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Los 'no Sanfermines'

Los escenarios de la fiesta, mudos en un 6 de julio insólito

La prudencia vistió este lunes la ciudad en una víspera de San Fermín insólita y vació puntos habituales de la fiesta. El rojo y blanco rivalizó con la indumentaria multicolor de la rutina

Foto de la Plaza del Castillo, este año y el año anterior.
Imagen de la Plaza del Castillo, este año y el año anterior.
GOÑI / BUXENS
El 6 de julio de los 'No Sanfermines' de 2020. 231 Fotos
El 6 de julio de los 'No Sanfermines' de 2020.
Pamplona se enfrenta a su primer 6 de julio sin chupinazo desde 1938
Actualizada 07/07/2020 a las 08:12

Hubo detalles, como la indumentaria elegida o la existencia de huecos libres para aparcar en arterias que otros años sondeaban la paciencia de los automovilistas, que descubrieron Pamplona como una ciudad desconocida un 6 de julio. La cautela imperaba en el ambiente. La prudencia, contenida en la insistencia a guardar la distancia social y priorizar la seguridad y la salud, acabó cuajando, al extremo de silenciar escenarios que otros años eran hervideros humanos.

Puntos neurálgicos como un tramo de la avenida Roncesvalles, junto a Carlos III, o el paseo de Sarasate, permanecieron silenciados de la explosión festiva que en otras ocasiones sucedía como la pólvora al estallido esperado de la doce del mediodía. Este lunes, hora y media antes, Olga Navarro Ponce y Mario Hassler, residentes en la localidad francesa de Toulouse después de 14 años en Argentina, se interesaban por el monumento del Encierro. “El de hoy es un muy triste. Hemos querido estar aquí en un día especial”, decía ella. Nunca habían pisado Pamplona por estas fechas y prometían regresar en la esperanza de conocer y participar de la algarabía de la celebración. “La idea es volver”.

Su promesa no podía resumir mejor el deseo de la mayoría, ya fuesen pamploneses etiquetados con la vitola de toda la vida como visitantes obnubilados por una fiesta sin igual.

En el Paseo Sarasate se respiraba un doble lamento por la ausecia de la fiesta y de un elemento apegado desde hace 75 años a su esencia. Al tiempo de ser parte del paisaje de la celebración, la Tómbola de Cáritas es expresión de generosidad de Pamplona. “Lo de hoy da mucha pena, pero tiene que ser así”, reflexionaban dos mujeres. Desde su deseo de permanecer en el anonimato, no podían sino recordar el hábito de los últimos años de poner paz en su interior y su entorno con su decisión de tomar distancia de los Sanfermines.

Después del repique de las doce campanas y tras la sucesión de expresiones de alegría, las calles adyacentes de la plaza del Castillo -San Nicolás, Comedias o Estafeta- recobraron su pulso habitual. Lo hicieron sin la intensidad de otros años. En lo que no dejaba de ser una novedad para el día que era este lunes, no había impedimento que obstaculizase el tránsito relajado. Las losas del pavimento quedaban al descubierto sin el tropel del viadantes que negaba su visibilidad.

La plaza de los Fueros se quedó huérfana de las dantzas que arrancaban la programación de actividades. Desierta como se encontraba, si hubo algún alarde ayer fue el de la danza al sol interpretada por los haces luminosos que bañaron sus rincones.

La plaza en calma




No hubo invasión a la plaza del Castillo como la acostumbrada en años pasados con pañuelos en alto, cual mosaico que podía inspirar su sobrenombre de plaza Roja. El cordón dispuesto en cada boca que da acceso a su interior, regulado por Policía Municipal y Policía Foral, reforzó el mensaje disuasorio lanzado por las instituciones. El perímetro de seguridad fue la mejor defensa al tan temido asalto del riesgo pandémico. Los pañuelos, que se llegaron a ver anudados al cuello cuando una réplica de estallidos anunció las doce del mediodía y se escuchó un clamor repetido desde distintos balcones, no fueron tan cuantiosos como la obligada mascarilla. Supuso el complemento más utilizado por el bien común.

“¡Mascarilla, por favor!”. La observación fue repetida por los agentes municipales apostados en las entradas desde el Paseo Sarasate y la avenida Carlos III. Un paso de entrada, bajo la custodia de la Policía Municipal, y otro de salida, controlado por la Policía Foral, canalizaron el flujo de viandantes, sujeto a dos preceptos: la tan reclamada mascarilla y el aforo dictado para evitar aglomeraciones.

Ni de lejos se alcanzaron los 3.675 viandantes, establecidos como límite por las autoridades locales, forales y policiales para un control del aforo. No hubo aglomeraciones ni antes ni después del mediodía para solaz del Ayuntamiento y el Gobierno foral, que deseaban exportar al mundo entero una imagen cívica y un comportamiento ejemplar, acorde con las circunstancias actuales.

Joel Vega Miguel y los hermanos Alex y Charlie Iriarte Narváez, de 22 y 20 años de edad, repitieron escenario para recibir en esta ocasión la no fiesta. La comparación con el año pasado no pudo ser más ilustrativa del contraste de imágenes con doce meses de diferencia en la plaza del Castillo. “Hace un año estaba todo lleno”. Su declaración se produjo exactamente a las 11.11 minutos, cuando aún quedaban por delante tres cuartos de hora bajo el sol y había más claros en el suelo que en las alturas. “Hoy es como salir con los amigos a disfrutar de Sanfermines, pero con cabeza”, observaba el primero.

SAN FERMÍN EN EL CORAZÓN

Desprovista de la multitud que mimetiza su rutina, la plaza acabó convirtiéndose en destino compartido por quienes se habían desplazado con la única pretensión de conocer el ambiente y regresar después de un paseo a sus casas. Luciendo los colores de la fiesta, Pilar Sáinz Virto, de 75 años, acompañada de su hija, Natalia Villanueva; y de su nieta, Claudia, no pudo reprimir la emoción. Los Sanfermines de este año “se sienten aquí”, remataba su frase con una palmada en el pecho. “Desde que he amanecido he andado algo triste”, se sinceraba. A la altura del corazón, un San Fermín bordado delataba sus sentimientos.

Como un fin de semana, de algo más de afluencia que un día de labor, el emplazamiento acogió a mayor número de habituados a contemplar la vida desde el merecido descanso de la jubilación. “Aquí estoy con la tranquilidad del año pasado. Entonces estaba en Peñíscola y este año no voy allí porque no quiero. Creo que por encima de las fiestas está la seguridad”, opinaba José Espila Pérez a sus 83 años de edad. Originario de Eslava, aunque residiera en Sangüesa, acumula medio siglo en Navarrería donde -como señala- “desde hace un mes no hay silencio los viernes por la noche. Este año no me he ido de Pamplona porque no hay fiesta”.

Justo en frente del banco que ocupaba había un ramillete de curiosos en torno a las imágenes compiladas en el soporte Los viviremos, que es deseo y esperanza para los próximos Sanfermines. El reclamo tuvo efecto hipnotizador para cuantos hurgaron en su fondo de imágenes y rostros del pasado, colocados como una invitación de prudencia y espera. Juan María Idoate, del Hotel Restaurante Europa, quiso inmortalizarse con la leyenda. “Los Sanfermines de este año son de respeto. Lo que más siento es por esas personas que no vienen. Después de 25 años, sólo ha venido la familia Sierra al hotel-restaurante”.

Conforme estaban a punto de unirse las manecillas en alto en el reloj, unos pocos balcones comenzaron a teñirse de blanco y rojo. Las emociones contenidas dentro irrumpieron en Vivas y Goras San Fermín, como réplica a estallidos provenientes de fuera del perímetro instalado. A la par que una bandada de palomas alzaba el vuelo, ateridas por los ecos intermitentes, una corriente de entusiasmo descendía de las alturas de los balcones y contagiaba a diseminados a ras de suelo. Luego, cuando se retiraron los controles, comenzó a llegar más gentío. Sin aglomeraciones, la plaza estaba en calma.

 

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