Opinión
"Como todo lo que tiene vida, Pamplona cambia, y eso nos hace renunciar a lugares que siempre conocimos"

Publicado el 10/09/2026 a las 05:00
Como todo lo que tiene vida, Pamplona cambia, y eso nos hace renunciar a lugares que siempre conocimos. Pero nuestra ciudad sigue pareciéndome bella, porque incluso reformas que en principio no me gustaron, aprecio ahora. Sin embargo, hay lugares que echo muchísimo en falta porque me llevan a momentos especiales de mi vida: cada vez que contemplo la nueva pasarela sobre el Arga recuerdo la que tantas veces crucé de niña sin ningún temor, sobre las tablas rectas.
Pasar por Carlos III junto a la que fue la Biblioteca General, me lleva a añorar los buenos ratos que en ella viví. Me gustaría volver a atravesar su puerta para contemplar de nuevo lo que tanto admiré la primera vez: paredes cubiertas de libros del suelo al techo.
¿Y qué decir de la manzana de chalés y del Colegio Notarial de la misma avenida? ¿Y de la pista de patinaje de la Media Luna, donde sobre patines viví una buena parte de mi adolescencia? Hay además otro lugar que recuerdo y añoro: el camino que salía desde el que fue colegio de las Misioneras y llevaba al Soto de Lezkairu. Era un camino especial, con sus orillas llenas de manzanitas de pastor, moras y pacharanes y que olía a algarrobas. Nunca he sabido distinguir el algarrobo de otro árbol cualquiera, y seguramente tampoco tuve su fruto en mis manos, pero su aroma me encantaba.
Y allí, al final, estaba el Soto que ya no existe. Desde el Paseo de Monjardín he visto crecer una ciudad en él, donde otros niños tienen parques de juegos y pasean y corretean felices por sus calles, como también yo lo hice un día, cuando el lugar me parecía frondoso bosque, que se volvía mágico al atardecer con el bello sonido de la campana de las Monjas Blancas.
El Soto ya no existe, pero cada vez que lo recuerdo me felicito por la suerte que tuve de haber podido jugar en él al escondite, después de haber echado a suertes a ver quién la paraba, cantando aquello de “entre dos ramas había dos conejos, el uno era blanco y el otro era negro...”.