Encierro
Alberto Guillamón, aplastado por un miura en la curva de Mercaderes: "El toro me ha podido dar dos o tres cornadas"
El veterano corredor de Onda (Castellón) Alberto Guillamón Salazar fue aplastado contra el vallado de Mercaderes por un ‘miura’ de 620 kilos


Actualizado el 14/07/2024 a las 15:31
Un varetazo en una pierna y dolorido con un fuerte golpe en la espalda, Alberto Guillamón Salazar, castellonense de Onda de 69 años de edad, celebró no haber sido herido de gravedad en el encierro de este domingo 14 de julio. Vestido con una camiseta a franjas roja y blanca con la imagen impresa de su hijo fallecido, su cuerpo quedó a merced de Chirrino, un miura de imponente alzada y 620 kilos que le empotró literalmente contra la valla de la curva de Mercaderes. Por unos milímetros se libró de ser empitonado. “Me ha podido pegar dos o tres cornadas. Los pitones me han pasado por la cara, por el pecho, por todos los sitios”, relataba con calma a las casi tres horas de sufrir un susto difícil de olvidar. La escena sobrecogió el corazón a los espectadores más próximos y a los acercados hasta Pamplona por el poder de difusión de la televisión.

Al igual que días anteriores, el veterano corredor de Onda aguardó en la curva subido al tercer peldaño del perímetro protector. Ocupó un lugar debajo del pastor Miguel Reta. “El primer toro venía pegado a la valla. Dudé: Salto o no salto. Puse el pie en el primer peldaño y me subió hacia arriba”, explicó.
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La fuerza del burel le sostuvo suspendido entre las astas. Entre gritos y ojos desorbitados de espectadores que pensaban en una desgracia, como cada vez que un miura se queda solo y se encela con su víctima, el hombre sobrevivió a unos segundos que se hicieron eternos. “Ha sido tan fuerte que me ha aplastado un toro de 600 kilos. Me ha bailado lo que ha querido y menos mal que se ha levantado”, apostillaba.
Pudo salir con sus pies y no precisó de traslado al hospital. Magullado como estaba, sus pantalones quedaron hechos jirones. Los servicios sanitarios se interesaron por su estado a la vista de la escena tan espectacular como sobrecogedora.
LAS CENIZAS DE SU HIJO
Por lo que narró, nunca hasta ayer “había cobrado tanto”. Sí que sufrió “una cornada en el tramo final de Estafeta”. Con 52 años “subiendo” -como dice- a Pamplona para dar rienda suelta a su afición con los toros, piensa regresar en la próxima edición si las condiciones físicas le acompañan, confiesa.
“Mareado”, agregó, por las llamadas continuas a su móvil tras ser reconocida su imagen en televisión, esperaba a un amigo para llegar a tiempo a ver torear a su sobrino, Mateo Ferris Prades (Onda, 1983), en una novillada sin picadores en la localidad castellonense de Villafranca. Tío y sobrino visten de normal en el encierro los mismos colores, con una camiseta de franjas verticales roja y blanca. El sobrino pidió permiso para lucir el atuendo que portaba su primo, fallecido en accidente. Su recuerdo permanece indemne en cada espectáculo taurino en el que participan sus familiares. Parte de sus cenizas están en un colgante que porta su padre en cada carrera. Ayer cuando fue arrollado en la curva de Mercaderes lo llevaba puesto.
La memoria familiar conserva aquella escena de hace 27 años cuando padre e hijo -los dos con el nombre compartido- condujeron a un toro de la ganadería de El Pilar que había quedado rezagado. Aquella maniobra de destreza en el callejón, comentada por Javier Solano en la retransmisión, quedó en una anécdota que llena de orgullo al progenitor. Ayer acabó magullado pero feliz por salir airoso de un percance que podía haber acabado en una desgracia. San Fermín extiende su capote hasta el final.