligida tras un periodo de deterioro psicológico, se entiende hoy en ese contexto de enfermedad no resuelta y crisis recurrentes. Pero incluso en este punto, la medicina no ofrece una explicación cerrada, sino más bien un marco de interpretación: un conjunto de síntomas graves en una época en la que apenas existían herramientas diagnósticas y terapéuticas eficaces.
Quizá esa sea la conclusión más sólida que puede extraerse hoy. La medicina ha permitido identificar con bastante claridad cómo se manifestaba la enfermedad de Van Gogh, pero no ha logrado fijar de manera definitiva cuál era. Y ese matiz es importante, porque aleja su figura tanto del mito romántico como de la simplificación médica. Entre ambos extremos aparece un retrato más complejo: el de un hombre que convivió con una enfermedad real, documentada y limitante, en un contexto histórico que no estaba preparado para comprenderla del todo.