San Fermín
Joe Distler, 55 años corriendo en el encierro: "En 1968 no sabía en qué dirección correr"
Aunque nacido en Brooklyn, una parte de este corredor del encierro pertenece a Pamplona. A esta ciudad y sus fiestas ha consagrado gran parte de su vida. Ha sido corneado en dos ocasiones


Publicado el 14/07/2024 a las 10:35
Joe Distler pregunta si es necesario que aparezca su año de nacimiento. Sí. Lo es. Pocos corredores, ni siquiera los navarros más divinos y veteranos, pueden presumir de una experiencia tan dilatada ante los astados en San Fermín. Y en sentido literal. Como se ve en las imágenes que acompañan a este reportaje, Distler es un tipo valiente, que se la juega en cada carrera, con sustos incluidos. Este 2024 será el año número 55 de su trayectoria como corredor. “He corrido en cada encierro desde hace más de 50 años. Solo me perdí un año porque llevé a mis hijas a su lugar de nacimiento, China”, escribe desde París, donde vive desde hace más de una década.
Joseph Distler nació Brooklyn, Nueva York. En uno de los correos que envía asegura que llegó a este mundo en 1952. Internet da otra fecha bastante anterior. Olvidemos su edad. “Llegué a Pamplona por primera vez en 1968 (en otras entrevistas ha dicho que fue en 1967) con 240 dólares en el bolsillo. Una peseta equivalía a 150 centavos de dólar. Y un vaso de vino en el Fitero costaba 10 pesetas. Mi habitación en Casa Marceliano, diez dólares la noche. ¡Creí haber muerto y que había aparecido en el paraíso!”, comienza su relato.


Distler tiene un recorrido profesional rico, ya sea como profesor de literatura, empleado en una agencia de publicidad o como empresario de hostelería, “propietario de varios bares y restaurantes en Manhattan”, según precisa. Hace poco más de una década, vendió los establecimientos de la Gran Manzana y se trasladó a París con su mujer, Nancy, y sus hijas Emma y Morgan. “Todas ellas son aficionadas a los toros. Morgan ingresará en la escuela de veterinaria pero entiende la nobleza de las corridas”, se apresura a aclarar.
AQUELLAS FOTOS DE ROBERT DALEY
Joe Distler va diseminando su relación con Pamplona y San Fermín en multitud de correos. A veces cuenta el mismo episodio con distintos matices. E insiste en que su historia está contada ya. Y así es. Hasta le dedicaron un documental en 2002, The runner (el corredor), obra de Esteban Uyarra. Pero la suya es una historia viva, que alimenta año a año en Pamplona, y que se inició a mediados de los 60 cuando cayó en sus manos un libro. ¿Sobre los Sanfermines, sobre el arte de la tauromaquia, Hemingway quizás? Pues no. “Era un libro de Robert Daley, titulado Las espadas de España. En él había fotos de hombres corriendo delante de los toros. Recuerdo coger el metro a diario. No podía creer que existiese un lugar en el mundo en el que un evento así pudiese tener lugar”, confiesa. Así es el azar: un sable español puede plantarte delante de un toro en la Estafeta. Después llegaría la lectura de Hemingway y The Sun also rises (Fiesta). Pero todo empezó con el libro de espadas de Daley.


Volvamos a ese primer encuentro de Joe Distler con las fiestas de San Fermín. Estamos en el año 1968. España sigue bajo la dictadura de Franco mientras se extiende en Europa y América una nueva revolución cultural y juvenil a golpe de adoquín y música psicodélica. Distler era un muchacho al que muchos pamploneses de entonces considerarían un hippie. “La primera noche dormí debajo de un coche, cerca de la iglesia de San Cernin”, relata. Casa Marceliano debió de llegar más tarde. “Cuando desperté al día siguiente, no podía creer el increíble mundo con el que me había topado. Mujeres hermosas, gente bailando en la calle y vino a diez pesetas el vaso. ¡Tío, aquello era el Nirvana!”, escribe desde París.
Pero a Distler le había traído a Pamplona el encierro. “Un hombre me llevó hasta la plaza de toros. Así supe en qué dirección correr cuando empezase el encierro”, prosigue. Aquel hombre era Antonio Campión, un gran corredor que se convertiría en uno de esos amigos “para toda la vida”, según matiza. En aquel 1968, el encierro era a las 7 de la mañana, una hora antes que en la actualidad. Cuando estalló el cohete, Distler era uno de los primeros en entrar a la plaza de toros. “Vi entrar a los toros en la plaza casi me da un infarto. Eran enormes, demasiado. Decidí irme de Pamplona”, asegura.
Destino: San Sebastián/Donostia. A mitad de camino, Distler se lo piense mejor. Media vuelta. Volvía a Pamplona. “¡La adrenalina se me había disparado!”, cuenta. Necesitaba una experiencia iniciática de verdad con el encierro. “La mañana siguiente me situé en la esquina de la calle Espoz y Mina. Cuando pasaron los toros, no podía respirar. Pero aquellas montañas negras gigantes en movimiento me engancharon”, reconoce. El veneno de los encierros había entrado en su torrente sanguíneo. Ya no había vuelta atrás. Y ya son 55 años. “Hasta el día de hoy no hay nada más emocionante en mi vida que estar en la calle a las 8 de la mañana esperando ese cohete que es la vida”, confiesa.
DOS VECES CORNEADO
El encierro le ha regalado muchas cosas a Joe Distler. Lo más importante, las relaciones humanas, el contacto con otros corredores y las amistades que ha forjado después de carreras llenas de valor, como demuestran las imágenes de este reportaje. Porque también se ha llevado lo suyo. “Me han corneado dos veces, me he roto varias costillas y tengo una prótesis de cadera como consecuencia del atropello de un toro. Cualquiera que corra durante un tiempo, sabe que tarde o temprano puede resultar gravemente herido. Correr el encierro no es un juego, es algo peligroso. Y como tantos otros eventos peligrosos, ¡es lo que los hace tan atractivos!”, sostiene Distler.
Nuestro protagonista insiste en hablar de las amistades que ha forjado en todos estos años. Porque en aquellos primeros encierros, él veía -desde fuera- la relación de nobleza y complicidad entre los corredores más veteranos. Primero fue a buscar a Matt Carney, un corredor irlandés-estadounidense, que James A. Michener citaba en el libro Iberia. “Lo conocí en el bar Txoko. Enseguida me tomó bajo su protección al ver a otro americano que quería aprender el arte de correr el encierro tal y como él había hecho”, relata. Carney le presentó a Atanasio, un clásico pamplonés, y los tres corrieron durante las décadas de los 60 y 70 en la Estafeta.


Hasta que un día, después de muchos años, Distler comprendió que era un corredor más. Y los demás se lo hicieron saber. “Llevaba ya varios años corriendo el encierro. Aquella mañana se me acercó un grupo liderado por Antonio Campión y que incluía a Miguel Ángel Eguíluz, Javier Solano, Tito Murillo, Chema Esparza, Jokin Zuasti y Julen Madina. Se me acercaron antes de la carrera y me desearon suerte. ¡Ese gesto y ser aceptado como igual por esos Maestros fue como recibir un Premio de la Academia!”, exclama.
“Un hombre en los Juegos Olímpicos corre 100 metros y se le considera genial. Muchos de nosotros corremos cien metros pero con un Toro de 600 kilos detrás. ¿No somos grandes deportistas?”, se pregunta Distler. Y sigue citando a sus correligionarios del encierro: Tim Hatfield, Glenn Mc Indewer, Jesse Graham, Miguel Ángel Castander, David Rodríguez, Juan Laguna, Pitu, Tom Turley... Joe Distler no quiere que nadie quede fuera. Estos Sanfermines volverá a su piso de la calle Zapatería, consagrado al encierro, una especie de santuario de un arte que conoce bien y que le ha llevado a publicar artículos en The New York Times o en True Magazine. También ha coeditado dos libros sobre el encierro: San Fermín corre al sol, con fotos de Jim Hollander, y Toros de Pamplona.

