Lucha contra el cáncer
Navarra busca el origen del mieloma en una investigación con 5.000 pacientes
Trata de descubrir los factores que hacen que un estado benigno de la enfermedad desemboque en un cáncer maligno


Publicado el 29/09/2021 a las 08:40
Va a ser una investigación enorme. Tomarán y analizarán nada menos que 25.000 muestras de 5.000 pacientes a lo largo de 5 años.
Conseguirán tanta información que en el Centro de Investigación Médica Avanzada (CIMA) de la Universidad de Navarra confían en que se va a generar una macrobase de datos que además pondrá en relación historias clínicas y resultados de laboratorio.
“Va a quedar un legado para 10 o 15 años de investigaciones” sobre el mieloma múltiple, el segundo cáncer hematológico más frecuente, y sobre su estado previo, la llamada gammapatía monoclonal de significado incierto.
“Ojalá acabe siendo una biblioteca, una fuente de datos a donde puedan ir investigadores básicos y clínicos, nacionales e internacionales, para aprender sobre el origen de esta gammapatía y sobre cómo se transforma en un mieloma”.
Lo dice Bruno Paiva, codirector de la Plataforma de Citometría de Flujo y del Laboratorio de investigación en Gammapatías Monoclonales del CIMA. Su proyecto, muy innovador en la investigación del cáncer, ha recibido una dotación económica de 1,25 millones en cinco años por parte de la fundación Cris de lucha contra el cáncer.
Una de las peculiaridades de la investigación que lidera Paiva, un portugués de Coimbra que lleva ya 8 años trabajando en el CIMA y unos 15 en España, es que se remontan hasta el origen de la enfermedad, en mucho mayor medida que otros trabajos.
Lo habitual, señala el científico del CIMA, es que las investigaciones se dirijan a los estadios más avanzados del mal.
Sin embargo, su estrategia es viajar más atrás. En vez de centrar su esfuerzo en el mieloma múltiple, una proliferación anómala y maligna de las células plasmáticas, Paiva y su equipo fijan su mirada en la gammapatía monoclonal de significado incierto, un estado benigno anterior por el que pasan todos los que acaban por desarrollar la enfermedad, y muchos más que no la sufrirán.


Quieren entender “qué ocurre” para que se pase de la situación no maligna a la maligna e incurable, qué pacientes están llamados a que les ocurra eso y determinar si “con las herramientas que podamos trabajar el laboratorio, podremos informar a los hematólogos de qué pacientes tienen riesgos y quiénes no, con dos objetivos: por un lado saber a qué enfermos se les puede aplicar un tratamiento antes de que la enfermedad se vuelva maligna, y por otro terminar con la incertidumbre que siempre tiene el paciente con gammapatía monoclonal de significado incierto”.
Aunque el mieloma sea el segundo cáncer hematológico con más incidencia, sigue siendo una enfermedad poco frecuente.
En cambio, ese estado previo e incierto, está presente en muchísimas más personas, en un 5% o más de la población con más de 65 años. “Si pensamos que nuestra sociedad está envejeciendo, puede ser que en 2050 cerca de un millón de españoles habrá desarrollado la gammapatía de significado incierto”.
Una parte de ese millón acabará sufriendo mieloma múltiple u otras patologías como amiloidosis, macroglobulinemia de Waldenström o linfoma. “El riesgo de transformación a alguna de esas enfermedades malignas es del 1%. Al año”. Es decir, que todos los años un 1% de ese millón, unas 10.000 personas, contraerá la patología más grave.
Por eso el empeño de los científicos del CIMA es quitarle la coletilla ‘de significado incierto” a ese estado previo, averiguar cómo se produce el cambio y determinar cuáles son las personas que tienen más riesgo de sufrir “esta transformación maligna que además provoca un mayor riesgo de infecciones graves.
Se trata de que en un futuro el médico pueda decirle al paciente si esa gammapatía “tiene significado clínico y terminar con la incertidumbre sobre qué le va a suceder” en sus siguientes años de vida.
Para conseguirlo han hecho sus cuentas y han calculado que necesitarán estudiar a 5.000 españoles con gammapatía monoclonal durante un periodo de cinco años. “Les analizaremos una vez al año, para ver sus proteínas monoclonales, las células tumorales en la sangre periférica (la que circula por el cuerpo), su sistema inmune… Lo haremos con tomas de sangre, sin técnicas invasivas”, señala el científico del CIMA.


PROTEÍNAS Y CÉLULAS
En la mayor parte de los casos, la existencia de esas gammapatías se detecta en algún análisis rutinario que nota la presencia de un tipo de proteína, una inmunoglobulina.
Su origen real, dice Paiva, está en la médula ósea, que es donde se forman las llamadas células plasmáticas, las encargadas de producir los anticuerpos de nuestro sistema inmune.
“Uno o varios eventos genéticos consecutivos”, dice el doctor de Coimbra, pueden generar una “expansión global” de estas células, que se reproduzcan más de la cuenta y de manera anómala. Cuando lo hacen, se pueden descubrir por la presencia de una proteína.
Si ese fenómeno es pequeño, “cuando hay pocas cantidades de esas células y de esa proteína, y cuando no hay síntomas, estamos en el estado benigno. Pero en unos pocos casos, esas células siguen creciendo, se dan más alteraciones , el sistema inmune deja de poder controlarlo y pasa a un estado del que no hay vuelta atrás”.
Es el mieloma múltiple, que ataca a los huesos, que se vuelven frágiles. “Por investigaciones recientes creemos que eso tiene que ver con la circulación de células tumorales en la sangre periférica. Cuantas más sean, más empiezan a dañar el hueso. Comienzan los síntomas. Es el estado maligno”.
No es la primera investigación en la que Paiva mira los estados iniciales de la enfermedad. Hace dos años estudiaron a 300 pacientes con mieloma múltiple para estudiar el momento intermedio entre la gammapatía, cuando ya hay algo de carga turmoral pero no hay síntomas, y la enfermedad como tal. “Pero vimos que hay que remontarse más, hasta el mismísimo origen de la enfermedad”.
Esa es la forma de anticiparse al futuro y ofrecer con antelación tratamientos que sean específicos. “Pensemos en un paciente del que sabemos que tiene un 80% de desarrollar la enfermedad en dos años. Podríamos aplicar un tratamiento eficaz en esas etapas”, apunta Paiva, que señala que a la larga esta estrategia es más barata que la que se aplica ya en pacientes que han desarrollado el mal.
“¿Qué es más caro? ¿Una inversión costosa en un tratamiento durante dos años que pudiera erradicar la enfermedad o anular su riesgo de progresión o esperar a que la enfermedad se manifieste y empezar con tratamientos también caros que a veces deben aplicarse después de una recaída?”
UN MODELO HÍBRIDA
Paiva insiste en que investigaciones novedosas como estas y el éxito obtenido a la hora de obtener la financiación tiene mucho que ver con el trabajo que han desarrollado en los últimos años en el CIMA y en la formación de un grupo que el científico no duda en calificar como “algo singular en España y en el mundo”.
”La clave es que se trata de un modelo híbrido, que combina el laboratorio diagnóstico y el de investigación. Por un lado tenemos vocación de servicio asistencial. Nos dedicamos a hacer citometrías de flujo (una técnica por la que se mide el número de células y sus características en una muestra de sangre) que ayudan a los diagnósticos y los seguimientos de pacientes de neoplasias hematológicas (enfermedades malignas de la sangre, los ganglios linfáticos o la médula ósea) como leucemia o linfomas. Pero esos mismos laboratorios se dedican a investigar, sobre todo para optimizar las herramientas de diagnóstico que ponemos a disposición de hospitales y de la industria farmacéutica”, explica Bruno Paiva. “Es un círculo virtuoso. La buena actividad clínica permite hacer buena investigación y con la buena investigación se mejora la actividad clínica y se contribuye a la sociedad”.
En la primera planta del CIMA, explica el científico, han conseguido unir en un mismo espacio unidades de diagnóstico integrado, desde la citometría de flujos a la genética, con laboratorios de investigación “potentes en ese mismo área”. De esos ocho laboratorios, con 26 investigadores (cuando comenzaron en 2013 eran 7) unos se centran en el diagnóstico y otros en la investigación hematológica. “Eso nos permite colaborar mucho, evitar redundancias, acumular conocimiento e ir mucho más rápido en la investigación. Es la forma de poder pelear con los norteamericanos y con otros grupos potentes de Europa”.