Opinión
"El mecanismo de la cancelación, lo ejerzan hombres o mujeres, siempre cuenta con el respaldo del miedo"
"No defendían sólo a Ariana Harwicz sino el hecho obvio de que los festivales literarios, más aún si están auspiciados por una universidad pública, sirven -o deberían- para contrastar ideas y debatirlas, no para expedir credenciales de pureza ideológica"

Publicado el 27/09/2026 a las 05:00
No conocía a la escritora argentina de origen judío Ariana Harwicz, ni he leído ninguno de sus libros. Su nombre se ha hecho popular esta semana por haber sido cancelada su participación en el Festival Cultur Alh, organizado por la Universidad de Granada. Su presencia resultaba molesta a la RED Universitaria por Palestina. ¿Su pecado? Ser judía y negarse al boicot cultural a Israel. Sus compañeras de oficio, entre ellas Sabina Urraca y María Fernanda Ampuero, secundaron con entusiasmo su caída del cartel. El miércoles pasado 350 escritores apoyaron un comunicado a la escritora argentina, y John Banville, plato fuerte del festival, declinó su participación. No defendían sólo a Ariana Harwicz sino el hecho obvio de que los festivales literarios, más aún si están auspiciados por una universidad pública, sirven -o deberían- para contrastar ideas y debatirlas, no para expedir credenciales de pureza ideológica.
Pero Ana Gallego Cuiñas -catedrática de literatura latinoamericana- y Patricia Ruiz Escalona -editora y traductora-, las responsables de organizar el festival, cedieron a las presiones de universitarios propalestinos y a sus amenazas de reventar la participación de la escritora judía. Hasta hoy, el rector no sabe, no contesta. El mecanismo de la cancelación, lo ejerzan hombres o mujeres, siempre cuenta con el respaldo del miedo. El siguiente paso será que los libreros cedan al boicot de un libro porque no es suficientemente feminista, porque su autor no usa el lenguaje inclusivo. La censura es una forma de amputación del placer. Hace cuatro años que Rusia invadió Ucrania. El boicot cultural francés afectó a músicos y cineastas rusos, especialmente en el Festival de Cannes. El que esto escribe detesta a Putin y su invasión de Ucrania pero nadie le va a privar de escuchar las interpretaciones al piano de Grigori Sokolov. En todas sus manifestaciones el arte es inteligencia, es belleza, es conocimiento. Pero si prefieres llevar una pancarta o pintarte en la frente un lema contra una escritora judía, estás, como la Universidad de Granada, en las barricadas de la indigencia cultural. No aprendemos nada.