Opinión
El club del veto y las otras voces
"Al presidente de Estados Unidos no le gusta nada que sus amigos Putin y Netanyahu estén acusados de crímenes porque se han saltado las leyes internacionales, ni la perspectiva de que el próximo acusado pueda ser uno de los suyos o él mismo"

Publicado el 28/09/2026 a las 05:00
Nueva York acoge estos días la 81ª Asamblea General de la ONU, en la que participan 193 países. Cada uno de esos estados, sea cual sea su tamaño, su riqueza o su poder, tienen derecho a 15 minutos de tiempo para exponer ante los demás lo que consideran que es más importante abordar y proponer cómo hacerlo. Una especie de democracia mundial que luego no tiene mucho efecto porque mientras no se reforme el Consejo de Seguridad de la ONU, al final se decide lo que quieren Estados Unidos, Rusia, China, Inglaterra y Francia, que tienen derecho a veto como vencedores de la II Guerra Mundial y pueden frenar con un solo voto cualquier iniciativa por masiva que sea. Donald Trump ya dejó claro que él no es como los demás, porque habló 40 minutos, se permitió amenazar con la posible aniquilación de uno de los estados miembros ahí representados (Irán) y anunciar el desmantelamiento de organismos que han llevado justicia a incontables víctimas indefensas como el Tribunal Internacional de La Haya o que protegen tesoros de la humanidad y promocionan la educación y el desarrollo de la ciencia como la UNESCO.
Al presidente de Estados Unidos no le gusta nada que sus amigos Putin y Netanyahu estén acusados de crímenes porque se han saltado las leyes internacionales, ni la perspectiva de que el próximo acusado pueda ser uno de los suyos o él mismo. Por eso quiere que desaparezca el tribunal y dice que la ley internacional no le obliga. La única a la que atiende, ya dejó dicho en otra ocasión, es la de la selva. Y allí él se considera el león. En la Asamblea General rugieron varios leones más. Especialmente su aliado en las batallas de Oriente Medio, el israelí Netanyahu, que llamó cobardes a todos los delegados de los países que boicotearon su discurso y se mostró triunfante enseñando sus trofeos de guerra: los buscas con los que consiguió diezmar a los dirigentes de Hizbolá en Líbano y un receptor portátil por satélite que ofreció a los civiles iraníes para que puedan conectarse a internet.
El primer ministro Israelí dijo que no iba a dejar de luchar hasta ganar porque “no tiene otra opción,” y alardeó de su capacidad de manteniendo abiertos siete frentes al mismo tiempo: Gaza, Líbano, Irán, Iraq, Siria, Yemen y el terrorismo en territorio de Israel. Las perspectivas de una paz estable en la región son mínimas. Menos espectacular, pero más informativo fue el rey de Jordania, Abdalá II quien pidió que se llame a las cosas por su nombre. Explicó que en los primeros 300 días de alto el fuego en Gaza han muerto al menos 300 niños palestinos y varios hospitales de campaña instalados por Jordania sobre el terreno han sido atacados por Israel. La población de la franja está amontonada en un tercio de la extensión del territorio y no tiene acceso al resto y eso, dijo, ya no puede considerarse una medida temporal, sino un intento de “imponer una nueva realidad territorial”. Al mismo tiempo, en Cisjordania, la acción de los colonos, protegidos y, en ocasiones, ayudados por los soldados israelíes también está cuarteando poco a poco el territorio. Los colonos derriban viviendas de los palestinos y se apropian de sus territorios. Para el rey de Jordania, no se puede seguir hablando de este fenómeno como acciones aisladas de unos vándalos descontrolados, sino una política dirigida a obligar a una población a abandonar su tierra: “un desplazamiento forzado, lo cual es un crimen de guerra.”
El rey jordano se mostró preocupado por la impunidad con que se mueve Israel, y dijo que ahora está probando hasta dónde puede llegar con su incursión en el sur de Siria. Lo que no hizo Abdalá II es apuntar a la causa de esa impunidad que es el firme apoyo de Estados Unidos con su derecho a veto en el Consejo de Seguridad. Eso lo hicieron otros, menos dependientes de los favores americanos, como el presidente de Ghana John Mahama, quien dijo que el poder de veto no debe servir como una “licencia de impunidad”, de manera que la soberanía real sea “un privilegio reservado sólo para las naciones alineadas con los superpoderes globales.” África lleva tiempo pidiendo entrar en el club que tiene el poder de decisión en la ONU y obtener uno de los puestos permanentes con derecho a veto en el Consejo de Seguridad. Hace 81 años, cuando se formó la organización, muchos de los países que ahora son independientes eran colonias de Francia o Inglaterra, pero la realidad ha cambiado. Hay más voces que hablan de realidades diferentes o ven los problemas globales con distintas miradas y no les basta con un pódium y un micrófono abierto durante 15 minutos al año para que les den palmaditas en la espalda mientras ven que los asientos de las delegaciones de las grandes potencias están vacíos, porque les basta con su club del veto.
Olga Brajnovic. Periodista