San Fermín 2026
El hombre que rescató la gaita en Pamplona
Javier Lacunza Tolosana falleció hace tres meses. Estos Sanfermines echarán de menos la música de quien luchó para que la gaita volviera a sonar en Pamplona. Las imágenes y el sonido de la fiesta constatan que lo consiguió


Publicado el 06/07/2026 a las 05:00
El 11 de abril de este 2026 falleció Javier Lacunza Tolosana, músico, maestro de gaiteros y una referencia en la recuperación del instrumento en Pamplona. Su nombre, su rostro, han discurrido discretos por la senda de la cultura y el folclore en las últimas siete décadas, pero su legado se percibe ingente, sustancial. Una de las imágenes icónicas de los Sanfermines de la historia reciente llegaron de su mano y de la de un puñado de gaiteros más, que con el beneplácito del alcalde Julián Balduz y de la concejala Camino Oslé, decidieron salir a la plaza poco después del Chupinazo. Sin otra ambición más allá de tocar en el corazón de la fiesta, mirándola de frente. Pero en la trayectoria de Lacunza, esa salida desde el zaguán no es más que eso, una gota entre miles de partituras, de fiestas, de kilómetros, de alumnos, de sinsabores, de alegrías para un hombre que tocó, enseñó, divulgó, impulsó, investigó y hasta fue lutier.
Javier Lacunza resulta, en fin, una figura imprescindible para encuadrar la historia reciente de la gaita en Navarra. El libro ‘Gaiteros de en Pamplona y Gaiteros de Pamplona’, editado en 1993 por el Ayuntamiento de Pamplona, firmado por la banda municipal, explica, situado a mediados de la década de los 60 del siglo XX, que “la ciudad no genera gaiteros, puede sostener bandas, orfeones o incluso una sinfónica, pero es incapaz de producir no ya gaiteros, sino simplemente, gaiteros”. Y subraya el hito que protagonizaron los hermanos Lacunza, Fernando y Javier, en 1966, hace ahora 60 años: “Ocurrió algo que solo recordaban los más viejos de la ciudad; un par de gaiteros jóvenes, con su tamborilero, desembarcan en Pamplona y sus gigantes”. Tocarán con los estelleses Elizaga, Montero y Pérez. “Fernando y Javier Lacunza habían escrito una carta al ayuntamiento ofreciendo sus servicios como gaiteros y para su sorpresa el consistorio les aceptó encantado, en igualdad de condiciones que el resto de gaiteros”, señala el libro. Tiempo después, los hermanos Fraile y los Lacunza fundaron Gaiteros de Pamplona-Iruñeako Gaitariak.
UNA BIOGRAFÍA MUSICAL
Nacido en Bilbao, las raíces de Javier Lacunza Tolosana, su familia, estaban en Artajona, donde era tan querido y donde fue despedido en un funeral que fue el equivalente a un sentido homenaje del pueblo. Contaba 82 años .
En 2016 recibió un homenaje en la misma plaza del Ayuntamiento, el 6 de julio, por sus 50 Sanfermines con la gaita en la ciudad. Ocho años después, en 2024, Pamplona celebró el centenario del encuentro de gaiteros que había congregado en la ciudad a instrumentistas locales y foráneos. Para entonces, la gaita vivía su declive en la capital navarra, donde apenas había músicos que la tocaran. Describe de manera detallada la situación el libro ‘Gaiteros de Pamplona y Gaiteros en Pamplona’. En el siglo XX los Lumbreras, Salanueva y de manera crepuscular Moreno y Mondéjar aseguran la pervivencia del instrumento. El último gaitero local fue Jesús Mondéjar Cruz, quien en cierta manera puso el cordón umbilical para que el instrumento no se diluyera en la historia. Hacía pareja con su hijo, Jesús María Mondéjar Induráin, al tambor, entrañable personaje pamplonés conocido como Tocamari. Les acompañaba Felipe Induráin Iparraguirre, cuñado del padre de los Mondéjar.
El relevo llega de la mano de gaiteros de Estella, hasta que en 1970 se ponen las bases de los actuales gaiteros de Pamplona, vinculados a la actividad cultual del ayuntamiento. Los hermanos Fraile, José Luis, Mikel y Elena forman otra saga en esta nueva era. Pero hacía ya 17 años que Mondéjar había fallecido y quedaba entonces un solo gaitero en Pamplona: Manolo Lizasoáin, si bien no participa ya de la música en la calle. De este modo, explica, fueron los hermanos Lacunza, con los Fraile, quienes trabajaron para recuperar el instrumento entre los pamploneses.
En seis décadas moldearon una e las imágenes más icónicas de todas las fiestas, la del 6 de julio en los primeros compases de los Sanfermines, justo después del Chupinazo, gaiteros abigarrados, rodeados de miles de manos al cielo. Tras la Biribilketa de Gainza con los txistus, cientos de gaitas salen a la plaza del Ayuntamiento para apaciguar a tantas almas sedientas de fiesta. Ellos han sido capaces de convertir en pura goma, de deshacer a base de música, el adoquín más duro de la ciudad.

