Opinión
"Mi primera experiencia real con el periodismo fue una cita a solas con un toro y media docena de enanos. Que así se les llamaba entonces, sin más explicaciones"
En la despedida de los becarios pienso que quizá hacerse mayor sea eso: mirar a los que empiezan y reconocer, de repente, al chaval que fuiste


Publicado el 03/09/2026 a las 05:00
Mi primera experiencia real con el periodismo fue una cita a solas con un toro y media docena de enanos. Que así se les llamaba entonces, sin más explicaciones. Aquel julio los Sanfermines estaban a la vuelta de la esquina y mi debut en estas páginas fue para anunciar la llegada a Pamplona del espectáculo cómico-taurino ‘Popeye bombero y sus enanitos marineros’. Aún podrán encontrarlo si lo buscan en la hemeroteca, y si no, seguro que mi madre todavía guarda el recorte por algún lado. Recuerdo bien los nervios de acudir a la cita en el hotel Maisonnave, el tacto al desprecintar la cinta nueva para mi grabadora y el orgullo de ver después mi nombre impreso. No era para menos: no todos los días se estrena uno como becario.
Me ha venido la imagen a la memoria mientras me aprieto el tercer garrotico de la tarde, el de chocolate negro. Antes han llegado dos del blanco, que a estas alturas el verano ya no hace prisioneros. Además, la tentación era mayúscula: cuatro cajas de Beatriz perfectamente alineadas en el centro de la redacción por la despedida de los becarios. Y, tal vez por el empacho de azúcar, el caso es que he rebobinado la mente 24 años, hasta mi primer verano en el periódico.
Fueron tres meses de chupinazos, pochadas, encierros y vaquillas. De alcaldes contentos y enfadados. Miro y me huelo mientras empujo el coche con el que la fotera Villar y yo nos atascamos en el fiemo al buscar un vertido ilegal en Peralta. O salgo por patas del Pilón por una crónica que no gustó precisamente en el pueblo. Y me quemo la lengua, aún mareado, con mi primer carajillo. Me lo recetó el mítico Jorge Nagore tras sobrevivir a su conducción temeraria y llegar a tiempo a Valcarlos.
Y entonces les observo a ellos. A Irune, Leire, Imanol, Iker, Marcos, Abraham, Naiara, Ainhoa, Álvaro, Laura y al otro Iker. Me maravillo de cómo trabajan. De cómo absorben. De cómo son capaces de alternar tres versiones de una misma noticia, editar un vídeo o ponerse delante de una cámara con el micrófono. Y mientras me zampo el último trozo de hojaldre pienso que quizá hacerse mayor sea eso: mirar a los que empiezan y reconocer, de repente, al chaval que fuiste.
El que todavía creía que lo mejor estaba por llegar. Y resulta que tenía razón.