Opinión
Ceuta y su incierto futuro
"Lo fundamental ahora es preservar los derechos de los ciudadanos de Ceuta, pero conviene recordar que la política es también el arte de lo posible"

Publicado el 02/09/2026 a las 05:00
Ni soy analista político ni tertuliano multiusos, pero, en la medida de lo posible, procuro estar al día de la actualidad. De este verano, tan sofocante por muchos motivos, incendios incluidos, me quedo con los sucesos en torno a Ceuta, de los que me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones. Lo hago, además, empujado por una razón personal que me vincula a la ciudad de por vida. Pasé un año haciendo el servicio militar en Ceuta como soldado de a pie, tras achicharrarme previamente un verano realizando el campamento en San Fernando (Cádiz). No fueron meses fáciles. El 6 de noviembre de 1975, casi recién llegado a la ciudad, tuvo lugar la Marcha Verde, una movilización masiva de unos 350.000 civiles marroquíes que, alentados por el artero rey Hasan II de Marruecos, se presentaron en la frontera de la entonces provincia colonial española del Sáhara Occidental con intención de invadirla.
Pocos días después, el 14 de noviembre de 1975, con Franco a punto de morir, España firmó los acuerdos por los que cedió la administración del territorio a Marruecos y Mauritania, abandonando a la población saharaui. Aquello desencadenó una larga guerra y el exilio de miles de saharauis, dando origen al Frente Polisario y a un conflicto territorial que sigue sin resolverse de forma definitiva en la ONU. Durante aquellos días, los soldados de caballería de la guarnición llenamos de munición las tanquetas y los obsoletos carros de combate M-49, utilizados por los americanos en la Guerra de Corea, situándonos en un escenario prebélico. Algo empezó a cambiar, y el vecino del sur se convirtió en una amenaza latente. La madrugada del 20 de noviembre de 1975 me enteré de la muerte de Franco haciendo guardia en el Monte Hacho y en los meses siguientes viví de cerca la repatriación de los militares españoles del Sáhara, tras arriar la bandera en circunstancias no precisamente honorables.
Fueron muchos los días que, desde mi propio cuartel, observé una imagen que me dio que pensar. Enfrente, al otro lado del estrecho, emergía el Peñón de Gibraltar, soberanía inglesa en medio de tierra española. Y donde yo estaba, un bastión difícil de defender, bajo soberanía española desde hacía cinco siglos, se alzaba Ceuta, cercada por el mar y tierra marroquí. ¿Tenía futuro esta situación? La Ceuta que yo conocí era una ciudad amable y pacífica, profundamente española en vivencias y sentimiento, con lo militar como elemento omnipresente y una nutrida presencia de la minoría musulmana. Pero se había instalado la desconfianza y quien podía, se disponía a comprar casa al otro lado de estrecho y buscaba cómo trasladar su negocio. Cincuenta años después, la situación ha empeorado notablemente.
Lo sucedido el 30 de julio, con la entrada ilegal y masiva de 80.000 personas, no tiene nombre. Ni por parte de Marruecos donde nada se mueve sin que el rey le dé el visto bueno; ni por parte del Gobierno de España, con una deficiente gestión de la crisis; ni por parte de la Unión Europea, que literalmente se desentendió de una frontera que es también la suya. La persona que ha demostrado mayor capacidad de liderazgo, lealtad institucional y compromiso ciudadano es el presidente de la ciudad autónoma, Juan Jesús Vives, que ha sabido anteponer los intereses generales a los de su propio partido. Reconozco que el avispero es difícil y nos faltan muchos datos por conocer, pero aquellos vientos acumulados desde 1975 hasta la fecha, nos han traído estos lodos. A corto plazo es imprescindible dar salida a esta situación con una política firme y consensuada, y respetando siempre el estado de derecho. Más difícil será restaurar la confianza de la población civil y la convivencia ciudadana en un enclave donde cohabitan razas, culturas y religiones distintas. ¿Y a medio y largo plazo?
Si analizamos el problema dentro de los ciclos de larga duración de los que hablaba el gran historiador francés Fernand Braudel, el panorama no es especialmente optimista en términos de estricta soberanía. La españolidad de Ceuta no está hoy en cuestión, pero la geografía, la demografía y los nuevos contextos geopolíticos no juegan en su favor. Y, aunque algunos no lo veamos, en el horizonte final aparecerá más pronto que tarde el concepto de cosoberanía, que la Unión Europea nos ha ayudado a saber conjugar. Convendría no apostar al todo o nada. Lo fundamental ahora es preservar los derechos de los ciudadanos de Ceuta, pero conviene recordar que la política es también el arte de lo posible.