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Ciencia

Extinguir un pájaro es matar un bosque

Un curso de verano celebrado en Pamplona ha analizado las mil interacciones que se dan en la naturaleza entre todas las especies y ha puesto de manifiesto, por ejemplo, que la pérdida de fauna perjudica la reproducción de árboles y otras plantas

Un ampelis americano, un ave frugívora, comiendo en un árbol
Un ampelis americano, un ave frugívora, comiendo en un árbolDivadan
Publicado el 08/09/2021 a las 06:00
Una serpiente llegó hace medio siglo a Guam, una isla del Pacífico, donde nadie la conocía. Los pájaros nativos no la temían y la serpiente les fue cazando hasta hacerlos desaparecer. De doce especies que vivían en la isla, extinguió diez. Y por si esto no hubiera sido poco y malo, al cabo de un tiempo se han dado cuenta de que también se habían reducido los bosques de la isla, que había menos árboles nativos y que les costaba más germinar lejos de sus padres. La culpable fue de nuevo esa serpiente, la arbórea marrón. No es que atacara a los árboles, claro. Lo que ocurrió es que sin pájaros, muchas plantas se quedaron sin nadie que dispersara sus semillas, que se comiera sus frutos y expulsara sus pepitas lejos, en lugares nuevos donde poder germinar y crecer. Esa serpiente, uno de los ejemplos palmarios de especie invasora, se ha convertido también en una muestra más que ilustrativa de cómo en la naturaleza todos dependen de quienes tienen a su alrededor, de que las plantas se juegan su futuro en los animales con los que se relacionan, y al revés. La llamada defaunación, la desaparición o disminución de especies animales redunda en perjuicios en bosques y plantas. Con la misma lógica, si alguien se propone regenerar un bosque o un hábitat, debe contar con los animales que benefician a esas plantas.
Estos temas salieron a relucir la semana pasada en el Museo de Educación Ambiental de Pamplona, en un curso de verano titulado Biodiversidad, interacciones bióticas y funciones ecosistémicas, organizado por el Grupo de Ecología y Medio Ambiente de la UPNA. En ese escenario, Isabel Donoso Cuadrado, investigadora en el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados de Mallorca, sacó a colación otro ejemplo que ocurrió también en las Marianas, el archipiélago donde está Guam, donde se dieron cuenta que las islas donde habían desparecido las aves dispersoras se había esfumado un chile, “un tipo de pimiento que era muy importante a nivel cultural”.
Arboles, arbustos y otras plantas fían su reproducción a otros animales que las trasladan lejos de donde crecen sus padres, muchas veces un sitio ya lleno que no deja opciones de crecer a la semilla. La dispersión, cuenta Isabel Donoso, ayuda a encontrar nuevos hábitats y en tiempos de cambio climático, pueden ser su forma de escapar de terrenos que se están convirtiendo en difíciles para ellos. Donoso ha estudiado sobre todo la acción de las aves frugívoras, que se alimentan de frutas. “Al comerse la pulpa, los animales cambian las condiciones de la semilla y con sus ácidos favorecen que germine”, explica la científica, que hizo su doctorado en Asturias y después ha investigado en Alemania.
Sin embargo, hay otros muchos animales implicados en ese traslado de semillas. “Se suele pensar en aves o mamíferos, pero también lo hacen las hormigas, que son muy importantes, los murciélagos o los peces. Es un proceso global que abarca desde escarabajos a grandes herbívoros, que no solo comen las semillas, sino que las transportan pegadas en el pelo”. La investigadora ha participado en un trabajo que se publicará próximamente en Estados Unidos y que constata que el 52% de las semillas a nivel global las trasladan animales. En las zonas tropicales ese porcentaje puede llegar a un 80 o un 90%, con un protagonismo especial de los animales de mayor tamaño.
Con esos datos sobre la mesa, no es extraño que la defaunación, el término que acuñó el mexicano Roberto Dirzo para definir las pérdidas globales o locales de animales, “bien sea por extinción o por disminución”, sea motivo de preocupación. “Las pérdidas no son aleatorias, sino que hay especies más proclives, sobre todo las de mayor tamaño, más afectadas por la pérdida de hábitat o la caza, por ejemplo”, apunta Donoso. Dos estudios en los que participó esta investigadora en Sudamérica, uno en bosques de Perú, y otro a lo largo de los Andes, en los que mezclaba la observación sobre el terreno y la elaboración de modelos hipotéticos y simulaciones, les confirmaron que el declive de animales de gran tamaño redundaba para mal en la abundancia y la diversidad de plántulas (semillas que justo acaban de germinar) y también en el tamaño medio de las semillas. “Hay algunas grandes que solo pueden dispersar animales también grandes”. También vieron que había menos de esas pepitas que viajaban largas distancias.
“La dispersión de semillas, a pesar de tener menos fama que la polinización, es un proceso muy importante”, con consecuencias no solo en la regeneración de los bosques, “sino también en otras derivadas como un menor almacenamiento del carbono o cambios en el ciclo de nutrientes como el nitrógeno”. Si no se cuida esa dispersión y a los animales que la protagonizan, apunta, “también los humanos perderán beneficios como la madera por ejemplo”.
RESTAURACIÓN
Isabel Donoso admite en todo caso de que hay señales de una mayor conciencia sobre la perdida de biodiversidad y la necesidad de restaurarla, un terreno sobre el que todavía queda mucho que aprender. “Cuando intentamos la restauración de un hábitat no solo tenemos que fijarnos en el número de especies que conseguimos recuperar. Se ha visto que los ecosistemas restaurados no acaban de conseguir funcionar, porque nos perdemos las interacciones”. Lo dice Ainhoa Magrach, investigadora del Basque Centre for Climate Change de Bilbao y también ponente en el curso de verano. “Nos encontramos con una gran complejidad. Por ejemplo, tenemos muchos problemas para entender la polinización, porque las interacciones entre las plantas y los insectos polinizadores cambian con el tiempo, según la abundancia de las distintas especies”, señala la científica. Magrach apunta en este sentido que muchos intentos de recuperar la polinización se han centrado en la abeja de la miel, cuando no es la especie “más eficientes”. “Existen 20.000 especies de abejas y en la Península Ibérica tenemos mil, de las que sabemos muy poco”. “Nos falta tener en cuenta la complejidad de la naturaleza, que todas las especies inteactúan con todas. Cuando se elimina una especie, no sabemos qué va a pasar”.
En todo caso, tanto Magrach como Donoso se muestran optimistas, aunque con moderación. “La ONU ha declarado esta década la de la restauración de los ecosistemas naturales. Falta información e investigación, pero se están aplicando técnicas de restauración: cantos de aves para atraerlas a zonas de arbustos, perchas para que los pájaros puedan posarse y facilitar la germinación de semillas, reintroducción de especies...”, dice Donoso. “Si las cosas se hacen bien, se pueden recuperar los hábitats. Eso sí, tarda. Además, si para que se recupere la biodiversidad de una zona hacen falta décadas, para que vuelvan las interacciones entre especies se tardan siglos”, advierte Magrach. La investigadora de Bilbao insiste en que no hay una receta única. “Lo que siempre hay que tener en cuenta es que para recuperar una especie, no basta con centrarse en ella, sino que debe pensarse en todo el hábitat, en las relaciones que tenía con otras especies”.
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