Opinión
"Disculpa... es que no has conectado tus auriculares al móvil. Llevas diez minutos con el altavoz a todo trapo pinchando el Dai, dai de Shakira para todo el gimnasio"
"Vivimos empeñados en parecer importantes, impecables y trascendentes, olvidando que la solemnidad no es más que un disfraz pesado que nos aísla de los demás"

Publicado el 21/09/2026 a las 19:00
Corría en la cinta del gimnasio embutido en licra en pleno reencuentro de septiembre, con auriculares recién estrenados y aislado del universo. A los diez minutos de carrera volaba aupado por esa sensación de sentirse observado. Sudando la gota gorda, poseído por el ritmo, se sentía el rey de la pista. Los vecinos de máquina lo miraban de reojo y el ego, que viaja un par de cabezas por delante del sentido común, dictó sentencia: “Están alucinando con mi potencia física”. Y es que el protagonista, como cualquier otro hubiera hecho, se vino arriba en cuanto le rozaron las miradas: pura vanidad. El ojo ajeno opera el milagro y transforma el paso cansino en el trote de un purasangre. Se sentía el Usain Bolt del polideportivo. Pero la realidad le tocó el hombro. Una chica de la cinta de al lado, con cara de apuro, le hizo un gesto. El interfecto se quitó un auricular despacio, girando la cabeza con la parsimonia de un galán cinematográfico y buscando en ella unos ojos rendidos que confirmaran su devoción:
-Disculpa... es que no has conectado tus auriculares al móvil. Llevas diez minutos con el altavoz a todo trapo pinchando el Dai, dai de Shakira para todo el gimnasio. Y estás cantando los coros en alto. El silencio que siguió fue cósmico y convirtió su rostro en el de un pez globo inflado a base de zancadas. De creerse un dios olímpico a descubrirse como el cantamañanas de la sala. Estaba rojo como si el bochorno le hubiera lijado las mejillas. El pez globo se encogió de vergüenza y seguramente pidió ser tragado por el tapiz de la cinta de correr.
Apagó el móvil para bajarse de la máquina y huir sin mirar atrás y la chica, adivinando el amago de fuga, le sonrió:
-No pasa nada -le consoló-. Ayer, yo me tiré media hora andando marcha atrás en la elíptica, convencida de que estaba innovando, hasta que el monitor me avisó de que la máquina estaba apagada y me la iba a cargar. El protagonista respiró, el tomate de sus mejillas recuperó su tono humano y el mundo volvió a girar. El ridículo es, al fin y al cabo, un excelente cable a tierra contra la solemnidad. Vivimos empeñados en parecer importantes, impecables y trascendentes, olvidando que la solemnidad no es más que un disfraz pesado que nos aísla de los demás. Nos salva la discreta complicidad de los extraños y esa sana costumbre de bajarnos del pedestal para reírnos de nuestros propios patinazos.