Opinión

"La gata no se quería ir y llevaba una prominente barriga que nos hacía sospechar que ahí había tomate. Después se metió debajo de un sofá, buscando un refugio para parir"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 22/09/2026 a las 20:13

A casa ha llegado una gata por su propia cuenta, como hacen todos los gatos. Se le apareció a Elena en casa al amanecer, en la mesita del porche, mientras trabajaba entre dos luces. Se le acercó para llamarle a la puerta de los tobillos aquel bello animal que tenía un trasunto de gato callejero y aristócrata y llevaba en la mirada la nobleza de un gato de una canción de George Brassens. En las canciones de Brassens siempre había gatos que le eran más fieles que sus amantes.

El gato que concurre en esta columna, en realidad, era una gata. Una gata blanca, con los ojos verdes y enormes, tendentes al cariño, y espolvoreada de gris ceniza. Elena me avisó por la mañana, al despertarme, y, Dios mío, era la gata más bella que había visto en mi vida. Se paseaba, cariñosa y alegre, entre los niños, y se diría que se estaba reencontrando con nosotros, aunque en realidad no nos había visto nunca. Aquel regocijo provocó en la familia una alegría como respuesta, una confianza instantánea y la sensación de que ya éramos parte los unos de los otros. Por supuesto, Elena proclamaba lo que proclaman todas las madres: que ya teníamos tres perros. Que lo que nos faltaba era un gato. Que por encima de su cadáver tendríamos otra mascota. En realidad, por dentro, le corría la ilusión de aceptar su cariño. Porque un gato que llega hasta ti en mitad de la noche, amaneciendo un día de trabajo, de cuchillos y traiciones como son todos los martes, un gato perdido y callejero, firma con uno un pacto de lealtad silenciosa, como son todas las lealtades que valen la pena.

La gata no se quería ir y llevaba una prominente barriga que nos hacía sospechar que ahí había tomate. Después se metió debajo de un sofá, probablemente buscando un refugio para parir. La dejamos allí y que fuera lo que Dios quisiera. Le dimos comida y agua. Por la tarde la llevaríamos al veterinario, por si tenía dueño, pero el dueño apareció a media tarde y se la llevó mientras el animal se resistía, pues ya era evidente que nos prefería a nosotros. La tiene él, pero la gata es nuestra.

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