Opinión
El informe PISA: ¿es solo una cuestión de ranking?
"El modelo educativo que tenemos basado en un escaso nivel de exigencia, fruto de una concepción equivocada de la inclusión y la equidad, perjudica de manera especial a quienes pretende protege"

Publicado el 22/09/2026 a las 05:00
Acemoglu, Johnson y Robinson recibieron el Premio Nobel de Economía 2024 porque demostraron que la riqueza y el progreso de las naciones no vienen determinados por sus recursos ni por su geografía, sino por la calidad de sus instituciones políticas y económicas. El nivel de la educación es una de ellas. Los resultados del último Informe PISA pueden calificarse de una auténtica calamidad, sin paliativos. Todos los razonamientos que los políticos nos están ofreciendo (para exonerarse de su responsabilidad) son palabras vacías que provocan verdadero rubor. En lugar de reconocer lo que es evidente y proponer medidas para corregir esta debacle, siempre echan la culpa a terceros y se diluye en la bruma de un razonamiento pedestre. El capital humano es una de las más fundamentales fuentes de la riqueza de un país. Es el depósito de la economía del conocimiento que se adquiere en el largo recorrido de la enseñanza en sus diversos ciclos. Según la información reciente, los alumnos españoles de 15 años han obtenido 451 puntos en comprensión lectora, 457 en matemáticas y 477 en ciencias, los peores datos de toda la serie desde el año 2000 y por debajo de la media de los países desarrollados. Respecto de la anterior edición, han disminuido 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 8 en ciencias. La OCDE considera que 20 puntos equivalen más o menos a un curso escolar.
El modelo educativo que tenemos basado en un escaso nivel de exigencia -es casi imposible repetir un curso, incluso para los más torpes-, fruto de una concepción equivocada de la inclusión y la equidad, perjudica de manera especial a quienes pretende proteger. Las consecuencias son evidentes. La sociedad funciona con criterios distintos a la educación: el esfuerzo y, su consecuencia, el mérito, se valora, pero la escuela va por otro lado. Las familias con mayores recursos buscan otras alternativas como es la enseñanza privada y añaden recursos externos a sus hijos. Las familias de rentas más bajas no pueden salir de un sistema que les aleja de la excelencia. Esta es la verdadera tragedia, porque la educación pública ideada como el gran igualador -en parte lo es, pero solo en parte mientras no corrija esta deriva- no logra su principal y necesario objetivo con los más débiles. Y esto sucede porque se enfoca en dirección contraria a la propia naturaleza de las cosas. La educación -que es más que la pura enseñanza- requiere exigencia por parte del profesor, esfuerzo del alumno y la formación en las virtudes (hoy se les llama valores), incluidas las virtudes cívicas, motivación, etc. Algunos dirán que esto se resuelve con más recursos. No es cierto.
Nuestro país no va a la zaga del gasto en relación al PIB que tienen los países de la OCDE. Hay otros factores de gran relevancia que señalan el faro al que hay dirigirse: la evaluación objetiva, la calidad del profesorado (deben ser los mejores y también mejor pagados), la disciplina del esfuerzo, la ayuda personalizada… Nuestras 17 comunidades autonómicas circulan por carriles distintos -como en la sanidad- sin que existan contenidos comunes y exigencias equiparables, lo que deriva en un nivel de fracaso escolar más elevado de lo razonable y una gran masa de graduados que pululan desorientados en los más diversos sectores. No es nueva la dualidad que este sistema produce en sus propios orígenes: una minoría bien formada al margen del cauce oficial y una mayoría que bucea en el mercado laboral de escasa cualificación. ¿Quién duda de la importancia de la equidad? Pero no puede disociarse del esfuerzo y la exigencia si se quiere una sociedad de progreso que todos deseamos. Algunos políticos se ajustan a complejos de moda sin valorar el conjunto de las circunstancias: esto es consecuencia de la falta de criterio, de no enfrentarse a los diseños de algunos teóricos que desconocen el recorrido de la vida real. Un ejemplo clarividente es la obsesiva determinación con la que se ha impuesto (obligado) a los padres a elegir la enseñanza mixta de sus hijos bajo la amenaza real de no financiar con fondos públicos si eligen la diferenciada.
El resultado del informe PISA tiene consecuencias importantes si no se toman las necesarias medidas correctoras. Los jóvenes de hoy que accedan al mercado laboral el día de mañana no podrán integrarse en un mercado que exige una alta productividad. La inversión extranjera titubea ante una sociedad sin el talento necesario y sufrirá las consecuencias en el estado de bienestar por las dificultades en su financiación. En la vida real los efectos tienen sus causas y, con mucha frecuencia, son predecibles.
Francisco Errasti. Economista