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La fiesta

Los clarines del miedo

Ampliar Íñigo Salvoch
Íñigo SalvochDiario de Navarra
Publicado el 08/07/2022 a las 06:00
La tarde en la que el maestro Padilla nos abrió la puerta de su habitación, la 207 de un respetable hotel de la capital, vi reflejado mi pánico en su ojo derecho. El otro, el izquierdo, se lo había rebañado tres años antes un toro de nombre Marqués en Zaragoza. Pero en la cálida hora de la siesta de los Sanfermines de 2014 que hoy nos ocupa, Juan José Padilla había llegado a Pamplona con la vitola de héroe local. Así que no pude sino celebrar la invitación recibida junto al periodista Roberto Cámara, de Navarra Televisión, para presenciar el momento íntimo en el que el diestro se vestiría de luces y se encomendaría a toda su colección de santos y vírgenes, esparcidos sobre el escritorio de su habitación en una improvisada capilla.
-No le contéis nada al maestro, ya sabéis que entre los toreros hay mucha superstición y esto le puede causar una inquietud innecesaria -nos suplicó antes de llamar a la puerta el escritor pamplonés Fermín Urbiola, quien ejercía de cicerone en la visita-.
Así que recompusimos el gesto y le evitamos a Padilla el relato de cómo minutos antes nos habíamos montado siete personas, incluidos un cámara de televisión y un fotógrafo, en un ascensor cuyo aforo máximo era de cuatro. Una temeridad que derivó en la versión sanferminera del camarote de los hermanos Marx cuando el elevador se plantó con brusquedad en tierra de nadie. La asfixia y el amago de desmayo de una joven presagiaban lo peor, pero, de súbito, el montacargas gruñó y emprendió un trompicado descenso hasta liberarnos en un sótano del que si ya logramos escapar fue por puro afán de supervivencia. A pesar de todo, espantamos el gafe. Esa tarde, los clarines del miedo solo se oyeron en un fatigado ascensor y Padilla, de rojo rioja, alborotó la plaza con dos estruendosas faenas y oreja a cada uno de sus Fuente Ymbro, ensanchando para siempre los límites de su gloria pirata.
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