PROTAGONISTAS DEL ENCIERRO
Cuando el encierro duele y el alma pide alejarse de San Fermín
- María Jesús Amorena, viuda del fallecido corredor pamplonés Fermín Etxeberria, cuenta cómo vive ahora los Sanfermines


Actualizado el 12/07/2015 a las 06:00
Todavía le duele. Mucho. Aunque ya hayan pasado 12 años. Y más cuando una ciudad entera se lo recuerda con la intensidad que lo hace Pamplona durante 9 días año tras año. Hasta el nombre de las fiestas suena a él. "No puedo soportar quedarme en San Fermín. Me pueden los sentimientos", reconoce emocionada María Jesús Amorena. Es la viuda del veterano mozo pamplonés Fermín Etxeberria, que falleció por un golpe en el encierro el 8 de julio de 2003, a los 62 años.
Aquella mañana, como era habitual, corría en el tramo final de Santo Domingo hasta Mercaderes, cuando 'Castillero', uno de los toros de Cebada Gago, le golpeó en la parte trasera de la cabeza. 'Etxebe' sufrió un traumatismo craneoencefálico, que le produjo coágulos en el cerebro. Tuvo que ser intervenido quirúrgicamente y quedó en coma. Tras dos meses y medio en la Clínica San Juan de Dios, falleció el 24 de septiembre de 2003.
Quienes le conocían le describen como un "enamorado de su ciudad", "sanferminero de pro" y un "corredor nato" -"y muy amable, con espíritu joven y amigo de sus amigos", apunta su mujer-. Tal es así que lo primero que le dijo a su suegro fue que "nunca iba a dejar de correr, ni por María Jesús". "A mí no me gustaba que lo hiciese, sufría, pero yo no podía arrebatarle su momentico a un apasionado del encierro", indica Amorena.
UNA PAREJA EN BLANCO Y ROJO
Cuando María Jesús y Fermín empezaron a salir juntos tenían cerca de 13 años. Ya por aquel entonces él le regaló más instantes sanfermineros que bailes. "Cuando no iba al encierrillo nadie más que los pastores y cuatro abuelos, Fermín allí me llevaba. Y al encierro, y al vermú. De hecho, la primera vez que fui a los toros fue con él, a los 16 años. Tampoco nos perdíamos ni una de las cenas de la escalerica", cuenta nostálgica mientras le entran las prisas por alejarse de la ciudad y de las fiestas que durante muchos años le encantaron.
Tras colocar en el panteón de su marido "el pañuelico" y "claveles blancos y rojos, por supuesto", el 5 de julio, María Jesús cerró la maleta para intentar que las heridas que abrieron en su vida las astas de un toro escuezan menos. Porque "aún escuece, hasta doler".