Opinión

La democracia, en peligro

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Emilio Sánchez-Carlos

Publicado el 31/10/2026 a las 05:00

Un sudor frío recorre Estados Unidos estos días previos a las elecciones del próximo martes. Ya saben que se celebran los comicios de “medio mandato” para elegir a los 435 miembros de la Cámara de Representantes y renovar un tercio de los cien escaños del Senado. Históricamente, el partido que ocupa la Casa Blanca suele perder apoyos en esta votación, dos años después de las elecciones presidenciales. Es el precio del desgaste del poder. Pero esta vez hay mucho más en juego. Estados Unidos se enfrenta a una prueba decisiva para la solidez de su sistema democrático. Se dirime, en definitiva, si Donald Trump aceptará un resultado adverso en el caso de que se cumplan las previsiones de las encuestas. Con una popularidad cada vez más debilitada, el presidente podría perder la mayoría en ambas cámaras y enfrentarse a un Congreso dispuesto a investigar los presuntos casos de corrupción de su familia y de él mismo, entre otros muchos asuntos. Pero, más allá de las consecuencias políticas, lo verdaderamente trascendental es garantizar que las elecciones se celebren sin interferencias y que sus resultados sean respetados. La integridad del sistema electoral constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia.

¿Se repetirá el intento de deslegitimar el resultado de las presidenciales de 2020? Recordarán que el 6 de enero de 2021 quedó grabado en la historia estadounidense como uno de los días más aciagos cuando una turba de seguidores de Trump asaltó el Capitolio para impedir la certificación de la victoria de Joe Biden. Aquellas imágenes demostraron que incluso una democracia consolidada puede enfrentarse a amenazas que parecían impensables. Es bien sabido que Trump no está acostumbrado a perder ni tampoco a reconocer su derrota. Ha cuestionado, además, la legitimidad de sus adversarios y ha protagonizado sonoras disputas con jueces e instituciones independientes. Sus intentos de ampliar el poder presidencial y las presiones sobre organismos independientes alimentan la preocupación por el deterioro de los contrapesos democráticos hasta el punto de que algunos historiadores ven un peligro real para el futuro del sistema democrático del país. En un momento tan convulso, en el que coinciden tantas transformaciones geopolíticas, económicas y tecnológicas, una deriva antidemocrática de Estados Unidos sería un desastre para la libertad en el mundo. Me dirán que resulta imposible porque las instituciones estadounidenses son suficientemente sólidas para impedir cualquier desviación. Es cierto y constituye una de las grandes fortalezas del país. Pero también resulta obligado recordar que las imágenes del asalto al Capitolio parecían inimaginables y más propias de una película fantasiosa de Hollywood.

Se entiende, por ello, la actual preocupación de muchos estadounidenses porque la democracia nunca puede darse por garantizada. Hay que defenderla y pelear por ella, especialmente cuando en muchos países crece la desconfianza de los ciudadanos y aumentan las desigualdades por los efectos de la globalización, mientras las instituciones parecen incapaces de responder a las expectativas sociales. Cuando la frustración se extiende, aumentan las oportunidades para los populismos que prometen soluciones fáciles a complejos problemas. España tampoco está al margen de esa preocupación de cara a las elecciones del 29 de noviembre. El bloqueo presupuestario de la pasada legislatura, el recurso reiterado a los reales decretos-leyes y las tensiones entre el Gobierno y el poder judicial obligan a reflexionar sobre la calidad de nuestra democracia.

Las elecciones del 3 de noviembre son, por tanto, mucho más que una disputa entre republicanos y demócratas. Lo que está en juego es la capacidad de una de las democracias más influyentes del mundo para preservar sus principios fundamentales. Porque la democracia no se pierde únicamente cuando alguien la destruye, sino también cuando los ciudadanos dejan de defenderla. Conviene, por ello, mantener un razonable estado de alerta ante cualquier signo de regresión venga de donde venga.

Emilio Sánchez Carlos. Periodista.

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