Opinión
El primer día de clases

Publicado el 07/09/2026 a las 05:00
Hoy es el primer día de clases de mis hijos, y todo puede empezar de nuevo. Es el inicio puro. Ese comienzo nace del asombro, porque antes de querer saber hay que ser capaz de maravillarse. Se llega con cuadernos nuevos y el corazón temblando en la mochila, con unos ojos que parecen decir: “Venimos a aprender”. El cuaderno está vacío, los ojos brillan, todo está dispuesto para la aventura.
Todo comienzo empiece ahí: en la capacidad de mirar el mundo como si todavía pudiera sorprendernos. Lo crucial es que vuelva a arder el fuego, que mane el agua, que haya sed, que haya hambre, que haya asombro. Porque cuando desaparece el asombro, el aprendizaje corre el riesgo de convertirse simplemente en acumulación de respuestas.
Nunca partimos de cero. Nunca. Siempre hay una historia, experiencias, conocimientos, una cultura, un país detrás y dentro de nosotros. Empezar es recibir todo lo que somos y atrevernos, aun así, a dar el primer paso. Creo que es mejor comenzar a escribir en una hoja cuyas primeras frases escribieron antes otros que sentirnos como dioses ante una tela vacía. Heredamos palabras, preguntas, errores, aprendizajes y caminos recorridos. No somos una página en blanco. Somos un texto en marcha. Por eso, empezar de nuevo no significa renunciar a nuestra historia, sino volver a mirarla.
Los comienzos nacen de las preguntas, no de las respuestas. Todo comienzo tiene un rito, una liturgia: detenerse, mirar, reconocer que algo empieza. Pero vivimos en un tiempo hiperconectado, ruidoso y pirotécnico. Y cuando todo sucede deprisa, dejamos de mirar.
Necesitamos recuperar la capacidad de preguntar. Los primeros maestros no eran propietarios de la certeza, sino mensajeros de la extrañeza. No llevaban solamente respuestas: abrían puertas. Nos enseñaban a mirar lo que todavía no comprendíamos y a convivir con la belleza de no saber. La vida es ir sembrando fracasos, aprendizajes y resurrecciones. Pero todo comienzo necesita un relato. No basta con empezar; hay que saber para qué empezamos y qué historia queremos construir.
Y aquí aparece uno de los grandes enemigos del comienzo: el hastío. Porque lo contrario de comenzar no es terminar; es acostumbrarse. Nos acostumbramos a las respuestas, a las rutinas, a las formas de hacer las cosas, a nuestros propios éxitos. Nos acostumbramos incluso a aquello que un día nos apasionó. Cuando aprender se convierte simplemente en cumplir, medir y obtener resultados, desaparece aquello que hizo nacer la aventura.
Cuando los resultados se convierten en el centro, podemos acabar olvidando por qué empezamos. También en las organizaciones. ¿Cómo conseguir que vuelva el asombro? ¿Cómo hacer que la pasión se metabolice por los pasillos y que la motivación se contagie entre profesionales y equipos?
Lo primero, aunque parezca demasiado básico, es dejar de desmotivar hasta el hastío. Porque ninguna organización puede pedir pasión si castiga la curiosidad. No puede pedir innovación si penaliza el error. No puede pedir compromiso si convierte cada día en una condena de tareas, indicadores y resultados.
Empezar de nuevo exige preguntarse qué nos sirve todavía y qué ya no. Vaciar parte de lo que llevamos dentro para hacer espacio a lo que está por llegar. Y entonces desprenderse. Desprenderse no de lo que sabemos, sino de aquello que sabemos y ya no sirve. Porque muchas veces aquello que nos ha hecho avanzar se convierte en aquello que nos impide avanzar. Hay que aprender de los más jóvenes y desaprender de nuestras propias trayectorias. Soltar paradigmas. Modificar el rumbo. Desprenderse de la arrogancia, de la soberbia, de la necesidad de tener razón y de esa perfección inexistente que tantas veces nos paraliza. Para aprender algo nuevo hay que hacer espacio.
Y después de las preguntas llega la acción. Porque el asombro conduce a la pregunta y la pregunta, cuando es genuina, nos espolea a actuar. Hay que empezar pequeño, pero pensar en grande. Tener la ambición de resolver grandes problemas. Hay que liarse, porque para las cosas sencillas suele haber demasiados apuntados. Para lo realmente importante —y difícil— siempre hay pocos en la lista. Eso también es liderar: atreverse a comenzar sin tener todas las certezas. Porque para comenzar hay que quitarse peso para poder andar. Y quizá por eso los comienzos nos hacen tanto bien. Porque nos recuerdan que todavía podemos cambiar. Que no estamos condenados a repetir nuestras propias fórmulas. Que una trayectoria no es una sentencia. Que haber hecho algo de una determinada manera durante años no significa que tengamos que seguir haciéndolo así.
El primer día de clases todo puede comenzar de nuevo. No porque el pasado desaparezca, sino porque podemos volver a mirarlo. No porque sepamos menos, sino porque estamos dispuestos a preguntarnos más. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque todavía conservamos la capacidad de asombrarnos.
Quizá ese sea el verdadero sentido de aprender: no llenar un cuaderno vacío, sino tener el valor de volver a escribir en él sabiendo que nunca estuvo vacío.
Llevamos una historia detrás. Pero todavía quedan páginas por escribir. Empezar de nuevo no significa borrar lo anterior, sino mirar de otra manera, hacerse nuevas preguntas, desprenderse de lo que ya no sirve y atreverse a actuar.
Roberto Cabezas Ríos HR Influencers in Spain 2026, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra.