Opinión
La vuelta al cole

Publicado el 07/09/2026 a las 05:00
La vuelta al cole siempre estaba cargada de pereza y un comprensible rechazo en la gran mayoría de los colegiales y para algunos insumisos como yo hasta suponía un cierto suplicio. Era como un obligado despertar de un bello sueño: de los luminosos devaneos vacacionales a las sombrías obligaciones escolares. Amargo despertar, casi cruel. Algo parecido, ya de viejo, me sucede estos días: de la balsámica desconexión estival, fatalmente entrecortada por la ya habitual plaga de incendios, el disparatado y caótico asunto ceutí o el inacabable y agotador intercambio de misiles dialécticos de los políticos, pasamos a la triste realidad de una sociedad inquieta y confusa con una convivencia cada vez más crispada. Otro amargo aterrizar y uno ya no está para esos trotes.
Efectivamente volvemos a un nuevo curso y poco o nada ha cambiado respecto al final del anterior: la tregua veraniega no solo no ha enfriado, sino que ha enardecido el debate sociopolítico y lo peor de todo es que da la sensación de que vamos a seguir con las mismas o más violentas hostilidades y los mismos debates frentistas que continuarán enfangando nuestras relaciones comunitarias. Y, por supuesto, tampoco nos libraremos de los repetitivos y cansinos discursos catastrofistas que, por regla general procedentes de los mismos sectores, voluntaria o colateralmente, hacen tambalear nuestra democracia; por cierto, ese modelo de gestión de lo público que posiblemente es el menos malo para las personas más vulnerables y necesitadas. Mensajes ultraliberales que olvidan el humanismo y sustituyen la caricia solidaria por esa dictadura del dinero que globaliza la indiferencia y nos anestesia el corazón, mensaje que ya denunciara el papa Francisco y que desgraciadamente van calando en el mundo occidental. Una sórdida perspectiva como para estremecerse y echarse a llorar y ante la que hasta el mismo Jesucristo temblaría, pero no de miedo, sino de vergüenza.
Sin embargo, tamaños nubarrones no nos tendrían por qué ensombrecer este próximo otoño que pronto llegará con los brazos abiertos a pesar de que nuestros ilustres padres de la patria no nos regalarán ni un mínimo resquicio de luz pues no van a abandonar sus recalcitrantes y estériles diálogos de besugos. Pero nosotros, los ciudadanos de a pie, nos podemos librar perfectamente de tan lamentable deriva y sobrevivir con dignidad y sin mayor problema emulando a la siempre sabia naturaleza. De esta manera, como hacen los árboles en esta época que sueltan sus hojas secas para ahorrar energía y protegerse del frío, también podríamos irnos despojando de tantas hojas caducas sin energía positiva y degeneradas en odio, incomprensión y violencia que nos consumen vida y enfrían el alma. Seguro que mejor que cien dosis de diazepam para nuestra alborotada y agresiva convivencia.
Y, además, aprovechando que estamos en tiempos óptimos para la siembra, asimismo nos vendría de perlas que lo hiciéramos nosotros con esas magníficas semillas -desgraciadamente desaprovechadas- como la conciencia crítica, el pensar despacio, la empatía o la solidaridad y, por supuesto, con el compromiso activo de defensa de lo que debería ser nuestra auténtica prioridad nacional: la democracia, la justicia social y los derechos que nos dignifican como humanos. Con estos mimbres bien podríamos tener una estupenda vuelta al cole y disfrutar de un otoño realista y esperanzador a pesar del apocalipsis y catastrofismo con los que trumpista y torticeramente la extrema derecha nos bombardea.
Y en última instancia, en el peor de los casos, siempre nos quedaría la beatífica y descansada vida del que huye del mundanal ruido, aunque yo opte por quedarme en esta ensordecedora realidad porque, ingenuo romántico, quiero seguir creyendo en el amor y en una humanidad compartida. Sí, quiero vivir con dignidad.
Luis Arbea es filósofo y psicólogo