San Fermín
Leontxi Arrieta vive todavía en el chalet junto a la plaza de toros en el que convivió con Hemingway
Convivió con el escritor en los Sanfermines de 1959, los últimos de Hemingway, en la misma casa en la que nos recibe. Arrieta (92 años) recuerda anécdotas históricas: el escritor en paños menores o los crucifijos que desaparecieron


Actualizado el 11/07/2023 a las 09:49
Leontxi Arrieta Mendizábal, nacida en 1931, tenía 28 años cuando Ernest Hemingway se alojó en su casa. Fue en 1959, durante la última visita a Pamplona del escritor estadounidense. Leontxi sigue viviendo en este chalet pareado de la calle San Fermín número 7, muy próximo a la plaza de toros, de distribución abigarrada, repleta de recuerdos acumulados durante sus 92 años de vida. Nos recibe risueña, pero también dolorida por sus piernas. Se queja nada más vernos de una artrosis que le ha postrado en una silla de ruedas. Le acompaña su fiel y atenta cuidadora Mary, que interviene en ocasiones en la narración de Leontxi para avivar una memoria envidiable y precisa. “Pero si ya lo he contado todo”, concede contrariada entre varios recortes de diferentes épocas de Diario de Navarra. “Él era grande y gordo. Y su esposa, Mary Welsh, una bendición de mujer. Se hizo un esguince y no se movió de la cama en dos o tres días. Vinieron con otra pareja. Eran altísimos”, rememora. Todo ocurrió entre estas paredes. Impresiona.
Pero antes de bucear en sus recuerdos, algo de contexto. Durante los años 20, Hemingway reside en París, lo que le permite visitar Pamplona en Sanfermines durante varios años: de 1923 a 1927, 1929 y 1931. Su última visita de aquella primera etapa coincide con el advenimiento de la República (Pla dixit), el 14 de abril de 1931, solo cinco años antes del golpe de Estado de Franco y del inicio de la Guerra Civil española. Hemingway, como se sabe, se posicionó sin ambages con el bando republicano, lo que le alejó de Pamplona y de España en general durante 22 años, hasta su siguiente visita -tras tantear y descartar posibles represalias franquistas- en 1953.
Pese a sus ideales románticos y progresistas, el perfil de Ernest Hemingway, como casi todo en su vida, es profundamente complejo. Hoy sería la aberración de lo que se ha dado en llamar el movimiento de ultracorrección woke. Se consideraba católico, más al final de su vida, y se esforzaba por serlo. Cuentan las crónicas sus visitas a la capilla de San Fermín en San Lorenzo para rezar al santo. Al mismo tiempo, adoraba los toros, la caza y la pesca. Era profundamente mujeriego, capaz de estar en Pamplona a la vez con su primera mujer, Hadley, y con su entonces amante y posterior esposa, Pauline. Y un bebedor empedernido, dotado con hígado a prueba de bombas que le permitió engullir ingentes cantidades de alcohol hasta el final de su vida.
En 1931, como recoge el propio autor en Muerte en la tarde, algo había cambiado en él. Sentía añoranza de aquella Pamplona pequeña y provinciana que había conocido ocho años antes, durante su primera y providencial visita a los Sanfermines. “Pamplona ha cambiado: han construido nuevos edificios de pisos en toda la extensión que llegaba hasta el borde de la meseta, así que ahora no se ven las montañas. Han derribado el viejo Gayarre y estropeado la plaza para abrir una amplia avenida hasta el coso taurino”. Nada que no pudiese resolver unos buenos lingotazos. “He descubierto que, si tomas una copa, todo sigue siendo más o menos como siempre. Ahora sé que las cosas cambian, pero no me importa. Todo ha cambiado para mí. Dejemos que todo cambie”, escribió el autor de Fiesta.
EUFORIA Y DEPRESIÓN
Volvemos al chalet de la calle San Fermín 7. Ernest Hemingway y su cuarta mujer, Mary Welsh, llegaron a los Sanfermines de 1959 acompañados de Bill y Annie Davis, la pareja que Leontxi Arrieta recuerda “altísimos”. “Aquella primera noche, les trajeron un paquete de fiambre”, precisa Leontxi. Ernest ya no era el joven vigoroso de los primeros Sanfermines. Desde 1954, cuando le conceden el Premio Nobel por toda su obra, es ya una estrella literaria e intelectual reconocida y admirada en todo el mundo. Hemingway seguía bebiéndose la vida a tragos, con cada vez más frecuentes episodios de depresión -producto de su trastorno bipolar- frente a los de euforia, más habituales cuando era joven (de acuerdo a la descripción de Antonio Civantos en Desmontando a Hemingway).
Aunque aquel 1954 fue un año de gloria en la trayectoria del escritor de Oak Park, también tuvo su dosis de annus horribilis, con dos accidentes consecutivos de avioneta en África. En el primero, el avión se trabó con un poste de electricidad y el piloto tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia. Ernest se golpeó en la cabeza y Mary Welsh, su esposa, se rompió dos costillas. La mala suerte hizo que la avioneta que acudió a socorrerles explotase en pleno despegue con consecuencias aún peores: Hemingway sufrió quemaduras y otro fuerte golpe en la cabeza, una herida abierta de la que se derramó líquido cefalorraquídeo.
El caso es que el Hemingway de 1959 estaba ya tocado, algo que no evitó intensísimas juergas, como demuestran las fotos. Cuenta Iribarren que el Nobel le pidió a su amigo Juanito Quintana que le buscase un “piso lejos del centro de la ciudad y del ruido nocturno de las fiestas, y Quintana le alquiló un chalet en la Media Luna y en el número 7 de la calle de San Fermín”. Aquella casa era la de Leontxi Arrieta, entonces de su padre, José Arrieta Lara, camisero histórico de los almacenes Unzu, en la calle Mercaderes, según detalla su hija. Localizar aquel hogar de los Sanfermines crepusculares de Hemingway fue gracias a las hermanas Guerendián, del restaurante Las Pocholas, y también por la mediación de Estanis Aranzadi.


“Juanito Quintana era el gran amigo de Hemingway, pero también parecía su perrito faldero. Era él quien le traía un balde lleno de hielo, porque no teníamos frigorífico, y de botellas de vodka. Alquilábamos las habitaciones por separado para sacar unas pesetas. Pero cogieron las tres”, rememora Leontxi. En efecto: los Hemingway y los Davis alquilaron toda la planta superior del chalet. Cada matrimonio en una habitación y una tercera, convertida en guarida del escritor. “Nos pidieron que retirásemos los muebles y que dejásemos un diván o un sillón turco y una mesa. La quería para escribir”. Leontxi se detiene a veces para recordar detalles y nombres. Casi susurra y se queja. Cuando recupera el hilo, dispara un chorro de voz y gesticula con énfasis. Todos escuchamos.
Leontxi no puede obviar la anécdota que ha pasado a la historia y que vivió una de sus tres hermanas. Ocurrió una de las soporíferas tardes de aquellos Sanfermines. Una de las hermanas Arrieta subió un té a la sala de trabajo de Hemingway. Se lo encontró “desnudo” en la habitación. Como puntualiza el Ayuntamiento de Pamplona en sus páginas de turismo, el escritor solía escribir de pie y vestido únicamente con unos calzoncillos. Pero estamos en la pacata Pamplona de l959 y para la hermana Arrieta, el escritor estaba desnudo.
“Es que a nosotras, nuestro padre no nos dejaba ir por ahí. Tuvimos que hacernos voluntarias de la Tómbola para poder salir un poco de noche”, recuerda Leontxi entre las risas de sus atentos oyentes. Y en ese contexto, hay otro episodio que tanto escandalizó a la familia Arrieta-Mendizábal que incluso llegaron a llamar al párroco de San Francisco Javier. Los Hemingway y sus compañeros, el matrimonio Davis, retiraron todos los crucifijos que figuraban en las estancias. “Los metieron en el cajón. Nosotras llamamos al párroco José Manuel Pascual Hermoso de Mendoza y nos preguntó si los habían tirado a la basura. Le dijimos que estaban en un cajón y nos dijo que no nos preocupáramos”, cuenta Leontxi Arrieta antes de despedirnos con una sonrisa abierta y franca.


Los días felices en el hotel Ayestarán (1953)
Burguete, Aoiz y Lekunberri son las tres localidades, más allá de Pamplona, que Hemingway frecuentó durante sus visitas Sanfermineras. El de 1953 fue el año del retorno a Pamplona del escritor estadounidense, un año antes de su premio Nobel de literatura, y después de 22 años de ausencia, tras la Guerra Civil y los primeros años del franquismo. No sin cierta épica, Hemingway recordaba su paso de la frontera a bordo de un poderoso y nada discreto Lancia Aurelia. Llegaron a España sin contratiempos después de que Hemingway se asegurara de que no se producirían represalias contra su persona y en un momento en el que el régimen dictatorial de Franco trataba de estrechar lazos con Estados Unidos.
El caso es que, como era habitual, Ernest -que acudía acompañado de su cuarta mujer, Mary Welsh, y de dos amigos italianos- le pidió a Juanito Quintana que le consiguiera habitaciones para aquellos Sanfermines. Pamplona tenía por entonces 85.000 habitantes y sus fiestas ya eran un reclamo universal y masivo. Quintana no consiguió habitaciones en ningún hotel de la capital y decidió instalarlos en el hotel Ayestarán de Lekunberri.
Nos desplazamos hasta el hotel, donde nos recibe María Jesús Ayestarán Oquiñena (1968), hija de los propietarios que acogieron a Hemingway en este apacible establecimiento fundado por sus abuelos en 1912 y ampliado en 1931 por el ubicuo Víctor Eusa. “El hotel está tal y como lo conoció Hemingway. Su habitación era la 126 y siempre desayunaba en la rotonda del hotel, con vistas a lo que ahora es la pista de tenis”, explica la directora.
La rotonda es la estructura semicircular en la que desemboca una enorme galería. Frente a ella está el comedor, con columnas que son árboles de ramas retorcidas, lo que da a la sala un atmósfera de cuento. “Hemingway tampoco era el cliente más famoso”, continúa Ayestarán. Nos muestra el registro de huéspedes de aquel 1953. Unas páginas antes de la del escritor estadounidense -con sus ginebras, sus vinos y sus aguas de Vichy- se encuentra la del entonces príncipe Balduino de Bélgica. ¿Se lo imaginan? Un futuro rey y un inminente premio Nobel de literatura coincidiendo casualmente en Lekunberri.
Ayestarán cuenta otras anécdotas de la estancia de los Hemingway, que se prolongó durante todos los días de San Fermín. “Solían bajar de la habitación con una toalla mojada al cuello. Supongo que sería para las resacas”, se aventura María Jesús. Otra anécdota revela su debilidad por las mujeres. Según cuenta Ayestarán, dos jóvenes italianas que se encontraban en Lekunberri reconocieron el ostentoso vehículo aparcado en el exterior del hotel. Pidieron a los empleados saludar al rutilante escritor. Uno de ellos se lo comunicó a “papá” Hemingway. “Y él les dijo: si son guapas, que suban a la habitación”, cuenta María Jesús. Al empleado así debió de parecerles y las italianas subieron a la habitación. El 14 de julio dejaron el hotel y abonaron una cuenta de 1.682 pesetas, poco más de 10 euros.


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