San Fermín 2024
Esto es lo que ocurre en el cerebro de un pamplonés durante el Chupinazo
Todo lo que sube, baja. Y el chupinazo es el subidón por excelencia de las fiestas. Pero hay que bregar con ocho días más de intensidad


Actualizado el 05/07/2024 a las 08:53
Jorge Santiago López Martínez se presta pronto a ofrecer su testimonio especializado, pese a advertir que no nació en Pamplona (tampoco revela de dónde es ni cuándo nació). Lo cierto es que el hecho de haber nacido en la ciudad de los Sanfermines o en Navarra tampoco garantiza un amor indestructible por las fiestas. Como se sabe, son muchos los pamploneses que huyen a Salou o a cualquier otro lugar, lejos del bullicio non stop de nueve días de fiesta. Jorge S. López no es de Pamplona, pero tiene uno de esos currículum abrumadores. Es médico y doctor en Psicología, formado en Madrid, con una trayectoria larga de investigación, que le ha llevado hasta la UPNA, donde trabaja actualmente.
Le planteamos un doble reto: analizar el chupinazo desde el punto de vista de la psicología social y también desde el médico. ¿Qué ocurre en el cuerpo y en la cabeza de una persona entregada a la locura festiva del 6 de julio? “El chupinazo es el ritual de partida para incorporarse a un evento colectivo lleno de significado que dura mucho más que otros. Las personas se unen a una celebración compuesta de costumbres, cantos, ritos, vestimentas y otros muchos elementos que ya han sido construidos y dotados de un sentido positivo y a los que puede acceder incluso aunque seas un recién llegado o un visitante. La homogeneidad estética y la participación en los espacios y ritos compartidos da precisamente esa sensación de pertenencia a algo común”, introduce.
¿Y qué estalla en el cerebro en ese momento de hermanamiento y desinhibición? “Por una parte se activan mecanismos que tienen que ver con la euforia y las sensaciones positivas, se segrega una gran variedad de neurotransmisores relacionados con los centros del placer como las endorfinas o la dopamina. Los sentimientos positivos producidos por el contacto social activan estos mecanismos y una vez están activados se favorecen más las percepciones positivas y la búsqueda de formas para hacer que continúen”, detalla.
LOS MECANISMOS DE ACTUACIÓN
Y así se crea una especie de circuito de sensaciones: pensamientos positivos, refuerzo de la autoestima, búsqueda del contacto positivo con otros, aumento de la percepción positiva y reducción de la negativa, según describe el profesor. “También se ponen en marcha mecanismos fisiológicos de activación, mucho más todavía si en los días posteriores se enfrentan situaciones de desafío, como los encierros; estos mecanismos activan unos sistemas que conllevan la secreción de hormonas como el cortisol o la adrenalina. Aceleran nuestro organismo (suben la frecuencia cardíaca, la presión arterial, aumentan los niveles de alerta del cerebro) y ponen a disposición nuestros reservorios internos de energía”, continúa.
Según la descripción que hace el doctor y psicólogo, esta situación hace que las personas estén más preparadas para reaccionar “ante situaciones desafiantes, pero también consume muchos más recursos”. Y aquí ocupa un lugar importante el alcohol, que corre a raudales por Pamplona durante la fiestas. “El alcohol es un tóxico que deprime el sistema nervioso. Lo que sucede es que lo primero que inhibe en nuestro cerebro son los mecanismos de autorregulación y control. Por ello, uno de los primeros efectos que tienen el consumo de alcohol es la desinhibición”, detalla. En el lado contrario, si el entorno se percibe como negativo o amenazante, “se hacen mucho más probables las conductas de defensa o agresión”. Las de Pamplona no son unas fiestas especialmente violentas. Suele primar el “buen rollo”, pero también deja algunas escenas de peleas que enturbian la fiesta.
Queda claro que el chupinazo es un momento de “subidón”. Pero las fiestas son largas. A la juerga del día 6 le suceden ocho días más con sus noches. Y todo lo que sube, baja. “Ni el cuerpo ni las relaciones aguantan la euforia y la activación sostenida. Los Sanfermines son excepcionales en su intensidad y duración, pero en cada uno de los días se alternan momentos de celebración colectiva con otros más reducidos en grupo o incluso individuales, y se alternan también momentos de exaltación o desafío con espacios de disfrute más tranquilos”, describe López.
'POBRE DE MÍ', PERO ALIVIO
Tanto es así que nuestro cuerpo llega a agradecer el final de las fiestas. “El ‘pobre de mí’ conlleva una expresión manifiesta de tristeza, pero en realidad tiene una dimensión no confesada de alivio, porque solo descansar y volver a la rutina permite que pueda añorarse de nuevo la llegada de los Sanfermines al año próximo”, continúa el doctor y psicólogo.
Con todo, si tiene un hijo o hija adolescente que tenga la idea -descabellada para muchos- de meterse en la plaza del Ayuntamiento el día 6 para vivir el chupinazo, Jorge López aporta algunos consejos para que todo termine bien. “Yo le diría que se rodee de gente que le cuide y a la que cuide, que lo viva con sus personas o amigos cercanos. Que vaya a disfrutar sabiendo el sentido que tiene la celebración, que está participando de algo muy preciado, y que lo haga respetando el lugar y la gente que acude. Que tenga claro que el alcohol es un mal compañero de viaje, que la fuerza del momento es suficiente para gozarla de pleno”, explica.
Y es que los excesos de los Sanfermines dejan huella en nuestro cuerpo y en nuestra cabeza. “Nuestro cerebro y todo nuestro cuerpo necesita el descanso para reparar los daños de la actividad intensa y depurar los productos químicos de deshecho que se producen. La falta de sueño produce toxicidad cerebral porque no permite al cerebro depurar los metabolitos de deshecho. Si a eso se le suma el consumo de alcohol la toxicidad es aún mayor y aparece con el paso de los días la confusión, la falta de claridad o síntomas como dolores de cabeza. También es muy común la aparición de trastornos gastrointestinales, todavía más potenciados por la alimentación de escasa calidad y el alcohol”, concluye.
Este sábado, 6 de julio, Pamplona se zambulle en una fiesta única, que pone a prueba a nuestros cuerpos y a nuestras mentes, también a nuestras emociones. El doctor y psicólogo lo tiene claro: moderación.
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