Opinión
"Este verano he sido Adolf Hitler y mi cara con el odioso bigotito se convirtió en el icono de nuestro grupo familiar de WhatsApp gracias a la IA. Qué miedo da"
Me aterra pensar que las máquinas empiezan a hacer cosas que antes nos definían, las que nos hacían especiales


Publicado el 10/09/2026 a las 05:00
Este verano he sido Adolf Hitler y mi cara con el odioso bigotito se convirtió en el icono de nuestro grupo familiar de WhatsApp gracias a la IA. Fue sólo un despiste, unos segundos, pero el mediano lo aprovechó para birlarme el móvil, sacarme una foto y pedirle a ChatGPT que me convirtiese en “la peor persona del mundo”. Boom. Ahí estaba yo, con esvástica y todo. Y un instante después ya era la imagen de Familia. Un servidor ama la historia y además lleva su calvicie con dignidad, así que vestir el repeinadito nazi de marras me mosqueó mucho. Le obligué a borrar la foto bajo amenaza de desheredarle si la compartía. Y no pude evitar el escalofrío que me recorrió el cuerpo al ver el peligro que tiene la Inteligencia Artificial y lo alegremente que se lanzan las nuevas generaciones a usarla. Sin pensar.
He vuelto a la escena después de conocer los desastrosos resultados de Navarra en las pruebas PISA. Entre las explicaciones que se han puesto sobre la mesa hay una que me inquieta especialmente: la facilidad con la que los chavales pueden pedirle a una máquina que haga por ellos buena parte del esfuerzo intelectual. Sin valorar las consecuencias. Porque mi hijo en diez segundos me había convertido en Hitler; a mí, explicarle quién fue y por qué su broma no tenía gracia, me costó bastante más.
No me malinterpreten. Soy plenamente consciente de los beneficios de esta tecnología, imbatible a la hora de procesar montañas de datos. Y a nosotros, gracias a los buenos prompts que diseña Fernando, nuestro crack de la IA en la redacción, nos facilita la vida en procesos tan tediosos como transcribir una entrevista de dos horas para el periódico. Sin embargo, me aterra pensar que las máquinas empiezan a hacer cosas que antes nos definían, las que nos hacían especiales. Y me apena.
Se sorprenderían de la cantidad de gente que delega en la Inteligencia Artificial escribir un artículo y mandarlo a la sección de Opinión, por ejemplo. De momento se ven a la legua y preferimos apostar por quien se esfuerza en pensar y escribir por sí mismo. Con faltas de ortografía o de sintaxis incluidas. Porque me da que, a este ritmo, en breve ya no serviremos ni para poner la cara en un montaje fotográfico familiar. Ojalá me equivoque.