El montón les unió

Bill Hillmann evacuó al peor pronosticado del tapón de 2013. Conoció a su mujer por unas palabras cruzadas sobre ese día

Bill Hillmann y Paula Andión, ante un manso en una finca dela ganadería de Adrián Domínguez, en Funes
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Bill Hillmann y Paula Andión, ante un manso en una finca dela ganadería de Adrián Domínguez, en Funes
Bill Hillmann y Paula Andión, ante un manso en una finca dela ganadería de Adrián Domínguez, en Funes

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Natxo Gutiérrez

Publicado el 06/07/2023 a las 06:00

Bill Hillmann, el corredor de los 101 encierros en España que ha compilado en un libro, editado por ahora en inglés (The Pueblos), sintió peligrar la vida del vitoriano Jon Jerónimo Mendoza Ruiz, al que ayudó a evacuar a la enfermería de la plaza de toros tras sufrir un episodio de asfixia. 

“Fue el peor día de los encierros”, sostiene con las imágenes retenidas en su memoria de un trance, que, por fortuna, no acabó en tragedia. Con 18 años acumulados en la carrera más internacional de Pamplona, regresa a ese amanecer de luz que quedó eclipsado por una escena sobrecogedora que no se ha despegado de la capa más profunda de sus emociones.

El joven vitoriano, el peor pronosticado, “no podía respirar, pero sentí que estaba peleando por la vida”. De alguna manera, percibió el hilo que le unía a la vida al palpar con sus manos su cuerpo amoratado. El espíritu aventurero, entusiasta y romántico del corredor estadounidense, de 41 años de edad, hoy catedrático de escritura en Easte-West University de Chicago, quedó marcado.

Seis años después de aquella experiencia, imposible de olvidar, halló un espejo en el que mirar y sanar su propia herida emocional que, como otros corredores, sanitarios y espectadores, dejó el montón. El encuentro con Paula Andión Zabalza, nacida hace 24 años en Pamplona, perteneciente en ese momento al equipo de la operadora turística Northern Spain Travel, tuvo un efecto curativo sobre aquella impresión enquistada. Bill sintió la comprensión de alguien que, sin ser corredor, sufrió como él el espanto del montón.

Las primeras palabras entrecruzadas entre ambos remitieron a aquel impacto. Él dice que aquella conversación le hizo reparar en que “la cultura del encierro” no es exclusiva de los corredores. Excede de su ámbito para ser compartida con Pamplona entera.

Cuando en aquel primer diálogo desnudó sus sentimientos ante la que hoy es su mujer y escuchó de ella palabras de desconsuelo y tristeza, estuvo a punto de emocionarse. El corredor de los 101 encierros cayó en la cuenta del significado profundo del encierro. “No sabía lo grande que es para Pamplona”. Sólo cuando entabló esa conversación comprendió que no estuvo solo, “que había personas como yo que habían estado sufriendo por Jon Mendoza”.

El contacto inicial, aunque fuese por una desgracia compartida, ensanchó un cauce de amistad que acabó cuajando en un compromiso.

El pasado lunes Bill y Paula celebraron el primer aniversario de su enlace matrimonial, con su intención de regresar estos días a Pamplona donde él espera correr delante de los toros, que le han proporcionado satisfacciones pero también dejado marcas en su piel.

DOS CORNADAS EN 2014

Hace seis años, postrado en una cama de hospital, ofrecía un mensaje de tranquilidad a los interesados por su estado de salud tras sufrir una cogida en la cuesta de Santo Domingo. Debió ser intervenido de una herida de 8 centímetros en el glúteo.

No alcanzó la gravedad de las padecidas el 9 de julio de 2014, cuando recibió dos cornadas -una de ellas profunda en un muslo- en la curva de Telefónica. Entonces, un toro le enganchó y permaneció suspendido en el aire un segundo. Pudo ser peor. Mal herido en una pata, el morlaco siguió su camino. 

El estadounidense ha trasladado su experiencia en los encierros a los libros de Cómo sobrevivir a los toros en Pamplona y Corriendo con Hemingway. En esta ocasión, como de un guión de serie romántica se tratase, una desgracia, vivida de forma separada físicamente, fraguó su unión con una pamplonesa: “De alguna manera, el montón nos unió”.

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